Para su última exposición en Karsten Greve, Sergio Vega (Buenos Aires, 1959) convocó a la literatura y a la figura de José Luis Borges para abordar las cuestiones estéticas relacionadas con la memoria y la mirada. Es la tercera exposición del artista en París1, y, en esta última refuerza muy especialmente su anclaje en Francia. En efecto, en el último evento de ParisPhoto, uno de los videos de la exposición, Borges in the Alhambra (a hypothesis of blindness), fue escogido para ser proyectado en el Grand Palais, en el marco de una alianza con MK2 Films para la promoción de videos de artistas.

La exposición, intitulada Borges in the Alhambra, reunía veintidós fotografías (40 x 50 cm, blanco y negro) y dos videos, y ofrecía un recorrido tanto visual como sonoro, sensible y refinado, cuyo objeto, en un lenguaje plástico sabiamente escogido, era regresar tras las huellas del escritor argentino revisitando los espacios arquitectónicos y los jardines para imaginar, estéticamente, su percepción del lugar durante su última visita, en 1976.
Por la belleza de su rica ornamentación y la musicalidad de sus jardines, que el agua atraviesa de extremo a extremo, en surtidores, estanques y fuentes, la Alhambra, cuya construcción data del siglo XIV, sedujo a gran número de escritores y artistas. Ya sea que se trate de Victor Hugo, con Les orientales (1829), de Washington Irving (Cuentos de la Alhambra, 1832) o de las ilustraciones de Gustave Doré (alrededor de 1860), la magia del lugar, descrita por la mayor parte de creadores, sigue causando la misma fascinación. Borges visitó la Alhambra dos veces, la primera en 1918, a la edad de 19 años, la segunda en 1976, cuando ya estaba ciego. Es su mujer, Maria Kodama, quien le describe la magnificencia de la arquitectura y los decorados que Borges puede así “ver” a través de los ojos de su compañera, calificando su propia ceguera de “modesta”, cuando en realidad solo le permite la visión de un mundo velado por una película amarilla, sobre un fondo vagamente verdoso, una especie de “realidad” teñida a veces de oro. El poema Alhambra nacerá de esta experiencia singular en la que Borges no cuenta sino con las voces (la de su mujer y las de otros visitantes) y los sonidos (cantos de pájaros y el sonido del agua) –invocando también, tal vez, sus lejanos recuerdos– para forjar su imaginación perceptiva y construir una “visión” fantasmática, quimérica y poética de la Alhambra.
Es a partir de este viaje del escritor de los ojos cerrados que Sergio Vega, motivado por una curiosidad tanto estética como literaria y, por qué no, antropológica –y convencido de la extraordinaria advertencia del poeta mexicano Francisco de Icaza, escrita sobre una placa de piedra a la entrada de la Alhambra: “Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”– decidió reflexionar acerca de la elaboración de una memoria imaginaria, buscar la resonancia de la nostalgia puesta a prueba por el tiempo y, sobre todo, por la ceguera. Decidió utilizar una técnica fotográfica de 1852, el ferrotipo, que consiste en esparcir, sobre una placa de metal fotosensible, una solución química, el colodión que, al contacto con la luz, fija la imagen para siempre. La placa de aluminio conserva rastros, derrames, aureolas, manchas de líquido extendido, lo que da a la imagen un aspecto deslavado, en ocasiones traslúcido, misterioso y evanescente, en la medida en que lo que tenemos a la vista no es ya un blanco y negro, sino matices de gris y plata, un blanco velado, relaciones sutiles y aterciopeladas entre la sombra y la luz.
Sergio Vega nos restituye la Alhambra de otros tiempos, congelada en su pasada suntuosidad, vacía y secreta, de la que ya no subsisten sino los decorados de los muros caligrafiados, las escrituras cursivas o cúficas y los poemas escritos a la gloria del sultán por tres poetas de Granada. En esa trayectoria laberíntica, la ausencia se convierte de golpe en presencia, la presencia furtiva del recuerdo y de la memoria visual, presencias de sonidos, olores y voces, la presencia de Borges y, a su paso, la percepción sensible y táctil del escritor. Así pues, deambulamos con Sergio Vega en esta Alhambra casi etérea, acariciada apenas, en ciertos lugares, por algunos chorros de luz. Pasamos de la penumbra al deslumbramiento, atravesamos estrechas puertas y admiramos las cúpulas sobrecargadas de bajorrelieves; nos hundimos en la suavidad de los contrastes, olvidamos el tiempo. Dos videos acompañan el trabajo fotográfico. En Borges in the Alhambra (a hypothesis of blindness) (11’46), Vega se aventura a poner en imágenes la experiencia sensorial de la última visita del escritor ciego a Granada. La deambulación permite apenas discernir algunas formas arquitectónicas; el fondo amarillento es atravesado por pálidos relámpagos que se agitan, y un fondo sonoro de ruidos de voces acompaña por momentos al visitante. El segundo video, intitulado Un ciego en Granada (28’02), reconstruye la visita que dio como resultado la creación del poema de Borges, mientras recorremos los salones y jardines del palacio con la ayuda de citas del autor. El trayecto se realiza al ritmo de temas que se suceden, describiendo el palacio mientras cuentan su historia, hablando del significado de los decorados de los muros que reproducen versículos del Corán, de la presencia gozosa del agua, por último, de la belleza del lugar. La película termina con la lectura del poema de Borges Alhambra por Maria Kodama. Así se cierra el círculo. La exposición hizo al visitante remontarse en el tiempo, y Sergio Vega realizó, sin duda alguna, un viaje sensorial e imaginario que Borges no habría rechazado.
NOTA
1. Karsten Greve, 2013 y 2015.
CHRISTINE FRÉROT
