Conozco el trabajo de Benjamín Ossa desde el 2011, cuando sus experimentos dirigidos a la sensibilidad de nuestro comportamiento ante fenómenos como la luz, el color y el tiempo estaban apenas en desarrollo. La primera muestra que vi de su trabajo fue en el ya extinto Salón Tudor del Cerro San Cristóbal de Santiago, donde presentó una investigación inicial de los efectos de la luz sobre nuestra psique, y sobre el espacio al que se proyecta. Era una exposición donde ya el artista daba indicios de los mecanismos que operan en sus cada vez más sofisticadas cajas de luz –acaso, una forma simplificada de definir sus ingeniosos escenarios para la danza de luces y sombras–, en este caso, a través de una intervención gráfica sobre las ventanas de la rústica arquitectura del Salón Tudor: cortes geométricos hechos sobre una superficie adherida a los cristales que nos hacían conscientes del paso del tiempo. A través de estos cortes se colaban los haces de la luz solar, proyectándose sobre la superficie del suelo de manera rotativa según la hora del día, como un reloj de sol. Desde entonces, Ossa (Chile, 1984) ha ido refinando su manera de trabajar con uno de los fenómenos naturales –y artificialmente creados– más ubicuos y su relación con nuestra percepción del tiempo y el espacio.
Rehuyendo de la condición estática e invariable de la tradicional escuela escultórica, el artista ha hecho de la luz no solo un material constitutivo de su trabajo para incorporarle cualidades efímeras y sensoriales, sino también para impregnarlo de cierto halo misterioso, mágico y, si se quiere, místico y sagrado. Benjamín Ossa pertenece a ese grupo de artistas que han utilizado la luz para materializar –o hacer más tangibles– estas conexiones de lo humano con ese algo superior, poderoso e inexplicable, representado a lo largo de la historia y simbolizado en muchas culturas y creencias por el halo de luz. Sin embargo, sus estudios sobre la luz y sus propiedades volátiles y difusas pasan por ese filtro rígido y constreñido del dibujo técnico y el campo geométrico de la gráfica, con resultados siempre abiertos y sugerentes.

La inestabilidad de nuestra percepción cambia constantemente el significado de las cosas que nos rodean, y es por ello que el trabajo de Ossa busca crear ambientes que sean capaces de operar en esa inestabilidad. “Me situó en la lógica de los sistemas de relación, en principios termodinámicos, matemáticos, temporales e incluso místicos. Es por eso que mis investigaciones artísticas apuntan a la creación de experiencias compuestas por fenómenos que transitan en el tiempo, a estímulos sensoriales que activan la percepción y, por consiguiente, la reflexión de lo que sucede en nuestro alrededor”, dice el artista.
Desde aquellas intervenciones en Tudor hasta la muestra que acaba de presentar en la Galería Artespacio han pasado siete años. Sin embargo, lo que vimos allí hace un par de meses es consecuencia de un trabajo ininterrumpido de reflexión y estudio sobre el dibujo y sus fenómenos colaterales por parte del artista. Dibujos de luz, como se titula la exposición, consistió en diecisiete dibujos de corte retro-iluminados, con los que se proponía un viaje hacia el color, la luz y la forma. Se trata de un estudio sintético en donde predominan la geometría y la abstracción, en referencia a la herencia estadounidense, su historia y una búsqueda por ampliar el legado artístico de esta parte del mundo. “Esta forma de dibujo se ha convertido en una constante en mi trabajo e investigación. De alguna manera, mis dibujos son el laboratorio, la reflexión y el estudio de los fenómenos presentes en cada uno de mis proyectos. El uso del corte es el que permite abrir, fisurar y modificar un plano”.
Las cajas varían entre sí en cuanto a color, otro de los elementos formales que viene estudiando el artista, fundamentado en teóricos como Wolfgang von Goethe. Los diseños, en tanto, remiten a los patrones textiles de culturas originarias de América, o bien a constelaciones y diagramas de flujo industriales. Ossa entiende el dibujo como una herramienta de reflexión, un lenguaje propio que se torna inagotable y que poco a poco se constituye en un acto fundamental de sus procesos de obra. “El dibujo, de algún modo, es la pregunta que antecede y cuestiona la acción de crear… es pensar. Hoy, el espacio que tiene este tipo de práctica roza lo subversivo; en una cultura digital, rápida y líquida en todos los sentidos, dedicarle tiempo a pensar frente a una grilla para construir un lenguaje pareciera ser una quimera”.
Estas obras recientes de Benjamín Ossa son, como muchos de sus otros trabajos, artefactos transmisores de luz, pero también de experiencia. No cumplen funciones utilitarias ni están construidos siguiendo un razonamiento ingenieril o científico. Son, como diría el curador y teórico chileno Pedro Donoso, “dispositivos que convierten al observador que lo activa en el centro de la acción”.
ALEJANDRA VILLASMIL
