Volver al lienzo y a la bicromía como gesto político. Viendo la exposición de Antonio Malta en la Galería F2 cabe preguntarse si los formatos en el arte siguen teniendo una connotación determinada. ¿Es lo mismo trabajar sobre instalación, sobre fotografía o sobre pintura? El arte contemporáneo se despliega en múltiples dispositivos y soportes como adecuación a la modernidad líquida y las múltiples facetas de un mundo en transformación. En este contexto resulta llamativo entrar en una galería y observar obras que podrían formar parte de las vanguardias de principios del siglo XX.

La Galería F2 presenta la primera exposición de Antonio Malta Campos (São Paulo, Brasil, 1961) en Europa. Lo primero que llama la atención al entrar en el cubo blanco son los enormes formatos y la bicromía del blanco y negro. Se trata de obras recientes, de 2017, que forman un conjunto de cinco obras de gran tamaño y otras cinco menores. En todas ellas se combina el lenguaje de la abstracción con el valor constructivo del cubismo analítico. Vemos formas que utilizando composiciones espaciales inconcretas, nos remiten también a un fuerte lirismo. Se alternan así líneas más geométricas, cuadradas, rectas, con líneas más sinuosas. Todas ellas se superponen sobre fondos negros, con una evidente connotación de pesadumbre y solemnidad. La técnica pictórica es muy empastada y poco sintética, en el sentido de que en las graduaciones intermedias entre los blancos y los negros vemos grises, ocres y color ceniza, donde la marca de las pinceladas se aprecia de forma nítida. Hay una defensa clara del lenguaje de la pintura per se, con su propio vocabulario y sus rasgos formales. No se oculta el clasicismo. No se esconde la tradición.
Antonio Malta estudió en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de São Paulo. Entre sus exposiciones individuales recientes destacan Sim Galería, en Curitiba (Brasil), Aquarelas, en Galeria Leme (São Paulo) o en el Centro Cultural São Paulo de Brasil. Entre las exposiciones colectivas en las que ha participado destacan, en 2016, Incerteza viva, en la 32ª Bienal de São Paulo; Toda janela é um projétil, é um projeto, é uma paisagem, curada por Paulo Miyada, y Auroras: pequenas pinturas; Os Muitos e o Um. Arte Contemporânea Brasileira na Coleção Andrea e José Olympio Pereira, curada por Robert Storr.
Teniendo en cuenta su formación como arquitecto, resulta inevitable pensar en cierto interés por los valores constructivos de la pintura y de la distribución espacial. Viendo las obras expuestas en F2 pensamos en un estudio medido de las composiciones, las relaciones entre masas distintas y el interés por captar la proporción entre segmentos y líneas geométricas. El color, además, adquiere valor estructural. Vemos obras en las que la alternancia de color es la que construye toda la superficie del lienzo: blanco sobre negro/negro sobre blanco, configurando un ritmo visual evidente. Aparecen otros colores: ocres o tonos más rosados, que aligeran de alguna manera el tono general de la exposición. Así, de ciertas influencias que podríamos situar en el cubismo o en el constructivismo, pasamos a otro tipo de propuestas cercanas a una abstracción lírica que podría ser la parte más subjetiva de la muestra.
Una de las obras que más llama la atención, tanto por su formato como por su composición, es Máscara (2014). En ella vemos dos telas independientes que se encuentran unidas. La de la derecha contiene una representación realista de una máscara de gas, mientras que al otro lado estamos percibiendo un rostro desfigurado. Observamos también lo que podrían ser letras o signos gráficos (muy característicos del vocabulario cubista tradicional). La obra está inspirada en los acontecimientos que tuvieron lugar en 2013 en Brasil como consecuencia del aumento de las tarifas de transporte. Las múltiples protestas que se produjeron a lo largo de todo el país fueron violentamente reprimidas por la policía, lo que generó todavía más tensión social. La policía fue acusada de actuar con total arbitrariedad. El lienzo, entendiendo este contexto, no puede ser más elocuente: se trata de la representación de una situación de represión, aislamiento y alienación, donde la identidad y la comunicación se encuentran difusas en un espacio indeterminado, oscuro y poco claro. La máscara remite inevitablemente a Lygia Clark y su reflexión en torno a la interacción y la comunicación entre distintos cuerpos. Evidentemente la propuesta de Clark queda aquí muy lejana, porque en el caso de Antonio Malta, el optimismo, la ligereza y los presupuestos del neoconcretismo quedan desplazados por una alusión clara a la violencia y la situación política de un país. Un soporte artístico, una iconografía y un cromatismo que no dejan lugar a las dudas.
ANA FOLGUERA
