La exposición de Priscilla Monge (San José, Costa Rica, 1968) en la Galería Luis Adelantado lleva por título Fragmentos de un discurso amoroso, que toma el nombre de uno de los libros más íntimamente celebrados de Roland Barthes. La muestra se iba a inaugurar en fechas cercanas al sismo del 19 de octubre del 2017, que desplomó varias colonias en Ciudad de México. Como señal de respeto ante la tragedia y el duelo, la apertura se pospuso.
Así, en su latente (in)visibilidad contextual, la condición constatada que Monge convoca en este conjunto de obras es apabullante, y toca puntos neurálgicos sobre temáticas que, por su parte, convirtieron la ciudad en un recordatorio brutal de la vulnerabilidad absoluta de la existencia; pero que también dieron lugar a la exposición-en-acto de una profunda resistencia vital, tanto como de nuestros temores más desafiantes, vueltos de un momento a otro evidencia carente de narrabilidad sobre la inminente conciencia de un para-siempre fragmentado.

En la gran nave de la galería, una inmensa tela blanca flota delicadamente y parte de tajo el espacio en dos. Una gran Sábana (2017) perforada “delicadamente” en distintos puntos —Monge ha cosido recortes de diversas “sábanas nupciales” (confeccionadas con un agujero situado específicamente para que en la noche del matrimonio, a través de dicho agujero, el pene pudiera penetrar la vagina, sin que el resto de la piel pudiera tocarse)–. La pieza cuestiona y resignifica formal y simbólicamente ese tan pesado velo cultural y religioso, cuestionando las profundidades del estar-expuesto. A la vez, constata el autorreconocimiento de la dominación –rondando las tinieblas del inconsciente que “visten” la sexualidad como algo sin mácula, pero turbio si sale de lo dispuesto y anhela tocar lo indecible–.
Cuatro fotografías Polaroid en gran formato (170 x 150 cm), intervenidas con óleo y carbón, se consumen frente a nosotros entre las densidades de la oscuridad del carbón: incendios bajo negros cada vez más oscuros que claman la destrucción de lo visible/vivible. Las imágenes confieren pasajes de una escenografía del despojo en los títulos caligráficamente escritos —huella recurrente de la artista— sobre la parte blanca inferior. Entre lo visto y lo leído, lo ilegible y lo invisible, la mirada, provocada, rebasa el orden narrativo de continuidad ignorando lo preestablecido, brincando de una imagen a otra con un ritmo sutil y crecientemente taquicárdico, incitando en y entre cada “fragmento” una narrativa que nos es dada desde sus cenizas. Como si buscara los rastros que Monge registró en la imagen y los trazos de otras capas del presente, sobrepuestos de pasaje, tiempo, sensaciones, sentido.
Entre las tragedias expuestas por una desolada intimidad, ya sea explotando sus dimensiones convencionales, o reclusas en los recuadros de otras siete Polaroids igualmente intervenidas (65 x 50 cm), es casi posible (des)hilvanar una narración, hirsuta, disyunta. Entre frases/títulos como: El fuego abrasó toda la casa; Todo era tan lindo que le dio miedo el infierno; El fuego la dejó completamente limpia; Orinó sobre las brasas; No tuvo miedo al infierno; Tan frío que quemaba (todas de 2017).
Recorriendo la muestra se cimbra una constante tensión entre las capacidades e intensidades visuales y el potencial narrativo de la escritura. ¿Qué es lo que se distiende hasta casi romperse entre las palabras y las imágenes? ¿Qué amorosa y sórdida textura, interioridad expuesta, saturación vaciada de gravedad, es aquella que se monta entre las obras para gestar-en-acto una condición de “abra(s/z)o” (en ambos sentidos de la palabra, es decir, lo que une tanto como lo que consume, al intercambiar la “s” por “z” [pace Barthes]) anudando lo que a su vez rechaza de (e)videncia: ¿una fuerza imantada de repulsión/atracción entre los polos de los lenguajes entre los que se desplanta el trabajo de Monge?
La artista costarricense construye el presagio de un pasado que intenta, desde el último resto de certeza, decir (se) para habitar, para retenerse en-presente. En una sala oscurecida, tres piezas “escritas” con tubos de neón rojo (80 x 80 cm) recuerdan germinalmente la serie de pizarras de Monge, repitiendo esa escritura en gis blanco, como apretado residuo de castigo escolar, entre ellas: No debo sentir dolor (1995). Ahora, el rojo burdo, desinhibido y sedoso de sus frases vibra luminoso del “deber” a la consigna: “El deseo es cosa de vida o muerte”; “El amor es cosa de vida o muerte”; y una de las tres frases ignora la horizontalidad escrituralmente formal, tendiéndose en diagonal, intento de (a)signarse de realidad desde “otro” lado: Este es un lugar poético (2017).
Entre las otras obras que completan la vulnerada y extremadamente pertinente opacidad temática de la muestra, es preciso señalar Instrumento de medición (2015). Siete círculos de mármol (30 x 30 cm) “ceñidos” por aros para bordar de madera endeble hacen siete relojes. Evidenciado un contrapunto conceptual –no sólo en la oposición del mármol, material reverenciado de resistencia histórica–, presentan también incisiones gráficas, ahora son números, una marca/hora por círculo, destinando su frialdad simbólica como materialización del “reloj corporal” forense que mide el contorno de la vagina en casos de violación (siguiendo los parámetros formales/temporales de un reloj convencional) para discernir los registros de penetración forzada y el tiempo pasado desde el acto que esas rajaduras exponen, confrontación que ejerce una nueva figuración sobre la violencia/género, desdoblando el espectro de continuidad creativa de Monge.
Fragmentados, restamos de amor, ávidos de duración.
MARCELA QUIROZ
