Una sorpresa fue para mí entrar a la galería y encontrarme en medio de otro espacio. En este caso, en medio de la sala principal del Museo de la Universidad Nacional de Bogotá: piso de granito, columnas de cemento, sorprendentes cambios de nivel, y sus característicos acentos de madera en las columnas y en los bordes de los desniveles, que convierten a este museo en atípico, con raros recorridos pensados para detenerse, “para sentarse” en medio de la sala, y posiblemente meditar sobre lo que se ve. Todas estas sensaciones las viví en la galería porque Nicolás Consuegra construyó de nuevo la sala principal del museo, la “trasladó” a escala uno a uno.

El Museo de Arte de la Universidad Nacional se construyó dentro del campus de la calle 45 con carrera 30 en Bogotá, para propiciar la convivencia de los miembros de la comunidad universitaria y proponer el arte como una actividad indispensable en la vida de los estudiantes. Se inauguró en 1973 y fue diseñado por los arquitectos Alberto Estrada y Elsa Mahecha. Es un museo que, a mi modo de ver, sutilmente critica al cubo blanco en su uniformidad y limpieza para proponer, como ya dije, un curioso recorrido, ya que la sala principal recibe al visitante con un amplio desnivel y con unos pequeños muros con topes de madera que lo invitan a sentarse. Este museo propone cambiar la idea de recorrer una exposición, que es la experiencia convencional del visitante en un museo, por detenerse, incluso sentarse y “vivir” o “pensar” por un momento lo que se mira. Todo esto, complementado por la presencia de los materiales, cemento y madera, permite considerar este museo con una voluntad de reflexionar sobre el lugar. Un concepto que, a diferencia del espacio, que invita a pensar los límites y las dimensiones físicas, se pregunta por la habitabilidad, por el detenerse, por recordar, por las experiencias vividas, por el tiempo invertido en el vivir.
Pedro Hernández reseña una exposición titulada Lo que la maqueta puede hacer, realizada en el Museo de Arte Contemporáneo de Siegen en los años 90, y nos cuenta que en ella se propusieron varias respuestas: construir una maqueta para comprender el mundo al miniaturizarlo; una maqueta como un estado intermedio entre el concepto y la realización; como manifestación de poder, porque históricamente las maquetas se usaron para que los mecenas posaran frente a sus inversiones. En fin, Hernández finalmente resalta una frase del artista catalán Domènech: “una maqueta siempre es una propuesta de futuro, una promesa, un deseo, una representación a escala de una idea que devendrá espacio tangible, real, habitable”, es decir, complementa Hernández, una maqueta es la idea de algo que vendrá pero que todavía no tiene –o no ha tenido– lugar.
Así las cosas, esta exposición, además de sorpresa, produjo en mí toda una provocación. Primero, porque si una maqueta es un montaje o un ensamblaje a menor escala de un espacio posible, aquí, la escala uno a uno resultaba una evidente intención de Consuegra de “lanzarse” a la realización; manifestaba una especie de desespero con el arte por quedarse en intenciones, en “posibles”, y la decisión de ocupar la experiencia del hacer: cargar cemento, instalar los pisos, construir columnas, una reflexión neo-Bauhaus, donde el maestro de la forma y el maestro del hacer pretendían ser uno. Consuegra decidió “lanzarse” también a construir la sala principal de un museo vinculado a sus más profundos afectos.
Ya Consuegra, en una exposición anterior, había construido una maqueta del interior de una casa bogotana de los años cuarenta, a partir de una fotografía. Aquí, a escala uno a uno, la intención era más decidida y planteaba la urgencia de pensar en lo que tiene o ha tenido lugar en ese específico museo.
Para la exposición, Consuegra realizó varias entrevistas, que publicó en la red, a diferentes personas, incluidos antiguos directores del museo como Germán Rubiano Caballero, William López, Santiago Rueda, y la actual directora, María Belén Sáez de Ibarra. Me hubiera gustado que estas entrevistas, de alguna manera, estuvieran presentes en la sala, así fuera en la oficina-archivo del último piso de la galería, para que el espectador entendiera la urgencia de pensar el museo y para que esa discusión sobre el lugar, sobre lo que tiene o no tiene lugar en el museo, tuviera eco. Pienso que el Museo de Arte de la Universidad Nacional hoy, y durante esta última administración, resolvió estimular y financiar obras de artistas “consagrados” por el arte internacional y por la crítica, y le dio la espalda a lo que puedan proponer los estudiantes. Ingenua y desinformada postura, la verdad. Cuando se está cerca del salón de clase es evidente que la experimentación vital del estudiante con sus ideas y con los materiales necesita y exige un lugar para que sean vistos y puestos a prueba; un lugar como el museo, que, por los estatutos de esta universidad pública, les pertenece. Una experimentación vital en cine y en artes plásticas, por ejemplo, que permanentemente durante esos últimos años se ha colado y ha viajado a exposiciones internacionales, sin que la actual administración se dé cuenta. Ingenua y desinformada, también, porque la historia del museo dio lugar a exposiciones de artistas desconocidos, jóvenes en su momento, críticos con el arte y con la cultura que son hoy indispensables para pensar el país. En fin: simulacro de museo, simulacro de experiencia, simulacro de historia, toda una reflexión.
NATALIA GUTIÉRREZ
