CARIDAD BOTELLA
La representación de la guerra abre la posibilidad de centrarse en varios aspectos que se desprenden de esta; a menudo es difícil ir más allá de la pura violencia amarillista, o de la maquinaria bélica en sí, vista como un todo que a ambos bandos afecta, que de ambos bandos se nutre –como lo hizo Goya de forma tan punzante y magistral en Los desastres de la guerra–, sin dejar buenos ni malos; al final, un cuerpo muerto, mutilado, colgado, botado en el río, ya no conoce ideología ni creencia más que la de aquellos seres queridos que se quedaron llorando su ausencia. De todas las posibilidades que uno pueda pensar a la hora de llevar el conflicto armado al plano artístico contemporáneo, Juan Manuel Echavarría (1947, Medellín) ha escogido el más complejo: el de representar el lado humano y poético, el que abre el camino hacia la comprensión del otro, y por esto, hacia una posible reconciliación con los supuestos contrarios.

La exposición Ríos y silencios reúne obras de proyectos terminados y en curso, como Réquiem NN, El testigo vivo de la masacre de las Brisas, Silencios o ¿De qué sirve una taza?, entre otros, realizados por Echavarría y en colaboración con Fernando Grisález y el equipo de la Fundación Puntos de Encuentro. Estos proyectos son el resultado de veinte años de investigación y viajes por distintos territorios de la geografía colombiana afectados por el conflicto armado. Una gran parte de la exposición está compuesta por La guerra que no hemos visto, una serie de obras realizadas por excombatientes tanto de las guerrillas como de grupos paramilitares y miembros del Ejército, resultado de unos talleres realizados por la mencionada fundación, ya expuestos en 2009 y que vuelven a ver la luz esta vez con nombres propios y en primera persona.
Esta exposición acerca al público a una visión de la guerra en Colombia desde tantos puntos de vista como voces se encuentran en la muestra. En este sentido, el artista consigue sumar a la suya otras voces fundamentales que se entrelazan formando un mosaico de perspectivas. Como exposición, cumple la difícil tarea de tocar el alma de quien la visita y de abrir los ojos y la mente a una realidad que en el contexto urbano nos es por los general ajena; a una realidad que ni siquiera las noticias tocan: la realidad humana enzarzada en la violencia del conflicto armado, la que nos saca de lo abstracto y nos lleva a lo concreto. De forma sorpresiva, Ríos y silencios genera un acongojante sentimiento de compasión, que nace por fuera de cualquier ideología o religión y que apela a la etimología griega de la palabra, haciendo referencia a “sufrir juntos”, a un sentimiento humano que se genera a partir de la comprensión del sufrimiento del otro y de nuestra necesidad de aliviarlo.

El primer encuentro con la exposición es Guerra y Pa, un video de dos loros que, encima de una estaca en forma de cruz, se pelean por su espacio, aunque intuimos que quizá también se amen como una pareja abocada a quererse y a odiarse al tiempo. Guerra suena clarito y Pa suena como un propósito incompleto, como un quiero y no puedo, como un disparo de ficción. A lo largo de los años, el trabajo de Echavarría se ha desarrollado en su mayoría a través de proyectos fotográficos nutridos de viajes, búsquedas, hallazgos llenos de paciencia y azar en los que el tiempo camina de la mano de encontrar historias, a veces con palabras, a veces mudas, pero que hablan con su sola existencia. Una de estas historias es Silencios, una serie ingente de imágenes de tableros de escuelas abandonadas, que Echavarría comenzó a retratar hace diez años, después de haber sido invitado al pueblo de Mampuján, en el corregimiento de los Montes de María (Bolívar). El pueblo conmemoraba su destierro por el grupo paramilitar Héroes de los Montes de María. Ahí encontró el primero de cientos de tableros, como símbolo del aprendizaje, de la inocencia de los niños y la juventud, que en su nuevo estado de destrucción representan la cara del abandono y la desaparición, pero sobre todo del cambio de semántica de los espacios, de cómo algo que antes alojaba sueños y futuro cambió a ser la sede del desamparo, el refugio sin destino. Y aun así, las imágenes son de una belleza hirientemente sublime. Quizá esta es una de las características de la obra del artista: se genera una relación simbiótica entre el dolor y la belleza sublime en cada uno de los proyectos, que surcan en la conciencia una empatía estética, en el sentido filosófico de la palabra. También hay historias de desplazamiento y violencia que hablan a través de los cantos que salen de los hombres y mujeres que protagonizan Bocas de ceniza, un video que de nuevo nos atrae con la relación de afecto que establecemos inmediatamente con esos primerísimos planos de rostros cantando, con la belleza de sus voces, hasta que entendemos el contenido de las melodías, como si fueran un exorcismo del dolor que esos cuerpos llevan dentro.

Junto a estas obras de Echavarría, aquí y allá por toda la exposición encontramos unos cuadros en un estilo que se puede calificar de naïve y narrativo. Estas tablas de gran tamaño son el resultado de una serie de talleres que se llevaron a cabo entre 2007 y 2009 con excombatientes de todos los bandos en conflicto. La guerra que no hemos visto es realmente eso, retazos reales de historias contadas en primera persona que narran lo que pasó: historias de masacres, pérdidas de seres queridos, asesinatos y torturas que generan un efecto zoom in en la idea abstracta de la guerra, que generalmente sale a la luz por los medios de comunicación. Podemos ser insensibles a la generalidad por la fuerza de la costumbre, pero es imposible no ser tocado por estas voces que narran y pintan hechos atroces, como por ejemplo Y nadie pregunta por ellos, obra en la que Carlos Mario, excombatiente de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), narra las historias de cinco compañeros asesinados por los motivos más arbitrarios y absurdos, que responden a las leyes no escritas de la guerra. Algunas de estas narraciones cuentan además con una cápsula de video en la que podemos oír la voz en off sobre imágenes aéreas de las zonas geográficas donde ocurrieron las historias. Este es el caso de Zereida, exguerrillera que narra cómo mataron a su hijo, todavía en su vientre, y también al papá del bebé, por oponerse a esta medida por la que se prevenía que guerrilleras rasas pudieran tener hijos. La cámara nos permite ver desde arriba, sobrevolamos el pueblo, la selva, los bosques, el caudal de los ríos por los que corría la sangre, un día sí, y el otro también. Son esos ríos los que articulan la súplica detrás de esta exposición: ¡escuchen las voces que salen de las profundidades del paisaje inaccesible y remoto! ¡Hablen con ellos! La guerra tiene primera persona, la cual no solemos oír, pero que Echavarría despliega en esta muestra de manera inequívoca. De la misma forma que Guerra y Pa forman un dúo en conflicto, un juego fonético sin remedio, quizá el paisaje y la muerte que lo riega bailan de la misma manera, inevitablemente juntos y siempre echando el pulso para ver cuál de los dos impera sobre el otro.
CARIDAD BOTELLA
Curadora.

