Exposición Individualjun 2018 - ago 2018· Por Carlos Jiménez

Beatriz González

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

La exposición de Beatriz González en el Museo Reina Sofía de Madrid es espléndida. Es retrospectiva y reúne en el Palacio de Velázquez, anexo al museo, un centenar y medio de obras realizadas en el periodo comprendido entre 1965 y 2017, entre las que se incluyen algunas de las más emblemáticas: el cuadro Los suicidas del Sisga (1965), la cama pintada Naturaleza casi muerta (1970), el telón Decoración de interiores (1981) y El autorretrato desnuda y llorando (1997). Y pinturas que remiten a Auras anónimas, su impresionante intervención en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá (2007-2009). La exposición, curada por María Inés Rodríguez, llegó a Madrid procedente del CAP Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos y completará su itinerario en el KW Instituto de Arte Contemporáneo de Berlín. Por lo que supone una magnífica oportunidad para que el público europeo conozca de primera mano la obra de una artista a la que le gusta definirse como “pintora de provincia”. Y a la que ese mismo público empezó a identificar a partir de su participación en la Documenta de Kassel de 2017, en la que destacaba otra de sus obras emblemáticas: Telón de la móvil y cambiante naturaleza, pintado en 1978 a partir de una copia descolorida del Desayuno sobre la hierba de Manet.

Beatriz González es una artista tan programáticamente colombiana, que se puede pensar que la proyección de su obra en la escena europea corre pareja con la proyección de la propia Colombia en dicho escenario. Un país que, a pesar de los triunfos literarios de Gabriel García Márquez y de la perversa fama de Pablo Escobar, era muy poco conocido hasta que los políticos y los medios europeos comenzaron a interesarse por él, debido al proceso de paz que concluyó con los históricos acuerdos de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC. Es en esta coyuntura política que el arte de González empieza a recibir el debido reconocimiento de la crítica y del público europeo.

Exposición Individual: Beatriz González — imagen 1
Beatriz González. Bocetos Auras Anónimas, 2007. Carboncillo sobre papel. 50 x 35 cm (19 11⁄16 x 13 25⁄32 pulgadas). Colección de la artista. ©Beatriz González.

O sea de aquellos que gracias a esta exposición podrán profundizar en la obra de una artista que ha sabido ser consecuente y sacar muy variados frutos de las tomas de partido adoptadas desde el comienzo de su carrera artística: el análisis y la exploración de las posibilidades que ofrecen la teoría y la práctica de recepción. Y la constante preocupación por los acontecimientos que han marcado la vida de los colombianos, ya sean históricos o sólo cotidianos. La recepción no es para ella, sin embargo, una actitud puramente pasiva sino, por el contrario, una facultad activa, fecunda, generadora. Tal y como lo ha demostrado con los excelentes resultados de su decisión de pintar a partir de fotos de periódicos, de reproducciones de obras maestras del arte occidental o de láminas y estampas religiosas. Toma de partido que ha llevado a calificarla de artista Pop por parte de quienes pasan por alto que su modo de apropiación de las imágenes dadas está inspirado en las tradiciones populares y no en la Cultura Pop hecha a imagen y semejanza de los media, la publicidad y el cine de Hollywood. Sus cuadros no están pintados a la manera warholiana, que es mimética con respecto a los recursos y la retórica visual acuñados y promovidos por dichos medios. Su modo, por el contrario, se inspira en los anónimos murales que adornan bares y restaurantes populares en Colombia, pintados con un desparpajo y una distancia con respecto a cualquier canon, que responden a una sensibilidad que no es evidentemente la de la burguesía ilustrada ni la de la clase media profesional. Sus esculturas, que en realidad son muebles artesanales pintados, no tienen nada que ver con el design moderno, ni siquiera con el postmoderno, y mucho menos con los muebles luctuosos de Doris Salcedo o los muy raros de Richard Artschwager.

La actitud receptiva de Beatriz González adquiere una dimensión ética cuando ella se desdobla en cronista y se ocupa de la guerra y la violencia que tan trágicamente han marcado la vida y la historia de Colombia en el último medio siglo, por lo menos. Su propósito no es la denuncia de las atrocidades cometidas a lo largo de una guerra tan sucia como interminable sino la representación del dolor causado a sus víctimas y supervivientes. Ese es el dolor que le interesa captar, y que habitualmente escamotean o minimizan hasta hacerlo irreconocible las historias oficiales, habitualmente triunfalistas. Y es por esta razón que ella suele reconocerse en un dicho anónimo que repite con frecuencia: “El arte cuenta lo que la historia no puede contar”.

Otro sí. La fidelidad de Beatriz González a su estilo contrasta con la fidelidad de Botero a los suyos. A él lo ha condenado al infierno de la repetición, mientras que a ella la mantiene alerta y fecunda.

CARLOS JIMÉNEZ

Beatriz González, por Carlos Jiménez | artnexus