Exposición Individualmar 2018 - may 2018· Por Claudia Fazzolari

Amelia Toledo

Centro Cultural Banco do Brasil – CCBB

Para todos aquellos que conocen el trabajo de la artista Amelia Toledo (1926-2017), la reciente muestra antológica realizada por el Centro Cultural Banco do Brasil, en São Paulo, cerraba un ciclo de vida y obra de una de las más inventivas creadoras brasileras.

La exposición Amelia Toledo: recordé que olvidé homenajeaba el recorrido de seis décadas de un continuo trabajo de investigación plástica, significativo en la trayectoria del arte contemporáneo.

Exposición Individual: Amelia Toledo  — imagen 1
Amelia Toledo. Esferas Hápticas, 1969. Esferas en resina poliéster, con inclusiones. Dimensiones variables. Foto: Isaías Martins.

Entre los flujos de la exposición, establecidos por la curaduría, el público encontraba los rumbos de un pensamiento visual marcado por la disponibilidad para el descubrimiento de campos inusuales.

El proyecto de la muestra, distribuido entre el subsuelo y los cuatro pisos del histórico edificio situado en el centro de la ciudad, reunía sesenta creaciones de una mujer que, moviéndose por distintas líneas de investigación del arte brasilero, compuso un espacio de intervención bastante particular.

Todas sus investigaciones, resultantes de décadas de trabajo, reanimaban una invitación al público que, magnetizado, entraba en contacto con experiencias sensoriales de diversos frentes al tocar, ver y experimentar el mundo mágico de invención y vitalidad del arte brasilero.

La muestra, dividida en núcleos temáticos, se presentaba al visitante por medio de seis vertientes de la creación de Amelia Toledo. En la entrada del espacio, en un núcleo llamado El Encuentro, la obra Plaza de los Colores de lo Oscuro, de 2017, en bobina de acero espejado, bloques de cuarzo rosa, verde, cuarcita azul y fucsia, iluminaba el ambiente y seducía las miradas y el tacto.

En la secuencia de núcleos, el público seguía un raciocinio que paseaba por el “arte afectivo, transformador” de la artista, en las palabras del curador Marcos Lontra, y, moviéndose por los pisos, descubría La caverna, en el subsuelo, y El encuentro, ya mencionado, en el piso bajo; El pasaje, La memoria, La luz y El destino en los pisos superiores del edificio.

En el espacio destinado a La caverna, las series Dragones cantores, de 2007 –con piedras sonoras perforadas sobre columnas de concreto–, e Impulsos, de 1999-2017 –compuesta por bloques de piedras pulidas y parcialmente pulidas sobre columnas de concreto–, dividían el subsuelo con la obra Piedra-Luz, de 1999, una gran instalación multimedia que invitaba al visitante a una total inmersión.

El circuito llamado El pasaje reunía la obra pictórica de la artista, en resina acrílica y pigmento sobre yute, y también su creación en resina acrílica y pigmento sobre cuerda.

Además, en el mismo ambiente, los experimentos con tubos de PVC con agua, óleo mineral y colorantes dialogaban con la obra Caleidoscopio, de 1993, reeditada en 2017, compuesta por chapas de acero inoxidable curvadas, espejadas y revestidas de color azul, dominante en el espacio.

En el núcleo denominado La memoria, módulos en acero inoxidable espejado, cajas de acrílico, fósiles y arenas en cajas de madera convivían con la obra Pozo de la memoria. Dedicado a mi padre, de 1973, obra compuesta por cilindro de fibra de vidrio revestido con chapa de acero inoxidable pulida y cilindro acrílico con la inscripción Recordé que olvidé, elemento central y clave emotiva pensada para el itinerario que acompañaba la longevidad de sus muchas creaciones.

El ambiente de la memoria traía también al visitante la colorida sorpresa de la histórica obra Esferas hápticas, de 1969, creada en resina poliéster con inclusiones. Tales formas circulares, globos luminosos, seducían, con sus azules, verdes y rojos, la más activa percepción.

Como el visitante podía vivenciar, en cada esfera háptica había una realidad sensorial casi gustativa, fruto de un recorrido de experimentación estética inventado por Amelia Toledo en los últimos años sesenta, densificado por la sensibilidad de una creadora incansable.

La vertiente denominada La luz presentaba una serie de creaciones bidimensionales, en papel de seda sobrepuesto y grabados en metal, y también la gran protagonista del núcleo, la obra Penetrable de tierras, de 2014. La fascinación producida en el público, que atravesaba la malla translúcida de paneles verticales de colores ocres, entre tonos óxidos ferrosos, aplicados en resina acrílica sobre yute, revivía por la sensación de un suave recorrido laberíntico.

Finalmente, el núcleo llamado El destino reunía algunos de sus múltiples más conocidos, como Medusa, en tubos de PVC, agua, óleo mineral y colorantes, de 1967, reeditado en 2017 para la muestra; Discos táctiles, de 1970, también, reeditado para la ocasión, así como Bolas Bolhas, de 1968, los llamativos globos inflables en PVC con agua y espumante.

Artista siempre atenta a su entorno y capaz de intervenir de forma sensible las más diversas materialidades, sus propuestas –que reunían atributos de una investigación incesante de colores, formas, texturas y ambientaciones– dejaban, así, una firma única en el arte brasilero.

Creadora de un elenco de obras de fuerte temperamento con decisión firme en el uso de materiales como bobinas de acero inoxidable, bloques de cuarzo, o también conchas y cantos, su vocabulario inaugura, paralelamente a las investigaciones neoconcretas instaladas en el país, en los últimos años sesenta, la necesidad de un cuerpo habilitado para la vida, sin amarras.

En sus obras, y hasta en sus entrevistas, Amelia Toledo se mostraba cercana a los ambientes motivados por las inquietudes de un constructivismo muy particular, reinventado por la fuerza de marcas autorales nutridas por matrices de una viva experiencia sensorial.

De hecho, la creación de Amelia Toledo le encantaba al público, hasta a aquel más distante de los espacios consagrados del arte contemporáneo. Toda su obra, que siempre entusiasmó al visitante de las más diversas formaciones, estuvo directamente comprometida con el proyecto vivencial de una interlocución sensible, que ese mismo público reconocía como espacio de libertad.

CLAUDIA FAZZOLARI

Amelia Toledo, por Claudia Fazzolari | artnexus