Dentro de las apropiaciones más caras en el marco del discurso artístico, y que han tenido lugar por parte de Occidente respecto a Oriente, figura el uso de los mandalas. Desde los rosetones surgidos en el estilo románico –que se mantienen a través de toda la trayectoria gótica hasta la modernidad–, las apariciones en la obra de Hieronymus Bosch, El Bosco, y más tarde las terapias de Carl Jung y las composiciones de Piet Mondrian dentro del lenguaje neoplasticista, estas estructuras han configurado múltiples acercamientos en los modos de comprender el mundo. El de Mondrian, sin duda, ha sido uno de los más singulares, pues en su concepto opera un desplazamiento de la noción de centro como instancia unívoca de reconstitución, unidad y meditación, hacia cualquier punto de la composición. ¿Acaso relativo al quiebre epistemológico que introducían las vanguardias? ¿Sería la posibilidad de construcción de una sociedad con cambios radicales en los modos de concebir la autoridad? ¿Una posible referencia a la “muerte de Dios” y el replanteamiento de los valores morales burgueses? Hoy hablar de mandalas en el mundo del arte podría parecer un gesto amanerado, cuando no chic. En cambio, cuando la postura emerge de un artista que se ha formado casi íntegramente de forma autodidacta –y mantiene durante más de veinte años un trabajo caracterizado por preocupaciones existenciales, con un aval de premios y proyectos como ningún otro en Ecuador–, entonces, arribamos a ciertos convencimientos.

Mandala, la última muestra de Pablo Cardoso (Cuenca, Ecuador, 1965) en Galería Dpm, constituye un ejercicio de reconciliación espiritual. La manera en que la cultura material ha contravenido nuestras relaciones con la naturaleza forma parte de las preocupaciones del artista, quien decide observar minuciosamente las distorsiones que se operan en su vida y familia para calibrar el efecto que se produce a nivel social. De ahí que elija el mandala como instancia capaz de permitirle una observación que nunca es disociada.
Hace algunos años el artista ha pensado en la posibilidad de aislarse de su ciudad natal, con su familia, y refugiarse en un lugar remoto de la costa (Ayampe, Manabí), a consecuencia de cierto malestar que le ha producido la vida en Cuenca, donde ha habitado durante más de veinte años. Las preguntas habituales en él sobre el tiempo, el entorno, la naturaleza y la creación se tornaron insolubles en medio de un contexto rutinario y agónico. La lectura de En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, del poeta y biólogo británico David George Haskell, se convierte en motivación suficiente para emprender este ejercicio de meditación que, entre otras actividades, comprende la redacción de un diario y la producción de un grupo de piezas de técnica mixta. El científico alegoriza con el bosque un mandala similar al de los monjes tibetanos, para acceder a descifrar ciertas relaciones personales y sociales respecto al universo. Por su parte, Cardoso, quien comenta que el libro de Haskell se tornó en epifanía para él, consigue su propuesta a través de organizar un diario que surge de observaciones del entorno familiar y personal, conectado cual ecosistema con el espacio exterior. Desde estas memorias nos comenta sobre las energías que entran y salen provocando ciertas transformaciones interiores.
La noción tradicional de mandala como estructura circular con un centro definido cambia en esta oportunidad. La muestra se torna más bien un ejercicio de atomización desde el punto de vista formal. Asimismo, el autor no utiliza las conocidas estructuras en su sentido espiritual o cercano a la tradición oriental. Le interesan desde la perspectiva conservacionista de Haskell, quien toma una parte del bosque cercano a su casa para analizar el entorno. En estas piezas no existen relaciones matemáticas o simétricas, más bien lo contrario. Quiso ser fiel a lo que pasa a diario en el proceso de producción de un artista, y en el diario de vida de cualquier mortal. Cada serie que configuraba la muestra buscaba distintas soluciones técnicas, atendía a diferentes comportamientos, y su narrativa difería continuamente. El propio Pablo Cardoso comenta que trabajar sobre un diario implicaba mantener una tensión por encima de lo que ocurría en el entorno, tomar nota y seleccionar qué asociaciones podían ser plausibles respecto a algún objeto o estado en particular.
La muestra se inicia con La cuadra, compuesta por nueve lienzos, un registro pictórico –basado en imágenes satelitales tomadas de Google Earth– del barrio donde vive en Cuenca. En la pieza se observan las transformaciones de este distrito residencial, que tuvo su crecimiento en los años 60 y 70 del pasado siglo, y que, en cambio, durante los últimos seis años ha experimentado una metamorfosis drástica por las presiones comerciales que acarrea el turismo.
En 16.I. 17 contrapone un primer plano en perspectiva de un edificio con reminiscencias art déco y fachada cargada de cristalería, donde parecen asomar, a través de los vidrios, parte de los lienzos que conforman la trama de la muestra. Los divisamos de espaldas, aislados, anodinos, en su zona de confort. Afuera, en lo que vendría a ser el espacio colectivo, descansan en el suelo ramas mustias de un árbol recién cortado, como la muestra irremisible del crimen más cercano.
El modus operandi de Cardoso para trabajar en la mayoría de sus proyectos es similar. Usa como base imágenes fotográficas (en muchos casos satelitales, o de su propia autoría) que luego replantea con el pincel, introduciendo sutilmente los comentarios según sea el caso. Así, en 19-V-17, el sentido de aleatoriedad de la muestra se torna más denso cuando el diálogo con la pieza se activa desde dos imágenes que parecen salidas del mundo hipervirtual. Dobles pantallas, monitores, paneles de cristales y un texto que parece salido de un film de ciencia ficción, elementos manejados desde la distorsión convexa del lente, nos entrampan en un relato laberíntico, similar al de Borges, con sus preocupaciones metafísicas por el tiempo.
Mandala podría explicarse desde dos oraciones presentes en el texto de Haskell: “Parece que el invierno ha infligido una severa derrota. Y sin embargo la vida sigue”. La multiespectralidad del diario nos llena de preguntas, virtud esta última que se ha devaluado en el arte ecuatoriano de los últimos años. Los ejercicios reflexivos de Cardoso, en cambio, mantienen su capacidad introspectiva y problematizadora, marcando una diferencia en el arte ecuatoriano.
AMALINA BOMNIN
