Referente infaltable en la historia de la fotografía colombiana, profesor incansable, recordado por generaciones enteras en las universidades bogotanas, fotógrafo exigente consigo mismo y con el público, Abdú Eljaiek es un artista, fundamental para entender la historia visual colombiana de la mitad del siglo XX, un fotógrafo curiosamente poco conocido fuera de su país.
Su obra, esencialista y reflexiva, es fiel a sus propios principios y a la idea de una fotografía espontánea y a la vez recursiva y sofisticada; para ello se valió de los escenarios naturales y la arquitectura tradicional, retrató a los artistas e intelectuales de su era y a las gentes naturales; su utilización de la luz natural y de los elementos técnicos más sencillos llevados al máximo ha sido una particular aplicación de la máxima less is more en fotografía.
Eljaiek nació en 1933. Realizó estudios en la Escuela de Bellas Artes en Bogotá entre 1951 y 1953. Posteriormente se vinculó a la naciente televisión nacional como asistente de cámara, camarógrafo y editor, formándose de manera casi autodidacta: “A veces cuando llevaban los rollos de película a revelar, pues todo el material se rodaba en película, yo notaba que sobraban 10, 20, 50 pies de película. Yo cogía esas tiras que sobraban y las iba guardando en una cajita. Necesitaban un editor y me ofrecí. Me indicaron cómo se pegaban las películas, y en las noches, después del trabajo, me quedaba a trabajar en mi propio material”.
En esa década empieza a trabajar en el diario El Tiempo haciendo retratos para su suplemento dominical. Esta vinculación será definitiva pues las Lecturas Dominicales congregaban a los más importantes intelectuales, que colaboraban en sus páginas. Así se acercó a los artistas, escritores y poetas que se reunían en el café Automático, orquestado por el poeta León de Greiff, y entre los que se contaba uno de sus fotógrafos más admirados, Leo Matiz, a quien acudió en busca de consejo, enseñándole sus primeras fotografías.

En 1963 realizó sus primeras exposiciones, tanto en la Galería Arte Moderno como en la Galería El Callejón, esta última propiedad de Casimiro Eiger, y donde exhibían sus obras Grau, Ramírez Villamizar, Wiedemann y Guayasamín, entre otros. Pero sería en 1969 cuando sus fotografías tendrían repercusión, debido a la escandalosa exposición que realizó en la fría y conservadora Bogotá. Un año antes, en el mítico año de 1968, junto al poeta Eduardo Mendoza Varela, se propuso realizar una serie de desnudos femeninos en la biblioteca de este último. La modelo elegida, en parte por ofrecerse como voluntaria, en buena parte por su carisma y belleza, fue la en ese entonces estudiante de arte Dora Franco, quien llegaría a ser la modelo colombiana más solicitada de su tiempo y, posteriormente, una notable fotógrafa de modas.
Las imágenes resultantes, todas ellas en blanco y negro, exhibidas en la sede del Centro Colombo Americano de Bogotá –institución que apoyó la muestra sin dudarlo, considerando que una exposición de desnudos era apenas normal en Estados Unidos–, fueron intensamente rechazadas y la misma modelo sufrió ataques verbales el día de la inauguración. Vistas hoy, no pueden parecer más inocentes y es difícil entender el tabú que la desnudez encarnaba.
Curiosamente, el escándalo posicionaría a Eljaiek como una de las voces de su generación; además, aparte de retratar a Franco, Eljaiek escogió a algunos de los personajes de su momento que se destacaban por su singularidad y su plena identificación con el ánimo libertario de los años 60. El párroco y sociólogo Camilo Torres y el ya mencionado poeta León de Greiff posaron con naturalidad para su lente, en medio de espontáneas conversaciones donde se destacan la naturalidad y la capacidad del fotógrafo para sintetizar el carácter de cada uno de ellos.
Casi inmediatamente vendrían sus colaboraciones con diversos escritores. Con Eduardo Caballero Calderón, en 1970, en el libro Yo, el alcalde, donde Eljaiek se propone retratar a los mismos personajes y entorno que su admirado Luis B. Ramos había fotografiado para un libro temprano del mismo escritor, Diario de Tipacoque, dos décadas atrás. En 1975 publicó, junto al escritor y crítico de arte Fausto Panesso, Los Intocables, libro dedicado al grupo de artistas que Marta Traba y Hernán Díaz habían retratado –Traba en palabras, Díaz en fotografías– una década atrás para el libro Seis artistas colombianos contemporáneos (1963). Con la excepción de Wiedemann, que había fallecido en 1969, Panesso escribió y Eljaiek retrató en sus estudios a Botero, Obregón, Grau, Negret y Ramírez Villamizar. Si en su colaboración con Caballero Calderón seguía los pasos de Ramos, en esta ocasión tenía la oportunidad de rehacer el tema y retomar los personajes que tan bien fotografió su colega y contemporáneo Hernán Díaz.

En 1977 lanza junto a Eduardo Mendoza Varela, Permitido en Colombia, documento del daño ecológico en el río León en Urabá y uno de los primeros documentos en pro de la ecología, producido por un escritor y un fotógrafo en Colombia. La edición fue recogida por la empresa maderera que patrocinó el viaje del fotógrafo, que evidentemente no calculó en sus posibilidades que Eljaiek percibiera y denunciara sus atropelladas acciones. De ahí en adelante vendrán colaboraciones diversas con otros autores a lo largo de cuatro décadas. Sin embargo, aún no existe un volumen que recoja su extensa, variada y compleja producción.
Técnicamente, el manejo eximio de la iluminación de Eljaiek es ampliamente reconocido y elogiado por sus colegas. En sus preferencias está siempre la utilización de la luz natural, como se mencionó anteriormente, esa luz que “trae una dulzura y una fidelidad más allá de cualquier otra iluminación”, como afirmó Hernán Díaz.
Efraím Cárdenas, que fue su discípulo por varios años, recuerda: “Abdú era un fotógrafo muy sencillo, muy europeo, trabajaba con luz natural, con el ambiente, con lo mínimo. Pero Abdú tiene un ojo especial para mirar, para componer sus imágenes. Lo vi iluminar el Teatro Colón de una manera increíble. Llevaba solo una cámara y un flash de bolsillo. Mandó apagar todas las luces y empezó a pintar con el flash, disparándolo en diferentes direcciones. Lo vi iluminar una fábrica entera con solo eso, con un flash de bolsillo”.
Buena parte del éxito de sus imágenes radica también en su capacidad de aprovechar al máximo las capacidades de su equipo en campo abierto. Un buen ejemplo de ello lo constituyen las imágenes creadas en 1973, cuando es invitado por el Departamento de Estado para realizar un viaje por Estados Unidos. Equipado únicamente con diez rollos de película y dos cámaras de 35 mm, incluida su leal Canon F1 y un teleobjetivo, visitó San Francisco, Punta Lobos, el cañón del Colorado, el desierto de Moab, Monument Valley, Nuevo México y Taos, lugares que antes conoció a través de la sofisticadas imágenes de sus admirados antecesores, los legendarios fotógrafos del grupo f/64.
El viaje incluyó un encuentro con Ansel Adams en Carmel. Eljaiek, un purista de la espontaneidad se encontró con Adams, un purista de la premeditación. En determinado momento, Eljaiek le confiesa a Adams que no utilizaba el sistema de zonas, a lo que el maestro le respondió: “No importa, lo que importa es que la toma le quede bien expuesta”.

El foco nítido, la austeridad, el purismo que no busca una poética muy elaborada, pero que sí expresa el respeto y la admiración por la naturaleza, el uso de la luz natural, la búsqueda de lo atemporal y lo perenne en una sola imagen, en conjunto valores consustanciales a f/64, son aprovechados al máximo por el fotógrafo en este viaje. Al año siguiente, en el Centro Colombo Americano de Bogotá, realiza una exposición sobre esta experiencia, en una muestra que se destacó por un montaje innovador.
Poco más de cuatro décadas después, en el año 2017, y en el mismo espacio, este viaje fue revivido, en la exposición Go west! Abdú Eljaiek -Estados Unidos, 1974, donde pudieron observarse los homenajes directos e indirectos al paisaje americano, a sus grandes fotógrafos –Edward Weston, Minor White, el mismo Adams–, y se testificó su capacidad de hacer lo máximo con lo mínimo.

Generoso con su conocimiento, Eljaiek ha sido un dedicado maestro. Poco reconocido es su papel de enseñarle a Jorge Silva algunas técnicas cinematográficas para el legendario film documental Chircales (1966-1970), codirigido por este último con Marta Silva. En el primer lustro de la siguiente década, en su estudio Palomar del Príncipe, formó a algunos de los mejores fotógrafos del decenio, como Efraím Cárdenas, Javier Sandoval, Ricardo Gamboa, Sergio Trujillo Dávila, Viki Ospina y Diego Samper. Fotógrafos como Ramón Giovanni y Santiago Harker, entre otros, también consultarían a Eljaiek durante su formación. Generoso frente a sus discípulos, lo es frente a sus contemporáneos. Durante su vida, tuvo que luchar contra la incomprensión y el poco valor estético dado por la cultura colombiana a la fotografía, y reconoce a sus colegas como valiosos comunicadores que manejaban lo estético y lo técnico con dignidad, tesón y ambición. Aparte de Hernán Díaz, a quien siempre reconoció y admiró, sentimiento mutuo, valga decirlo, Eljaiek recuerda la capacidad técnica de Hernando Oliveros, la maestría en el fotorreportaje de Francisco Carranza y Carlos Caicedo, la poética singular de Fernell Franco, la calidad narrativa de Efraín García –Egar– y la solidez de Gabriel Carvajal, el talento del antropólogo y arqueólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff, y al arquitecto y fotógrafo Germán Téllez, a quien califica “como un mago”.
Si Téllez nos legó dos fantásticos fotolibros, la primera y segunda parte de Crítica e imagen (1977 y 1998), Eljaiek tuvo también como tema predilecto la arquitectura colombiana. En su caso, la construcción popular, un tema que exploró en profundidad en el pueblo colonial de Villa de Leyva. Los muros en cal viva, los adoquines del pueblo, los cielos despejados y la luz casi enceguecedora del altiplano andino, presentes en éste pueblo de arquitectura española, le han servido al fotógrafo durante décadas para descubrir y descubrirse en el juego de luz y sombra, los contrastes y los volúmenes –de los muros, de los techos, de las iglesias–. Su amor por el hombre y el campo en Boyacá, zona donde se ubica Villa de Leyva, es notable. En una reciente entrevista le preguntaron qué obra de la historia del arte se llevaría a su cuarto, a lo que respondió: “Un caballito de Ráquira”.

Esta anécdota cobra validez si pensamos que mientras que Hernán Díaz nos mostró qué era realmente Cartagena, en su antológico fotolibro Cartagena morena (1973), y Gerardo Reichel-Dolmatoff nos enseñó quiénes eran los Indios de Colombia (1991), sin duda alguna la identidad visual del campesinado del altiplano fue en muy buena medida lograda por los años de trabajo de Eljaiek, no solo retratando la arquitectura, sino también el paisaje y sus gentes, recogidos en uno de los pocos libros que se han editado sobre su trabajo, Villa de Leiva (1997), que acopia treinta años de imágenes logradas en ese lugar.
En las últimas décadas, Eljaiek ha sido profesor de varias universidades en Bogotá, labor que abandonó muy recientemente, a sus más de 80 años, por cansancio. Esto, sin embargo, no lo ha detenido. Desde el advenimiento de los medios digitales y nuestra llegada a una era verdaderamente “post-fotográfica”, Eljaiek se ha dedicado con verdadero entusiasmo a retrabajar imágenes pasadas, sometiéndolas a un trabajo de postproducción que quizá habría rechazado décadas atrás, disfrutando con entera libertad de conciencia las posibilidades de expandir sus propios límites y de llegar a un refinamiento estético que solo lo puede dar su experiencia.
Siendo un octogenario, en las múltiples entrevistas recientes que le han hecho, Eljaiek se ha mostrado como un positivo creyente en el presente afirmando que el mejor momento de la humanidad es el que estamos viviendo. Nosotros, su público, esperamos que, su trayectoria tenga el reconocimiento que merece y que podamos, prontamente, tener una gran exposición retrospectiva de su vida y obra.
* Todas estas fotografías están digitalizadas de acuerdo con los estándares para impresión y conservación. Cortesía del artista.
SANTIAGO RUEDA
PhD en Teoría, Historia y Crítica de las Artes. Curador e investigador de arte contemporáneo.

