Incertidumbre. En el mundo en general, y en Brasil en particular, esta ha sido una sensación subyacente en la vida cotidiana de los días actuales. Aunque cuenten los avances de la medicina y de la tecnología, y de las diversas áreas del conocimiento científico y humanístico, atravesamos un momento en que los productores de todos esos hechos –nosotros, la humanidad– somos los más eficientes verdugos de nuestros semejantes. Ataques terroristas que se esparcen por todo el planeta, surgimiento de grupos xenófobos y fundamentalistas, y el uso destructivo de los recursos naturales, son algunas de nuestras perversas creaciones en la escena global. En Brasil, en particular, se vino abajo el falso velo de la estabilidad política y económica, y la aparente tolerancia a la apertura de nuestra cultura, atributos que exhibíamos ante otros países y para nosotros mismos. Frente al espejo, asistimos a la revelación de lo más podrido de nuestro sistema de gobierno, alimentado a su vez por una sociedad más preocupada por atacar a quienes se sitúan al lado opuesto de las ideologías, y no por erigir un futuro sustentable que pueda servir para todos. Equilibrados precariamente en una cuerda floja, el mañana es una incógnita.

Corte para el mundo del arte. No es usual que Laura Vinci declare, a priori, motivaciones políticas o antropológicas como el motor creativo de sus obras. Su poética siempre se apoyó en la cualidad intrínseca de los materiales que adopta. Desde sus intervenciones en la arquitectura, como en el proyecto Arte/Ciudad (1997), sus instalaciones acostumbran exaltar el potencial escultórico de los materiales a partir de su disposición en el espacio, sin que sea preciso interferir mucho en la composición o en sus formas. Aun así, dado el estado actual de las cosas, es casi imposible no hacer una analogía entre su instalación Morro-Mundo, en la filial carioca de la galería Nara Roesler, y el escenario del Brasil de nuestros días. Su site-specific está compuesto por tubos de vidrio que sueltan un humo blanco a medida que los sensores de presencia detectan la aproximación de los visitantes. También integran la muestra otros objetos, como una balanza, una brújula y un globo terrestre, además de algunos grabados, en donde la figura principal es una X, como en los mapas del tesoro. Hay una elegante escogencia de los materiales seleccionados: vidrio, latón pulido, granate. La artista siempre se destacó por usar pocos elementos, creando composiciones económicas en términos de colores y texturas, con preferencia hacia el empleo de materiales en sus colores naturales, sin cobertura de otro color, recurriendo, como mucho, a un pulimento.
La experiencia ofrecida al espectador en el espacio expositivo ocurre en tres tiempos: primero, todo está a la vista, el confort de lo conocido. Una estructura de tubos de vidrio transparente no esconde nada. Aquí y allí pequeños objetos que aluden a las funciones de orientación o comprobación, como brújula, balanza, globo y ampolleta, también transparentes, se pueden ver apoyados en puntales. Están también hechos en vidrio, como los tubos de la estructura principal, pero con detalles en latón, cuyo brillo dorado será importante más tarde. Simbólicamente, pequeños fragmentos de granate (piedra que en diversas creencias tiene el poder de suavizar las crisis, favorecer el éxito de acciones y motivar transformaciones necesarias) están insertos en los instrumentos de orientación. En un segundo momento, al detectar la presencia de personas, una niebla blanca comienza a llenar los tubos y es posible acompañar su trayecto a medida que recorre la estructura. Finalmente, la materia gaseosa escapa por las extremidades de los tubos y comienza a regarse por la sala, envolviendo a los visitantes, los pequeños accesorios, y, al fin, el ambiente resulta ocupado por esta neblina blanca. Todo queda prácticamente invisible y ya no se tiene mucha certeza de en dónde se está y a dónde se puede ir; la desorientación se impone. El brillo dorado del latón de los instrumentos de navegación ofrece la única posibilidad de indicar el rumbo. La alternancia entre orientación e incertidumbre proporcionada por la instalación hace un paralelo contundente con la forma como se ha mostrado el mundo fuera de las paredes de la galería. Habría que considerar que sería un gran privilegio si la desorientación de la realidad fuera tan elegante como lo es en Morro Mundo.
Complementando la exposición, están previstos dos “diálogos”: en uno de ellos el poeta y editor Carlitos Acevedo propone una interacción con el espacio creado por la artista; en otro, la idea es presentar un experimento de acción en vivo, llamado Máquinas del Mundo. Desarrollado por Laura Vinci en conjunto con el núcleo de arte de la Mundana Compañía de Teatro, el trabajo se despliega a partir del texto El delirio de Brás Cubas, de Machado de Assis.
Como resulta usual en las creaciones de esta artista paulista, la presencia del público es fundamental para activar la obra, que también integra el elemento tiempo, ofreciendo, además de la mera contemplación, la invitación a una vivencia. Como propone el maestro catalán Antoni Muntadas: “la percepción requiere participación”. La individual de Laura Vinci hace exactamente esto.
SYLVIA WERNECK
