Exposición Individualmar 2018 - may 2018· Por Juan José Santos

Hisae Ikenaga

Max Estrella

La simplicidad desde el punto de vista estético en la creación de una obra de arte puede ser signo de complejidad desde el punto de vista conceptual, como nos enseñó Marcel Duchamp hace más de un siglo. Los trabajos presentados por Hisae Ikenaga (México, 1977) decididamente hacen apología de esa simplicidad, al menos desde un punto de vista estético. Pero ¿también desde el conceptual?

Exposición Individual: Hisae Ikenaga — imagen 1
Hisae Ikenaga. Línea amueblada, 2015. Hierro barnizado, madera, laminado y piel vinílica. 316 x 200 x 360 cm (124 13⁄32 x 78 47⁄64 x 141 47⁄64 pulgadas).

Sutil Olvido se compone de esculturas e instalaciones que toman como punto de partida el mobiliario doméstico popular, para deconstruirlo conceptual y físicamente. A partir de sillas, mesas, estanterías, y de la alteración y aliteración de sus partes, configura esculturas de cuerpo entero, o adheridas a la pared. Esta readecuación parte de una visita a un mercado de objetos de segunda mano. Allí, Ikenaga encontró una copia de una silla Wassily que adquirió e instaló en su casa. La extrañeza de esa silla tubular, que apareció como por arte de magia en los hogares de muchas casas de los años sesenta, motivó la visita de la artista a una fábrica de sillas en Guadalajara (España), quizás en búsqueda de comprender la popularidad masiva de un objeto tan elitista y vanguardista, diseñado en origen por Marcel Breuer en la década de los veinte. Esa frontera entre el objeto artístico y el mueble funcional de producción industrial es el vaso comunicante que conecta a Breuer con Ikenaga. La mexicana se disfraza de un Breuer víctima de un “sutil olvido”: parece que no recuerda cómo se conectaban los elementos de su silla y configura un engendro material inútil. En lugar de dar otra utilidad al objeto dado, da una inutilidad que revierte en la extrañeza de su existencia. Para reforzar esta idea de mueble hogareño cuya utilidad ha sido olvidada, la artista presenta distintos artefactos de funcionalidad inequívoca: un paraguas, unas llaves o un bastón se apoyan o acompañan a las esculturas, recordándoles su fracaso pragmático. Ecos surrealistas, de Magritte y de Dalí, rebotan en las paredes de la galería. Otra posible lectura, menos imbuida del cielo surreal y más de la tierra real, es aquella que se puede establecer con los manuales de instrucciones de construcción de muebles de Ikea: una cita de la que, casualmente, también fui testigo en otra exposición en el mismo espacio, pero con diferente artista: la muestra El ornamento de las masas, que firmó Javier Arce en el 2007, también proponía cosas inútiles, aunque en su caso la burla inmisericorde a Ikea era más literal.

Las reconstrucciones de Ikenaga remiten al Constructivismo por su manejo del color y de la forma, vinculando esta exposición con la otra muestra que he reseñado en este número de la Revista: la de Andrea Canepa. Pero mientras que en el caso de la muestra de la Galería Rosa Santos hay subversión, hay diversión, y hay perversión, aquí nos topamos simplemente con “otra versión”. La crítica Elena Vozmediano reseñó Sutil olvido avisando de que la muestra “dará un poco de frío a los no entusiastas de lo geométrico y lo constructivo”. También consideraba que quizás había pocas piezas en la sala. Yo invertiría términos: piezas poco. Obras que, quizás asediadas por la ingente cantidad de propuestas artísticas basadas en lineamientos similares, pecan de lo que avanzaba al inicio: simplicidad conceptual. En este Sutil olvido me olvido del olvido y me quedo únicamente con lo sutil. En anteriores ocasiones, Ikenaga ofrecía acomodo a quienes quisieran sentarse en una pila de posibles interpretaciones (como en su rotunda invasión del espacio Tabacalera, o en Casa Encendida, ambos en Madrid). Aquí, sin embargo, nos gasta una broma al quitarnos la silla justo antes de sentarnos. Quizás ya no tenga gracia algo tan simple.

JUAN JOSÉ SANTOS

Hisae Ikenaga, por Juan José Santos | artnexus