Cuba es un país militarista por exceso y civil por defecto. Cuba es un país obsceno por exceso y erótico por defecto. Un audaz guerrero de la lucha independentista contra la ocupación española en la ínsula decretó: “El cubano si no llega, se pasa”. Dichos axiomas, traducidos en gestos visuales, le sirven a Dennis Izquierdo (n. 1980) para articular una metodología productiva que le facilite traspasar la encrucijada de medios como fines, recurrentes en la falacia exótica.

A salvo de la neurosis identitaria que primó en los años noventa, la obra del artista egresado del Instituto Superior de Arte transitó de la mutación conceptual a la transición plástica. De ahí que el resorte dramático o chistoso de sus piezas se desplazara de la épica colectiva a la obsesión íntima. Ello con un desprejuicio que le permitió situar al credo personal por encima del swing estratégico del momento.
Tiro de gracia fue una exposición caracterizada por una ambigüedad propicia a lecturas desiguales, aunque no derivó en una pérdida del centro ideotemático, ni en una evasión contenidista a favor de un gancho seductor.
Por un lado, Dennis Izquierdo hizo un guiño a la megaexposición Armory Show, que realizaron artistas europeos y estadounidenses en la armería del 69 regimiento de la Guardia Nacional en Nueva York, 1913. Por otra parte, concibió una puesta en escena a media luz, para desmontar la resaca traumática habitual en las crisis de liderazgo y fe que suceden a los deshielos aparentes.
Así también, Armory Show es el título de una pieza de suelo que integró la muestra. La instalación era una barricada levantada con sacos de azúcar con una escopeta encima, a manera de custodia simbólica. Sin el privilegio de la altura, el instinto de conservación en el terreno de los principios irrenunciables, deriva en un muro de contención fácil de burlar. Una tentativa de frenar la quimera inversionista del viejo enemigo, convertido (casi de un día para otro) en otro de los cómplices.
La imprevista y vertiginosa “era Obama” provocó que Cuba buscara centrar la vigilia en la agricultura y, especialmente, la industria azucarera, sectores de la economía antillana que solo una poderosa fuerza ajena podría recobrar. Tiro de gracia implicó un guiño ambiguo y abierto en torno al protagonismo que conserva el drama de la Guerra Fría en la frustración desarrollista cubana. Ya sea en la “era Obama” o en la “era Trump”, Armory Show se activa por diversos pretextos.
El 16 de abril de 1961, Fidel Castro Ruz proclamó el carácter socialista de la Revolución. Apropiándose de esta fecha crucial, Dennis Izquierdo concibió una metáfora acerca de los giros abruptos de la historia, donde el voluntarismo del Gran Jefe prevalece, antes que la buena voluntad del líder.
16 de abril de 1961 (2017) era una torre de libros fulminados por un revólver calibre 38. Pero este debía atravesar un cojín destinado a silenciar disparos a quemarropa. Ante la radicalización del proceso revolucionario, el módulo cognoscitivo proveniente de la República tenía que ser restituido o aniquilado.
La filosofía del manual soviético cumpliría su tarea de eliminar a los trotskistas, en favor de una legión de jóvenes estalinistas que impondrían el realismo socialista como doctrina estética. El crimen silenciado era la manipulación del saber o su desaparición, sin necesidad de provocar un estruendo mínimo o de largo alcance.
El cojín de terciopelo rojo como recipiente del caos en la oficial y veleidosa “era post castro” volvió a ser un recurso protagónico en Morir es vivir (2017). Encima de un pedestal, un corazón de silicona yacía sobre el blando objeto. Lo curioso fue que se trataba de un cojín con sonido interno, efecto logrado gracias a un mecanismo que latía automáticamente. Más extraño era que el sonido fuera un toque de silencio, ritual para honrar la desaparición física de un alto jefe militar.
La escena representó un ceremonial mitopoético, alusivo a la muerte de Fidel Castro. Un fallecimiento virtual en la mente y el cuerpo de una nación, o, mejor dicho, una islote bélico que giró más de medio siglo alrededor de un hombre. Una extrapolación de un ser en el espacio, que continúa rigiendo las decisiones hegemónicas y el paso temeroso de la masa desde otro mundo que lo eterniza.
La intimidad compartida de Tiro de gracia alcanzó su definición mejor en El líder (2017), un busto de José Martí momificado con tela de uniformes militares. Convertida la tela en una corbata que materializaba y, de paso, amordazaba al mártir, la figura del “más grande de todos los cubanos” se reducía a un mito expuesto a otra variedad de interpretaciones, “con todos y para el bien de todos”.
La preservación de la imagen y obra del líder que no llegó a ser jefe deja los predios del símbolo para representar a un sujeto real. Desde el utilitarismo patriótico suele emerger una certeza de raíz maquiavélica: “Mejor sería que te fueras a descansar con tus ideas a otro mundo. Nosotros nos encargaremos de actualizarte en la memoria de quienes siempre estarían dispuestos a resucitarte”. Esto les ocurre a los seres iluminados, incómodos para historias oscuras.
El líder visualizado por Dennis Izquierdo ratificó el universalismo de José Martí, rebasando al localismo caudillista de un clonado Fidel Castro. Un punto de vista palpable hoy. A través de Martí, o de otro inmolado precoz, puede justificarse el “Borrón y cuenta nueva”, un dicho popular de cabecera en la jungla sociopolítica.
“El Eggún” (muerto en la tradición yoruba) encarna un mito de la cubanidad. Este se entroniza como base conceptual de la superestructura imaginaria que propuso Tiro de gracia, una dramaturgia plástica donde la teatralidad del sacrificio iguala e, incluso, supera la trascendencia post mortem del hombre y su circunstancia.
HÉCTOR ANTÓN
