Exposición Individualdic 2017 - feb 2018· Por Sylvia Werneck

Nuno Ramos

Anita Schwartz Galería de Arte

La década de 1980 se conoce como la del retorno a la pintura, en contraste con la producción comprometida con fuerte carga política de los años precedentes, en los que los medios preferidos eran aquellos que huían deliberadamente de todo lo que tuviese relación directa con el vocabulario tradicional de las artes, como la copia Xerox, el arte postal, los sellos, las calcomanías y materiales de lo cotidiano. Pero todo revival nunca es exactamente lo mismo, ya que las circunstancias tampoco lo son. La pintura a la que se retorna es pintura en esencia, busca la idea de la composición, de la construcción de líneas, formas y campos de color, pero no hará eso usando los mismos instrumentos físicos o conceptuales que caracterizaban las bellas artes consagradas y amadas por el sistema. Para Nuno Ramos, que comenzaba su carrera en aquel momento, egresado de la Facultad de Filosofía y vinculado al grupo de Casa 7, la pintura se materializaba casi con violencia. El gesto vigoroso, el cuerpo como instrumento, eran imprescindibles y explotaban con tanta energía que se requería una extensa superficie para contenerlos. Había cierto tributo al action painting de Pollock, una inquietud que transformaba todo el ambiente del taller en testigo del proceso de la hechura de la obra. Las salpicaduras y el exceso de material desprendido se regaban por todas partes, muy al estilo de esa época de exageraciones desmedidas, o de nuestro tan brasilero desmadre (desbunde). 

Exposición Individual: Nuno Ramos — imagen 1
Nuno Ramos. Sin título 28, Rocha de Gritos (Roca de gritos) series, 2017. Pintura al óleo, vaselina, pigmento, pastel seco, carboncillo y grafito sobre papel. 207 x 171 cm (81 1⁄2 x 67 21⁄64 pulgadas). Fotografía: Eduardo Ortega.

La pintura de Nuno Ramos nunca se conformó con la bidimensionalidad, aunque se presentaba estrictamente como pintura; desde esos tiempos iniciales, el exceso de materia creaba relieves, el ímpetu del gesto surcaba el soporte. En poco tiempo, sus cuadros ya acogían materiales externos y se proyectaban en el espacio con vehemencia, llegando a avanzar por metros.

Sin miedo a incurrir en lo obvio, es natural que los retornos retornen, aunque nunca sean los mismos. Así, aunque se haya alejado de sus relieves de pared en la década de 1990 y se haya lanzado a instalaciones e intervenciones de gran tamaño, es a ellos, renovados, a los que el artista vuelve en la individual Grito y paisaje, en la Galería Anita Schwartz. Se trata de la primera individual en la galería, desde El globo de la muerte de todo, en 2012, en compañía de Eduardo Climachauska, y es la primera vez que exhibe solo, en Río, sus pinturas con vaselina y óleo. Estos trabajos de ahora, inéditos, continúan agigantados, pero hay más tranquilidad en ellos, casi que más organización, como si, con la madurez (tanto del artista como de las obras), se diera también un enfriamiento de la impetuosidad del gesto. La técnica milenaria de la encáustica (mezcla en caliente de pigmentos y cera) sigue siendo parte de su proceso creativo, y están presentes también los tejidos y plásticos. En resumen, hay en estos relieves el tradicional cúmulo de materiales, pero hoy emplea menos elementos; hay (aparentemente) más preocupación por la composición. Parecen menos cercanos al acaso y al estilo all-over y, en cambio, explicitan mayor atención a los diferentes sectores de la superficie. ¿Se puede arriesgar a decir que remiten a maquetas o imágenes cartográficas, paisajes, quizás? Los colores también son típicos del siglo XXI, del universo pop de tintas fluorescentes y brillantes en la línea de la estética de los mangas y animes japoneses. Son, de cualquier manera, obras que aluden a jardines o al campo, muy distintas de las que el artista producía en décadas anteriores, de paleta más urbana, digamos, concentrada en los ocres, negros y grises de la producción industrial y de la contaminación de las grandes metrópolis. “Estoy viendo lo que hago con la pintura, esa substancia que siempre estuvo en mí y que estoy recuperando, revolviendo en ese pantano, en esa materia verdadera y antigua para mí”, dice.

En el segundo piso de la galería está exhibida la serie Roca de gritos, también del 2017. En grandes formatos, son dibujos con grafito, pastel y carboncillo sobre papel, inspirados en el poema “Todo perdí”, del libro De aquella estrella a otra, del italiano Giuseppe Ungaretti:

 La vida ya no es más,

 Detenida en el fondo de la garganta,

 Que una roca de gritos

La relación de Nuno Ramos con las letras sigue siendo estrecha. La palabra siempre aparece, ya sea materialmente, a la manera de instalaciones del pasado como Alborada, exhibida en el Centro Cultural Banco do Brasil, en 2004, o, indirectamente, como mote. En los dibujos actuales, las figuras están organizadas en el plano como en un baile entre la fluidez de trazos del grafito y la materialidad más pesada del pastel, tratado prácticamente como pintura. Las relaciones aquí se dan con mucha mayor levedad que en sus relieves, y hay respiro para que el blanco del papel participe en el juego. Según el mismo artista, el proceso con los dibujos es mucho más rápido y espontáneo, bastante diferente a la larga convivencia exigida por las pinturas. Esta nueva fase, para él, menos politizada que la de años recientes, ha sido locamente alegre. “La mayor venganza –dice–, todo el mundo lo sabe, es la alegría”.

SYLVIA WERNECK

Nuno Ramos, por Sylvia Werneck | artnexus