Entre octubre y noviembre de 2017 se presentó la exposición Waldo Balart: Propositions on Color, Rhythm and Light, en el espacio Miami Biennale, evento organizado conjuntamente con la galería Henrique Faría de Nueva York. La muestra reunió pinturas, obras sobre papel, esculturas y una “escultura lumínica”, realizadas durante las décadas de 1970 y 1980, que pusieron de relieve las constantes preocupaciones de Balart en torno al color, el orden, el plano, la luz y el espacio.

Waldo Balart es una figura icónica del arte abstracto cubano en el exilio. Nació en 1931 en la pequeña ciudad de Banes (Cuba). Al terminar el bachillerato quiso estudiar Arquitectura, pero al carecer de recursos económicos para ello se tuvo que conformar con seguir la carrera de Contaduría Pública, la cual ejerció a la par de sus actividades como pintor aficionado. Emigró a Estados Unidos en los primeros momentos de la revolución que lideró Fidel Castro en 1959 y se estableció en Nueva York. Allí estudió en el Museo de Arte Moderno (MoMA) y se involucró activamente con el medio artístico e intelectual de los años sesenta, que agrupaba a artistas como el argentino Alejandro Puente y los norteamericanos Sol Lewitt, Mark di Suvero y Andy Warhol. La personalidad irreverente de este último ejerció una poderosa influencia en él por esos años, aunque para entonces ya Balart se interesaba por un arte que no tuviese conexión con referentes reales.
Su interés por la abstracción geométrica se desarrolló cuando recibió clases con Josef Albers en la Universidad de Princeton, en donde tuvo su primer acercamiento a la estética de la Bauhaus. Sin embargo, su estudio de las obras de Kazimir Malevich y Piet Mondrian marcó su vinculación con la corriente de la abstracción geométrica, que entendía las formas puras como un modo de acceder a lo espiritual y trascendente.
La propuesta estética de Waldo Balart se inscribe en las tendencias del arte concreto, en el que los elementos de expresión visual son asumidos desde el ascetismo formal –colores planos y trazados ortogonales, por ejemplo– para propiciar su valoración plástica autónoma. Siguiendo de cerca los lineamientos de las vanguardias históricas abstractas –Constructivismo, Bauhaus, Suprematismo, Neoplasticismo, entre otros–, Balart se interesó por crear un lenguaje que se apartara de la representación y se basara en los elementos esenciales de la creación visual. La poética de Balart otorga, no obstante, preeminencia a la independencia perceptiva, dejando al espectador la libertad de conectarse con las formas sin dirigir los contenidos que se deriven de la contemplación de sus trabajos.
Para Balart, la luz, como suma y origen de todo el espectro cromático, va a ser un elemento fundamental, no solo desde una perspectiva formal, sino por sus connotaciones trascendentes. La Escultura de luz (1980-2002) exhibida en la muestra da cuenta de este interés. La pieza es una escultura interactiva que recrea el proceso inverso de la naturaleza de la luz. El artista dispone tres focos con los colores primarios en los vértices de un triángulo metálico. Al proyectar estas luces sobrepuestas, y simultáneamente sobre una pared, se forma un haz de luz blanco. La escultura se produce cuando un objeto o una persona se interponen entre los focos de colores y su proyección.
La exploración que adelantó el artista en las formas abstractas y los sistemas cromáticos lo llevó a crear obras en las que los colores actúan como notas en una partitura musical, sugiriendo ritmos y melodías a través de la composición. Las obras de la serie Proposiciones se basan en lo que para el artista constituye el “núcleo intelectual” de todo su trabajo: el “Código de la estructura de la luz” o “CEL”, un sistema de codificación numérica basado en los ocho colores en que se descomponen la luz blanca y en la secuencia de orden axiomático que originalmente estos tienen. De este orden el artista extrae las combinaciones que constituirán los cuadros o esculturas. Para Balart, esta organización de los componentes de la luz mediante su sistematización abre unas posibilidades rigurosas e infinitas de creatividad. Su dimensión artística se instala, no obstante, dentro de un humanismo activista en el que el artista asume, según sus palabras, “un compromiso ético con la vida a través de la estética, en la cual el rigor y la disciplina dan la forma, y la estructura y el color, la fantasía”.
La obra de Balart ha sido tardíamente reconocida, en parte porque sufrió el silencio que se impuso durante muchos años a los artistas que no vivían en Cuba, y por la falta de interés que hubo por la abstracción en el arte cubano del siglo XX. No obstante, en la actualidad su trabajo y sus investigaciones plásticas están siendo comprendidos y significativamente valorados dentro de la multiplicidad de propuestas del arte abstracto geométrico en América Latina.
KATHERINE CHACÓN
