Para quienes estaban familiarizados con el cortometraje El pez (2016), de Jonathas de Andrade, era difícil abordar con mirada y mente neutrales su nueva serie de impresiones fotográficas titulada El espíritu de las aguas (2017). En realidad, el artista (nacido en 1982 en Maceió, Brasil) extrajo de El pez las imágenes que se encontraban dentro de las siete obras exhibidas en Alexander and Bonin. La película, que trata los densos y sugestivos temas inherentes a los análisis antropológicos de la cultura, la raza y la sexualidad masculina, deja a los espectadores –o, quizás más exactamente, mirones– en diversos estados de conflicto interno. Con sus impresiones fotográficas, que desviaban nuestro enfoque hacia imágenes aisladas, esta sensación de conflicto disminuía y surgía un curioso estudio de la respuesta humana a la naturaleza.

El pez, rodada a lo largo de un río en el noreste de Brasil, presenta las actividades de diez pescadores que emplean diversas herramientas y sus propios cuerpos para atrapar y matar grandes y relucientes peces. Uno por uno, los hombres –morenos, de imponente musculatura y vestidos únicamente con pantaloneta– sacan su presa del agua y a continuación la presionan contra el pecho. A medida que la lucha física de los peces disminuye, los hombres los acarician y los besan hasta que las presas mueren asfixiadas. La repetición de este proceso durante treinta y ocho minutos, junto con la adhesión de De Andrade a los códigos estilísticos del documental etnográfico, llevan al espectador a preguntarse si las acciones de los pescadores constituyen un ritual local. Sin embargo, esta peculiar rutina fue una invención del artista.
Estas cautivadoras estampas del hombre dominando lentamente la naturaleza –empotradas dentro de fluidos panoramas de verdes playas tropicales– se animan aún más mediante una seductora gama de sonidos. Juntos, los gorjeos de las aves, los zumbidos de los insectos, las gotitas de agua que caen en un ondulante río, y el ronco bombeo de las agallas de los peces, generan un entorno inmersivo, hipnótico.
Al descender a la galería del nivel inferior donde estaba instalada El espíritu de las aguas, el espectador que ya había visto El pez podía sentirse abrumado por el silencio, por el amplio muro blanco entre las imágenes incluidas, por la dureza de los pisos de concreto gris y la rigidez industrial de una baranda de hierro negro. Al despojar el material visual de la película de sus componentes cinematográficos (movimiento, sonido, narrativa), De Andrade eliminó a la vez muchos de los aspectos problemáticos de El pez y ofreció una interpretación más amplia de su tema. Las siete impresiones fotográficas conservaban la cualidad granulosa de su película de 16 milímetros, y eran casi exclusivamente retratos de hombres que sostenían peces. A menudo, los cuerpos de estos dos seres permanecían dentro del plano focal del artista, y también estaban en el centro físico de cada obra. Aunque los peces ocupaban un lugar prominente, parecían servir de complemento para los protagonistas humanos. Incapaces de exteriorizar emociones, acentuaban la gama de sentimientos humanos expresados a través de los rostros, los torsos y las piernas de los hombres. Sin embargo, como modestos catalizadores detrás de diversos estados psicológicos humanos, los peces también les daban un aire de irracionalidad a las expresiones de sus captores, evocando el tropo de la película de realidad versus ficción.
Al pie de la escalera el espectador encontraba primero una sola fotografía enmarcada (El espíritu de las aguas, 6) que contenía la imagen de un joven ubicado en el borde de una banca que abarcaba el ancho de un colorido aunque desgastado bote de madera. El hombre utilizaba el interior carnoso de su antebrazo izquierdo para presionar un pez contra su torso, mientras con la mano derecha le rodeaba la cola. Evocando el arreglo de figuras de una Pietá, el hombre –con la cara inclinada hacia adelante y los ojos abatidos– parecía estar llorando la muerte de un entrañable amigo.
Al seguir por la galería, el espectador encontraba otras representaciones extrañamente tiernas de amantes predadores y presas agonizantes, con mejillas y labios humanos presionados cerca de enormes bocas plateadas. Un hombre, con el ceño un poco fruncido, mostraba un interés contemplativo por el estado físico de su presa. El sol poniente iluminaba a otro pescador –con anteojos sobre la cabeza y gotas de agua sobre la piel–, cuyos ojos cerrados y labios apenas entreabiertos irradiaban una sensualidad tan ardiente que rayaba en la exageración.
Pero los retratos del artista de hombre y pez juntos no se limitaban a relaciones tranquilas y compasivas. Un conjunto de dos impresiones colocadas una al lado de la otra, El espíritu de las aguas 4 y 3, mostraba a un hombre controlando un pez que tenía más o menos las mismas dimensiones de su propio torso. La imagen a la derecha (4) representaba un combate de lucha libre particularmente atlético que pudo haber ocurrido justo después de que el captor sacara su presa del agua. En la de la izquierda (3), sin embargo, el hombre dominaba el pez con confianza; su serenidad y su elegante postura angular transmitían determinación y seguridad en sí mismo.
Como si quisiera hacer énfasis en que el hombre depende psicológicamente de la naturaleza, De Andrade incluyó una sola imagen en la que no había pez y el cuerpo del pescador estaba completamente sumergido en el agua. Allí, la naturaleza había subsumido al predador. El objetivo y la integridad de la expresión humana se habían mezclado con el cuerpo del hombre, y por un momento pudimos imaginar que el control humano sobre la naturaleza se había invertido.
SUSAN BREYER
