Exposición Individualmar 2018 - may 2018· Por Ricardo Pohlenz

Paz Errázuriz

Museo Amparo

No deja de haber la tentación, en primera instancia, de vincular –desde la experiencia de un imaginario nacional– los temas y protagonistas que habitan (la metáfora es alevosa, pero también necesaria) en la obra de la fotógrafa chilena Paz Errázuriz y la obra de varias fotógrafas mexicanas, entre las que destaco a Maya Goded y Lourdes Grobet, en gran medida porque se han dedicado (y lanzado) a retratar –como la chilena– grupos marginales en zonas limítrofes, como un acto que, más allá de su denuncia, es de acercamiento y, por tanto, de humanización, rompiendo con el bellísmo por lo exótico que –más allá de su importancia– se asienta como un lugar común que nos resulta cómodo por conocido. No hay comodidad posible en las imágenes capturadas por Paz Errázuriz a lo largo de una trayectoria de casi cuarenta años, en los que se ha dedicado a mostrar la cotidianidad de las personas que viven al margen de las convenciones sociales, ya sea por necesidad, por sus inclinaciones políticas, por sus preferencias sexuales o por sus discapacidades.

Exposición Individual: Paz Errázuriz — imagen 1
Paz Errázuriz. Muñecas I de la serie Muñecas, frontera Chile-Perú, 2014. Copia digital. Cortesía de la artista © Paz Errázuriz.

La fotógrafa describe su trabajo como algo íntimo; ella misma realiza todo el proceso, por lo que ha preferido siempre trabajar con la película en blanco y negro. La cámara se convierte en una extensión de su mirada y su vida, lo público y lo privado se suceden y alternan, inefables, atrapados en un tiempo hecho a saltos de mata, al que se le puede alevosamente hacer elipsis en hoja de contactos y que han venido a definir tanto su obra como su vida. Según le confió a Denisse Espinoza del portal CULTO: “en una hoja de contacto está lo de la AFI [Asociación de Fotógrafos Independientes, que Errázuriz ayudó a fundar en Chile en 1981], las protestas, y las últimas dos fotos son del cumpleaños de tu abuelita”. A pesar de su preferencia por el blanco y negro, aparecen –aunque sean rarezas– fotografías a color (como se aprecia en la serie La manzana de Adán, que armó a partir de los retratos que realizó de travestis durante sus visitas a los prostíbulos en las zonas de tolerancia chilenas, en los años ochenta). Incorporó algunas hechas a color porque cuando las realizó, por las exigencias de lo inmediato, no tenía película en blanco y negro a la mano. Y, aun a pesar del proceso de laboratorio de estas imágenes, se impone una pátina que apela en su sustrato al proceso artesanal que busca procurarle a su obra.

Paz Errázuriz está siempre en pos del momento da atrapar al vuelo el gesto, la luz o los elementos que definan las narrativas que, más allá del documento, se superponen a las imágenes en las que se sublima una compasión que está siempre presente en el desnudamiento o puesta en evidencia (tan violenta y, a la vez, tan llena de ternura) de estos (y otros) mundos y sus habitantes. Algo que la fotógrafa describe como un silencio, en alusión a la mudez inherente de las imágenes, pero también la mordaza que supone, como sometimiento o imposición de lo vivido durante la dictadura (y que, todavía hoy está a tono con la paradoja neoliberal que azota y habita como ruido ambiente en toda América Latina). Aun, visto o revelado, comparte con el espectador la complicidad y una validación que une a la fotógrafa y sus modelos más allá de agendas ideológicas. Según sus propias palabras: “Hay una cantidad de pactos silenciosos que tú no puedes traicionar”.

La serie La manzana de Adán fue adquirida en su totalidad por el coleccionista chileno Juan Yarur, quien la llevó a Londres para exhibirla en la galería Saatchi, donde causó tanto impacto que, al final, el coleccionista la donó a la Tate Modern, donde era miembro del Comité de Adquisiciones de Arte Latinoamericano. Esta serie fue el eje para una libro donde, junto a las imágenes, aparecen los testimonios y entrevistas realizados por Claudia Donoso, quien acompañó a la fotógrafa durante sus visitas a los prostíbulos y que, convertido en objeto de culto, ha vuelto a ser editado con una serie de añadidos que revisan y conmemoran la relevancia (social, estética y política) de esta serie.

En el marco del Segundo Festival Internacional FotoMéxico, el Museo Amparo presentó, con apoyo de Mapfre, una retrospectiva que incluye más de cien obras, entre fotografías, videos y documentos, que se exhibe cronológicamente a partir de varios núcleos temáticos: Agentes y espacios del devenir social; Las edades de la vida (y la muerte); Reclusión, Lucha y resistencia; Exéresis; La desaparición de una etnia; Fortaleza y debilidad; Impedimentos de la mirada; El circo y El sexo, instrumento de supervivencia. La curaduría estuvo a cargo de la propia Paz Errázuriz y Juan Vicente Aliaga (quien ha sido en gran medida responsable, junto con Gerardo Mosquera y Andrea Giunta, de la proyección internacional de la artista en los últimos veinte años).

El archivo de Paz Errázuriz, que contiene más de 100 mil fotografías, donde quedan confundidos –por la inmediatez que pide la imagen o la circunstancia– lo público y lo privado, está siendo clasificado por Andrea Aguad de Cenfoto.

RICARDO POHLENZ

Paz Errázuriz, por Ricardo Pohlenz | artnexus