Mirar la muerte para permanecer en la vida. Esta podría ser, en principio, la consigna para las líneas que siguen.
En el 2014 el colectivo de la ciudad de Medellín El cuerpo habla obtuvo el Premio Sara Modiano con un performance que se inscribe en los terrenos de la reflexión social y política a través del cuerpo. Sobre una carreta, ese objeto cotidiano en el que se exhiben frutas y verduras en las calles, quince cuerpos desnudos fueron arrastrados desde la Universidad Nacional hasta el centro de Bogotá. Un cuerpo colectivo, un amasijo casi indescifrable. Esta era, a primera vista, la imagen a la que se enfrentaban las miradas atónitas de los transeúntes que, ante la desnudez, no escatimaban en reaccionar con gestos de sorpresa por la insólita escena. Bajo el nombre Cargamontón, una palabra que habremos de recordar por el divertido juego de infancia, la obra expresa un señalamiento que ingresa en el campo de lo siniestro. La violencia a la que han estado sometidos los cuerpos, las discriminaciones raciales o la moral paradójica de la sociedad colombiana son algunas de las ideas que se ocultan en la metáfora del inocente juego de niños.
El 24 de febrero de este año la obra fue presentada por primera vez en Medellín. En esta ocasión el recorrido partió de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Salió por la portería de la Avenida Ferrocarril para luego subir a la carrera Carabobo y continuar en línea recta hasta la calle La Paz. Subió al Parque Bolívar, luego continuó por la calle Perú hasta salir a la Avenida Oriental. De allí llegó a la Avenida La Playa por donde siguió hasta el punto de llegada: el Teatro Pablo Tobón Uribe. El recorrido no fue corto. Entre las 2:00 p. m. y las 4:30 p. m. el centro de Medellín vio pasar la carreta, esta vez, con dieciocho cuerpos desnudos. Dos horas y media de respiraciones leves y acomodaciones sutiles.

Esos cuerpos arrumados, apilados, uno sobre otro, nos recuerdan la violencia que ha vivido el país desde la segunda mitad del siglo XX y que ha dado lugar a un número inimaginable de fosas comunes. No obstante, también se trata de celebrar la vida con la fuerza regeneradora que suscita la resistencia, con la posibilidad de encontrar en la colectividad una dimensión vital que desafía la finitud, lo cual no se aleja tampoco de la realidad colombiana. Habría que decir que, en cuanto provocadora, la acción vincula al público mediante un acontecimiento que trastoca e irrumpe en lo cotidiano, a la vez que manifiesta un claro sentido de diálogo con la geografía en la que se presenta.
Un hecho, no menor, es que la obra se haya realizado en el marco del proyecto #CulturaAlCentro, desarrollado de manera conjunta entre la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín y la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia. Esta apuesta intentó hacer un diagnóstico inicial del sector cultural en el centro de la ciudad, con miras a la formulación del denominado Plan de Cultura para el Centro, una de las deudas que tiene desde hace ya varios años la política pública. El proyecto trabajó en dos vías: una reflexiva, en la que las ideas y el aparataje teórico daban algunas luces sobre escenarios posibles para pensar la cultura, y otra que privilegiaba la realización de actividades y acciones en el espacio público, en ocasiones como una suerte de laboratorio.
En este contexto, no sería arriesgado afirmar que Cargamontón puso de presente varias cuestiones clave: la necesidad de que el arte salga al espacio público para la reflexión y la confrontación crítica, la posibilidad de que la política pública pueda permitir manifestaciones estéticas que reconozcan la diferencia en un contexto de producciones en extremo plurales, o el lugar que pueden ocupar las artes plásticas y visuales en la construcción de una ciudadanía cultural.
Se sabe que la relación del arte de acción con el contexto latinoamericano ha estado signada, desde su emergencia a finales de la década de 1960, por fuertes convulsiones sociales y políticas. También se sabe que una generación de críticos conformada por intelectuales como Nelly Richard, Mirko Lauer, Juan Acha o Rita Eder impulsó la búsqueda de un pensamiento visual independiente que respondiera a las realidades sociohistóricas de los países latinoamericanos. Por ello, no es gratuito que obras que recurren al performance como estrategia de representación suelen encarnar –como si se tratara de un intento por establecer un diálogo vivo– denuncias y resistencias, oposiciones y objeciones, ausencias y dolores comunes. Cargamontón bien podría emparentarse con este despliegue: la acción implica un gesto que es tanto poético como políticamente abierto. Impacto emocional, resistencia física, profundidad social; estos podrían citarse, acaso, como enunciados que convergen en esta propuesta y que dan lugar a la potencia misma de la obra, una potencia que subyace en el enunciado mismo que convoca: permanecer, ante la muerte y el olvido, desde el cuerpo.
JORGE LOPERA
