Una importante muestra retrospectiva de Eduardo Ramírez Villamizar (1922-2004), uno de los máximos exponentes de la abstracción geométrica en América Latina, fue presentada en la Galería Durban Segnini, en Miami. Titulada, Geometría propia y sagrada, la exposición reunió treinta y ocho obras realizadas a lo largo de más de cinco décadas. La muestra incluyó relieves, esculturas, pinturas y un gran número de bocetos, muchos de ellos con anotaciones, que muestran una visión detallada de los procesos desarrollados por este gran maestro a lo largo de su vida.
La exposición comenzó con Manto emplumado (1988), una pieza monumental en hierro oxidado que sintetiza varios de los aspectos que caracterizaron su trabajo: la abstracción geométrica, el uso de materiales no tradicionales y, a nivel temático, su gran interés por la arquitectura, la naturaleza y las culturas precolombinas. Su inclinación por la abstracción surgió durante su estadía en París, a principios de la década de los cincuenta, durante la cual se familiarizó con el constructivismo ruso, que proponía romper los límites de lo que podría considerarse pictórico reduciéndolo a formas y líneas y explorando la posibilidad de crear un lenguaje universal. A su regreso a Colombia se convirtió en pionero de la abstracción, en un país en el que dominaba la tradición figurativa. Siguiendo la línea de Joaquín Torres García (1874-1949), se inspiró en las formas abstractas-geométricas de la orfebrería, la cerámica y la escultura precolombinas para crear una obra que en ese momento fue revolucionaria.

Si bien incursionó en la pintura, representada en la muestra por dos obras Sin título (1951) y Sin título (1994), fueron los relieves y las esculturas los que dominaron su producción artística. Ramírez Villamizar describe el origen de los relieves en uno de los textos del catálogo: “Cuando en 1957 fui encargado de pintar un mural para el Banco de Bogotá, la luz y la arquitectura del lugar señalado me condujeron irremediablemente a una solución en tres dimensiones. Procurando extraer la fuerza de los relieves en piedra que exhibe la arquitectura precortesiana de México y el vigor de los relieves barrocos en madera dorada que me deslumbraron desde niño en los altares de las iglesias de Pamplona, mi ciudad natal, surgió El Dorado, una de mis primeras obras públicas y uno de mis primeros intentos por aprehender el espíritu del arte precolombino a través de la geometría”1.
De las obras presentadas en la exposición se destacan precisamente los relieves blancos en madera. Piezas como White Depth (1960), Silent Surface (1960) y Small Wood Relief (1960), realizadas durante una de sus estadías en Nueva York, muestran un lenguaje abstracto geométrico de formas simples y sutil tridimensionalidad. Trabajos posteriores como White Relief No. 2 (1966) y White Relief No. 5 (1966) presentan formas geométricas más pronunciadas, en las que planos de madera superpuestos generan sombras grises sobre las distintas superficies blancas. Maíz (1986) y Rana precolombina (1986) revelan la madurez de un trabajo investigativo que genera delicados relieves geométricos de líneas rectas inspirados en la orfebrería precolombina. Según Ramírez Villamizar, “entre la estética precolombina y la estética moderna la geometría surge como la gran mediadora. Sus leyes se erigen en el instrumento por excelencia que moldea y transforma la materia”2.
Las formas orgánicas, en particular el caracol, son de gran interés para el artista e inspiran obras como las esculturas Caracol escalera (1979) y 3 caracoles (1989). Como documenta uno de los bocetos expuestos que hace referencia al principio biológico que gobierna el crecimiento de los caracoles y menciona la espiral logarítmica estudiada por Descartes y Bernoulli, Ramírez Villamizar basó su trabajo en una continua investigación de los principios biológicos y matemáticos que dominan el entorno, especialmente la naturaleza y la arquitectura.
Entre las obras más representativas se destacan las esculturas en hierro oxidado realizadas en las décadas de los ochenta y noventa. En ellas no solo hace referencia a la naturaleza, Cóndor (1998), a las culturas prehispánicas, Paisaje de Machu Picchu (1989) y Ofrenda Muisca 2 (1999), y a la arquitectura, Puerta ruina (1998), sino que utiliza una técnica propia que caracteriza muchas de sus obras monumentales efectuadas para espacios públicos. El artista reflexiona sobre ella: “Admirador de la fuerza y la nobleza del metal, encantado con la pátina irrepetible con que el óxido y la corrosión visten la escultura, me resultaba difícil aceptar su carácter finito y perecedero. […] Pero el hierro mismo emerge íntegro y puro de la tierra y a ella regresa vuelto polvo y limadura. Y ese eterno retorno a la materia primigenia, ese lento peregrinaje a la fusión final de los elementos que acarrean la muerte, me parecieron cualidades tan naturales y absolutas, tan rotundas y bellas, que ahora no concibo mi obra escultórica sino inmersa en ese espectacular proceso”3.
Si bien la obra de Ramírez Villamizar hace referencia a la vida, a lo sagrado, tenía muy claro que, al igual que el ser humano, el arte es perecedero. Aun así, como lo demuestra esta importante exposición, su trabajo trasciende en el tiempo y se consolida como uno de los grandes legados del arte moderno.
La exposición estuvo acompañada de un catálogo bilingüe de dos tomos que incluye ensayos de los curadores Adriana Herrera y Nicolás Bonilla.
NOTAS
1. Eduardo Ramírez Villamizar, “Homenaje a los artífices precolombinos”, en Eduardo Ramírez Villamizar II (Miami, Galería Durban Segnini, 2017), 78-79.
2. Ibid., 79.
3. Ibid., 79.
FRANCINE BIRBRAGHER
