En sus intervenciones en espacios arquitectónicos, María Gabler (Santiago, 1989) nos hace reflexionar sobre la manera como nos vinculamos con lo que nos rodea, a través de quiebres en la experiencia que tenemos cotidianamente “en” y “de” los espacios que habitamos. De este modo, en su obra confluyen espacio –arquitectura intervenida– y tiempo, traducido en experiencia. Tal experiencia implica movimiento y percepción, esto es, cómo nos desplazamos por determinado espacio y cómo somos conducidos a percibirlo. Y esto lo hace sin efectismos, aunque a primera vista sus obras puedan parecer de compleja ingeniería. Si bien el modo que ha encontrado la artista de transformar una idea espacial en una rica experiencia sensorial requiere un incisivo planeamiento y refinadas soluciones constructivas, finalmente lo que nos presenta es algo casi inmaterial: un acercamiento posible a qué constituye una obra de arte.

Las obras de Gabler pueden ser sentidas, vistas, asistidas y disfrutadas tanto por el entendido como por el público general. Desde el 2011 ha venido desarrollando instalaciones creadas específicamente para el lugar en donde se emplazan, y en las que el espectador pasa a tener un rol activo. La artista nos hace conscientes del espacio que transitamos y de la manera como nos relacionamos con lo que siempre ha estado allí. Sus trabajos Ruina (Galería Bech, 2011) o Mirador (Galería Tajamar, 2015), por nombrar algunos, son especialmente efectivos en destronar nuestras expectativas de lo que constituye el espacio expositivo y, para rematar, las expectativas que tiene el artista cuando expone.
En Ruina, la artista insertó en distintos ángulos unos treinta pilares muy similares a los que soportan la misma arquitectura de la galería, interrumpiendo con ello nuestro recorrido habitual por ese espacio y haciéndonos conscientes de la relación de nuestros cuerpos con este. Enfrentarnos a la inaccesibilidad de un espacio es parte de las intenciones de su obra.
Gabler imprimió esta misma condición en Mirador, un trabajo que también consistió en una réplica, en este caso del mismo espacio expositivo. La artista construyó una segunda galería, adosada como un quiste a la arquitectura singular de la Galería Tajamar, una vitrina hexagonal situada en una plazoleta de Santiago con acceso las veinticuatro horas. Pero la nueva construcción alterna de madera aglomerada no era accesible, ni transparente como Tajamar. Se podía ingresar a la galería, pero no al espacio contiguo. Solo podíamos ver hacia su interior a través de uno de los mismos cristales de Tajamar.
Operaciones similares se dan en su última intervención en la Sala de Arte CCU, donde el mismo espacio de exposición ya no es más un contenedor de obra, ni tampoco la obra misma. ¿Qué es entonces? La galería, como se titula este trabajo, es una reflexión sobre el espacio expositivo. Al llegar, el espectador debía transitar por un largo pasillo de 50 metros de largo, una construcción hecha con planchas de madera aglomerada, de apariencia precaria, como esas que de forma temporal se instalan en espacios abiertos en reparación.
Caminar por esta rampa a oscuras no dejaba de ser inquietante. No sabíamos a dónde íbamos, pensábamos que llegaríamos a “la galería”, pero estábamos precisamente recorriéndola. Seguimos nuestro ascenso y llegamos a una suerte de mirador contemplativo, a dos metros de altura desde el nivel del piso. La vista es la sala misma, y la estructura que hemos recorrido para llegar a ella. María Gabler nos ha hecho partícipes de un no-acontecimiento: la sala está vacía, no hay obras de arte, tampoco personas que las recorran o las contemplen. No hay actividad ni objetos que mirar, solo un llamado a estar presentes en y con el espacio de exhibición, a observarlo tal y como es, en su más pura esencia. El espacio emerge y no estamos interactuando per se con esta, “la obra”, sino que nos hacemos cargo de nuestro rol de espectadores.
La referencia directa de La galería es la “botella de Klein”, un volumen que en rigor no tiene ni exterior ni interior. Así, Gabler nos hace entrar a la galería, a su interior, desde un exterior, pero para llegar a este interior debemos recorrer el interior mismo de la galería. Y, de nuevo, este recorrido involucra las nociones de espacio, movimiento, tiempo y percepción. Entonces, ingresamos a la galería, pero no lo hacemos de inmediato, sino de un modo ralentizado, lo que cambia nuestra habitual experiencia de acceso a una sala expositiva. Lo hacemos por otros mecanismos físicos, pero también mentales, porque el recorrido se da de forma autoconsciente. Además, lo que en principio es una experiencia de acceso se trunca al final, pues, si bien entramos a la galería, no estamos del todo en ella. En La galería, y en casi todos sus últimos trabajos, María Gabler hace accesible lo inaccesible, y a la inversa, como en la “botella de Klein”.
ALEJANDRA VILLASMIL
