Decía Georges Didi-Huberman en una entrevista, en relación con la muestra Sublevaciones, que “el cuerpo humano es lo más antiguo que poseemos, el cuerpo humano es más antiguo que un fósil, que una obra de arte griega, es nuestra antigüedad. Todo eso es anacrónico”.
Y aunque el cuerpo tiene una extensión limitada, el cuerpo de Liliana Maresca (1951-1994) parece ser un prototipo apto para consumar todas las expansiones posibles y vociferar, casi al infinito, la necesidad expresiva: el motor del arte. Su maquinaria se desplegó y adoptó todas las posiciones a través del uso del cuerpo todo, empapado además de una belleza particular, maresquiana.

Pero el cuerpo es, también, un conjunto de personas que forman una comunidad, una asociación. El cuerpo de Maresca no fue solo el vehículo para su arte, sino “centro y amalgama para la escena de las artes visuales de los años 80 y 90”, según comenta Javier Villa, curador de la exhaustiva muestra El ojo avizor. Obras 1982-1994.
La exhibición del cuerpo, de lo íntimo, el tema de lo público y lo privado no son motivo de discrepancia en la obra de Maresca. Se desarma la “máquina antropológica” de la que habla Agamben en El uso de los cuerpos. Se disuelven “[…] las divisiones que caracterizan el pensamiento occidental: animal/hombre, sujeto/objeto, público/privado, esencia/existencia, potencia/acto”1. Por el contrario, todas las instancias se integran para intensificar el flechazo que las obras producen de inmediato. En Maresca, lo que no se puede decir en palabras se declara súbitamente, como un impulso que llega y empuja a seguir su juego. Además, pareciera cumplirse un sueño, la realización hegeliana del espíritu en la materia: cuerpo y objeto, vitalidad y basura, se realizan mutuamente en un mismo plano; todo podía (y pedía) ser atravesado por el mismo entusiasmo: cambiar el mundo.
Liliana parece haber nacido con un punto fijo en el tercer ojo, su ojo avizor, como haz de luz que le permitió entretejer las cosas tan dispares que el mundo trae. Ella superó la cuestión de que las cosas solo pueden ser vistas “a través de”, llámese un punto de vista, el color del cristal con que se mire, el miedo. Maresca se escuchaba a sí misma, y sin filtros actuaba en consecuencia. “Creo que hay cosas que me afectan de la realidad, que no puedo escapar de verlas… Entonces trato de buscar una respuesta y me involucro completamente, en cuerpo y alma, y me desnudo”, declaraba. Si la oportunidad no le era dada por razones ajenas a su voluntad, torcía el rumbo, pero sin desviar el resplandor de la idea ya concebida. Avanzaba con la poesía y la política metidas en el cuerpo. Atravesó con su obra el fin de la dictadura militar en Argentina, la vuelta a la democracia, la era menemista. En 1993, la revista El Libertino publica una serie de fotos tomadas por Alejandro Kuropatwa en las que se muestra parcialmente desnuda. Con el título Maresca se entrega a todo destino, ofrece su cuerpo para establecer comunicaciones telefónicas con desconocidos, piensa que el erotismo es la comunicación más primaria: “Yo con mi obra estoy hablando del amor, del encuentro…”. Quería convencer a sus interlocutores de que su apertura tenía un sentido universal, aunque lo evidente en el anuncio fuera provocar un acercamiento erótico.
Al año siguiente, en 1994, recrudece su enfermedad (se le había diagnosticado VIH en 1987). La inevitable fragilidad del cuerpo no le impidió seguir trabajando y produciendo. Sus últimos trabajos fueron una serie de pequeños retratos, las Mascaritas, realizados en pequeño formato sobre cuadernos y cartones, y bajo los efectos de una visión muy disminuida por su estado de salud.
Había nacido en 1951 en Avellaneda. Se casó dos veces y tuvo una hija producto de su segundo matrimonio. También fue docente, escenógrafa, performer, escultora. Dirigió un espacio de artes visuales, presentó muestras y producciones en espacios artísticos y extra artísticos.
Su feminismo fue puro, descontaminado de posturas estereotipadas o amaneramientos, fresco; y se combinó con un propósito político y también poético. Sus actos de sublevación la convirtieron en una artista única, como pocas.
Y terminando este escrito únicamente por una cuestión de espacio (habría tanto, tantísimo más de esta muestra y de esta vida para mencionar), encuentro en el muro del crítico Juan Laxagueborde, en Facebook, esta frase que parece empatizar: “El genio es aquella presencia que entiende antes de la demostración y formula antes del análisis, manifestando así una identidad evidente entre las leyes de la lógica humana y las direcciones del universo fenomenal” (Leopoldo Lugones, Elogio de Ameghino).
NOTA
1. Extraído de la reseña sobre El uso de los cuerpos. Giorgio Agamben
www.lanacion.com.ar/2051886-resena-el-uso-de-los-cuerpos-de-giorgio-agamben
VIVIANA SAAVEDRA
