Obra Primera XVI. Paraíso perdido de Franco Contreras nos permite pensar en horizontes alternos para comprender la relación entre el arte y la naturaleza. La exposición marca una dimensión profunda en la exploración del medio ambiente, los elementos que lo componen, sus habitantes, fauna, flora, cercas, cielos, enramadas, para recrear las experiencias diluidas en la memoria y las leyendas de su territorio natal. El título proviene de dos fuentes que se mantienen como ejes de su trabajo. Por una parte, la alusión a la Obra Primera, que ha encabezado siempre la denominación de sus exposiciones como una suerte de “alivio al tener que buscar y nombrar algo que tengo más o menos claro”, podríamos entenderla como un permanente comienzo y recomienzo de la creación. Por otra parte, el uso del subtítulo Paraíso perdido advierte la presencia del relato bíblico que lo acompaña desde la niñez: “La presencia de la culebra, los árboles, los murciélagos, las montañas y otras obras que expongo, evocaron mi firme creencia infantil en el relato bíblico que desde niño escuché y aprendí de la inocente y fantástica enseñanza materna. Aparte de este hermoso cuento está la nostalgia que siento por la pérdida de ese mundo entre primitivo y sencillo en que nací y crecí, y este mundo actual, sin una aparente trocha que nos diga a dónde vamos”. La propuesta es una estrategia de contrastes entre la sencillez y precariedad de los materiales utilizados y la complejidad de las obras que, a pesar de su aparente fragilidad, se imponen espacialmente con enorme fuerza constructiva. Acá la rusticidad adquiere una prolijidad inesperada, un nuevo valor que nos permite reentender el imaginario popular y otorga nuevos impulsos a la incorporación de las prácticas artesanales en los discursos contemporáneos. Se trata de una narrativa de lo cotidiano, de las más comunes experiencias, enfocadas bajo una perspectiva poética, más allá de lo que a simple vista vemos. Las obras pueblan la exposición con seres que habitan universos fabulosos y se desplazan entre la magia y el recuerdo, la realidad y la imaginación.

La selección abarca un período de dieciocho años (2000-2018) y se compone de una serie de dibujos, esculturas e instalaciones despojados, esenciales y sinceros elaborados en madera de café e hilos de alambre. Representan el entorno de su pueblo, sus campos, montañas, rituales, máscaras, ancestros vegetales y animales. En ellas, el espacio tiene un papel fundamental. En las estructuras de madera de café, el material funciona como construcción simbólica que llama a lo fugaz y lo sencillo, pero también a la reelaboración de la naturaleza y sus elementos. En los Murciélagos, la forma esencial del animal que parece flotar dibuja y desdibuja su vuelo entre las sombras proyectadas en el piso y la pared. En Racimo y Cambur, la alusión a las frutas y plantas se mueve entre la austeridad que impone la rama seca de cafeto y la abundancia que el artista asigna a sus composiciones. A la madera de café se unen los nudos de cuerda como activadores de resonancias no sólo materiales sino conceptuales: el enlace, la conexión con la tierra, que en esos amarres proyecta una calidad plástica. Las obras realizadas con hilos de alambre y láminas de latón transitan la tridimensionalidad, pero podrían también ser consideradas como delicados dibujos sin papel, cuyo trazo se despliega en rostros, ciudades o rituales de la muerte. Son construcciones complejas donde la falta de artificios incrementa la potencia expresiva en las figuras de la Máscara, El velorio y El suicida. Pueblo con Iglesia despliega la estructura de un paisaje casi aéreo, transparente, que revela una situación más sensible que matérica. Las aéreas y delgadas líneas desbordan las ventanas de papel en una mínima escala que adquiere dimensiones mayores al observarla con detenimiento. Las referencias conceptuales que plantea la obra de Contreras se evidencian también en los títulos de sus piezas, los cuales nos remiten a nociones muy definidas (cascada, puente, ventana, candela, rayo, montaña, humo, nube, árbol, máscara, casa, viento). Ellos hilan fácilmente la experiencia personal y existencial del artista con su entorno.
El vacío cumple un papel fundamental, ya que, al circular entre las estructuras, permite un juego de luces y sombras que enriquecen el movimiento. Se comporta como componente esencial de las piezas y pasa a ser una característica muy importante de su lenguaje. Gracias a ello, los dibujos viven, palpitan. Todas las obras revelan una aguda atención a los detalles para otorgar mayor sentido al resultado general. Funcionan como piezas independientes y, a la vez, como una obra total. Del suelo pasan a volar en el espacio absoluto de la sala, con armonioso equilibrio entre ellas. El artista abre una zona diferente de investigación –diáfana y apacible– donde se unen lo popular y lo académico, lo cultural y lo natural, lo racional y lo sensible, la plenitud de la poesía y el rigor constructivo.
MARÍA LUZ CÁRDENAS
