Uno de los aspectos interesantes del programa Pacific Standard Time, patrocinado por la Fundación Getty y realizado en Los Ángeles, fue la organización de exposiciones en torno a lo que la academia estadounidense llama “Latino art”. Se trata de la producción de arte de inmigrantes latinoamericanos y sus descendientes en Estados Unidos. Estos artistas tienen poquísima circulación y debate en Brasil, mi país de origen, debido a nuestra diferente situación geográfica y a nuestras discrepantes historias coloniales; lo que me intrigó bastante durante la visita a esas curadurías.

Una de las más impactantes era, ciertamente, la retrospectiva de Laura Aguilar, realizada en el Vincent Price Art Museum, en East Los Ángeles, región extremadamente interesante por ser aquella con mayor concentración de latinos en la ciudad. Aguilar también tiene ascendencia latinoamericana, más precisamente mexicana, lo que hace que su identidad y su producción artística muchas veces se llamen “chicanas”. Nacida al final de los años 50, sus primeras experiencias con cianotipia y fotografía son del final de las décadas del 70 y 80, por medio de clases y de las primeras participaciones en muestras.
El título escogido para la exposición era inteligente por dialogar tanto con el montaje de la exposición como con la investigación de Aguilar: Show and tell, o sea, “mostrar y decir” (o hablar). Su producción fotográfica, basada casi exclusivamente en el retrato, atraía nuestra mirada de manera icónica: las salas fueron ocupadas por imágenes de pequeña escala, pero fuertes en cuanto al impacto de sus temas. Primero entrábamos en contacto con esos rostros de desconocidos o de la propia artista, para, en un segundo momento, intentar procesarlos racionalmente. Hasta en las obras en que el texto se tornaba importante para su investigación –y no son pocas–, el contacto con esos cuerpos fotografiados en blanco y negro viene en primer lugar. En otras palabras, Aguilar es una gran fotógrafa de personas.
Al observar su recorrido es interesante notar un movimiento que va del interés por el otro, hasta, poco a poco, mirar sobre sí misma. En la serie Xerox Collage, de 1983, la artista realiza collages con imágenes suyas y otras apropiadas. En esas composiciones coloridas ya aparecen palabras que apuntan a asuntos de identidad: “lesbian woman” aparece en una, así como en otro montaje, la imagen de una muchacha que se va distanciando de la imagen estereotipada de una familia estadounidense. Aislamiento y no normatividad son asuntos que aparecen claramente en toda su investigación.
En ese primer momento de su producción, llama la atención la frecuencia con la que encontramos retratos fotográficos en los que las personas posan para la cámara en diferentes configuraciones. Siempre tituladas por sus nombres propios, se trata de personas que no forman parte de los reflectores de estrellas de la cultura de Los Ángeles, sino de la constelación de afectos cercanos a la artista: Sandy, Eddie y Pam son algunos de sus nombres. Por los lugares en donde fueron fotografiados, por los rasgos de sus rostros, y por algunas asociaciones que Aguilar hace de ellos con objetos, queda claro que son mayoritariamente inmigrantes o descendientes de tales. No solo “chicanos”, sino también de las colonias chinas, japonesas y afroamericanas. Son personas que, así como ella, hegemónicamente pueden ser vistas como “los otros”.
La mirada de la artista, sin embargo, nunca se aproxima a una especie de romanticismo o ingenuidad. También desde los años 80 hay series de trabajos que cuestionan de manera ácida esa asociación inmediata a una identidad vuelta gueto en la cultura estadounidense. La serie Latina lesbian (1987) trae retratos de mujeres asumidamente lésbicas, acompañadas de textos escritos por sus propias manos que problematizan los estigmas en torno de sus sexualidades. El autorretrato de Aguilar, incluido en esa serie, trae frases preciosas: “No me siento confortable con la palabra lésbica, pero cada día que pasa me siento más y más confortable con la palabra LAURA”. En How Mexican is Mexican (1990) vemos trípticos en los que una de las imágenes es siempre la de la artista. Abajo, otra vez con grafías diferentes, leemos relatos de las mujeres fotografiadas problematizando lo que podría ser “Mexican American”. ¿Hasta qué punto el término “Chicano” no sería sino un rótulo que separa más de lo que aproxima las diferencias? ¿Qué tiene de mexicano una persona nacida y educada en Estados Unidos?
Además de esas series (y otras) que exploran la cultura gay de la ciudad, es interesante también notar cómo durante los años de la década de los 90 la mirada de la artista también reflexionó sobre lo que era ser una mujer artista; más que eso, hay una serie de fotos en las que sostiene placas con dichos sobre lo que es ser una artista pobre, no procedente de las acostumbradas familias aristocráticas de artistas. En una placa afirma categóricamente: “Querido Papá Noel, yo quiero un trabajo con plan de salud”. De modo más dramático, en la serie Don't tell her art can't hurt (No le digan a ella que el arte no puede herir), (1993), la artista posa para una serie de imágenes en las que porta un arma y se va preguntando respecto de los temas pendientes para que ella los aborde con su poética.
Al final, la exposición traía también los experimentos de Aguilar con las fotografías de su cuerpo desnudo insertado en paisajes naturales. Desarrolladas desde los inicios de los años 90, esas imágenes se tornan el enfoque central de su producción al final de la misma década, en series como Nature self-portrait (1996) y Stillness (1999). Generalmente realizadas en blanco y negro, son imágenes que anteceden sus trabajos más recientes de la exposición, la serie Grounded (2006). Su cuerpo desnudo se pasea por diferentes paisajes entre piedras y árboles y genera contrastes entre la piel y aquello que la rodea.
Nuevamente pensando en su búsqueda de imágenes fuera de los estereotipos que encarcelan la libertad de nuestros cuerpos, se presenta oportunamente el cuerpo de la artista: obeso, curvilíneo y con áreas de claroscuro. Los dobleces de su piel hacen un par armonioso con las hojas, la arena, y hasta con algunos cuerpos más esbeltos que la rodean en algunas imágenes. Parece tratarse de imágenes que buscan el silencio y una integración con la naturaleza, que colocan su producción en un lugar diferente de la afirmación y negación de identidades verbalizadas –algo procedente de los estudios sociales–, vistas en sus otras imágenes.
Se sale de la exposición de Laura Aguilar con la certeza de que hay diálogos por hacer entre la producción de arte “chicano” o de “Latino art” y el arte hecho en América Latina durante las últimas décadas. Un buen comienzo sería hacer que las imágenes de la misma Aguilar circularan más en exposiciones colectivas o, quien sabe, hasta en el hemisferio sur de las Américas.
RAPHAEL FONSECA
