La retrospectiva de Gonzalo Fonseca en Noguchi Museum fue reveladora por múltiples razones. Una tenía que ver con su contemporaneidad, puesta de relieve en la escultura más reciente de la exposición, titulada Self-Portrait (Autorretrato) (1996), creada hace ya veintidós años. Su arte se ha conservado bien y está impregnado de un aserto histórico que podría atribuirse a su erudición y a su proceder artístico visionario, apasionado y plenamente comprometido. La prolífica producción en pintura, dibujo y cerámica de este artista, nacido en Montevideo en 1922 y formado como arquitecto, se inició a mediados de la década de 1940, como miembro del Taller de Joaquín Torres García, pero fue su escultura en piedra, influenciada en sus comienzos por el constructivismo y transformada por él en algo exclusivamente suyo, la que lo situó como un artista importante del siglo XX.

El origen del constructivismo reside en Vladimir Tatlin, pero el movimiento se codificó en 1920, cuando los artistas rusos buscaron liberarlo de sus inclinaciones metafísicas, ejemplificadas en la expulsión de Wassily Kandinsky de su colectivo. En la tendencia subsiguiente de abstracción pura se desarrollaron dos trayectorias que eran incompatibles desde el punto de vista filosófico: arte idealista, abstracto –como el de Piet Mondrian y el neoplasticismo, que se inspiró en la teosofía y precedentes como Kandinsky y Kazimir Malévich y el suprematismo–, y el constructivismo crítico, materialista –fomentado por artistas revolucionarios soviéticos–, que se estaba haciendo internacional por sus variados desarrollos fuera de Rusia. Una vez cruzó el Atlántico hasta Uruguay, y con la mediación de Torres García, fue reestructurado de nuevo como constructivismo universal.
Como miembros del Taller de Torres García, Fonseca y sus colegas uruguayos expandieron el ámbito del constructivismo respecto a su compromiso con el arte prehispánico. La diferencia entre ellos y sus contemporáneos internacionales fue que los primeros eran conocedores del contexto de las fuentes nativas que estaban utilizando, lo que no sucedía con sus contrapartes europeas y norteamericanas, que despojaron el arte “no occidental” de cualquier semblanza de su significado. Tras la muerte de Torres García y el fin de su importante taller, desde el punto de vista histórico, Fonseca emprendió una especie de peregrinaje artístico a través de los sitios arqueológicos de Sudamérica y el Viejo Mundo, ampliando y fortaleciendo las innovaciones formales y conceptuales que había asimilado en Montevideo. En el ínterin entre sus peregrinaciones y su llegada a Nueva York en 1958, Fonseca concibió una estética escultórica totalmente nueva que lo diferenció del Taller y de sus contemporáneos europeos y norteamericanos. En Nueva York, el artista nunca se sujetó a las tendencias artísticas de la ciudad, y su investigación lo llevó a una aproximación enciclopédica a la escultura a través de la miríada de fuentes que reconfiguró en ella. Por ejemplo, una escultura de la retrospectiva Stele (Estela, de 1962) estaba inspirada en muchas culturas e historias: para los mayas, una estela era una escultura vertical que conmemoraba élites; en contextos del Viejo Mundo, las estelas servían como lápidas, como cimientos para la imposición de leyes que a menudo se grababan en ellas, y para señalar límites. Lo que Fonseca presentó en Stele fue probablemente un aspecto de todas sus anteriores encarnaciones, en las que toda esencia compartida fue esculpida hasta convertirla en algo totémico y arquetípico.
Había otras obras en la exposición como Ludovisi (1975) y Haute Lieu VI (Lugar alto VI, de 1989-1990), que encajaban con antiguos significantes culturales filtrados a través de la exclusiva visión artística de Fonseca. Las dos obras tenían estructura horizontal y eran austeras, aunque volumétricas y densas, pero nada que pudiera confundirse con constructivismo de libros de texto. Un rasgo dominante de la escultura de Fonseca es su lógica interna, formal, en la que el espacio es una dicotomía de la presencia y ausencia concomitantes de un material. Por ejemplo, los cortes en la piedra son un índice de la mano del artista, ya que son rasgos positivos y negativos de la composición de la escultura, semejantes a la hechura de marcas en el lienzo y el espacio negativo sobre el que se hacen esas marcas. Relacionado con las dos esculturas hay un constructivismo fenomenológico que, por una parte, es literal y está ligado a sus creadores rusos y, por otra, está lleno de metáforas que provocaban en el espectador una miríada de asociaciones culturales e históricas que en apariencia podrían evocar lo espiritual. Sin embargo, las obras de la exposición transmitían tantas ideas con tan pocos medios que revelaban el modus operandi de un artista que pensaba con las manos, con los ojos y, por supuesto, con un insondable intelecto.
La escultura de Fonseca está impregnada de una sensibilidad literaria y un sentido de la historia del mundo que vacila entre no ficción y mitología, y se hace evidente con una dedicación que rayaba en la urgencia existencial. Travertino, piedra caliza, mármol y piedra arenisca rojiza, todos en diversos tonos, y de vez en cuando cemento y madera, son los que constituyen las esculturas de Fonseca, que articulan una poética de forma y contenido. Las formaciones escultóricas son aparentemente versátiles por sus complejidades visuales y sus combinaciones de texturas. Su estética es una dialéctica de espacio positivo/negativo, solidez/plasticidad, verticalidad/horizontalidad, geométrico/biomorfo, micro/macro y levedad/gravedad. Algunas obras estaban orientadas ante todo hacia arriba y hacían alusión a columnas, torres, pilares, monolitos y monumentos. Sin embargo, también tenían elementos que resaltaban su verticalidad. Otras eran horizontales y se veían más como retablos, anfiteatros o asentamientos para habitantes primitivos o futuristas. Y otras parecían bajo relieves o alto relieves, cuyas imágenes oscilaban de un lado a otro desde motivos figurativos hasta configuraciones compendiadas de alguna otra puesta en escena terrenal.
Además de recordarnos la importancia de un artista que pareció atenerse a sus propias reglas, la retrospectiva curada con esmero consolidó a Gonzalo Fonseca como un artista excepcional y consumado que produjo una obra diversa por la singularidad de sus medios y su creatividad material.
RAÚL ZAMUDIO
