El Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (MAM) presenta la exposición Flujo bruto del artista carioca José Bechara. La muestra fue organizada con la curaduría de Beate Reifenscheid –directora del Museo Ludwig, de Coblenza, Alemania–, Fernando Cocchiarale y Fernanda Lopes, y cuenta con el apoyo del Consulado General de la República Federal de Alemania en Río de Janeiro, del Goethe-Institut del Pestana Rio Atlántica y de la Galería Marilia Razuk.
La exposición reúne trabajos de gran escala, tridimensionales, en aluminio, mármol, madera y vidrios planos, además de pinturas. José Bechara (1957, Río de Janeiro) celebra sus 60 años con la apertura de esta exposición, que marca una trayectoria artística iniciada en 1992, que lo ha llevado a un lugar merecidamente destacado en la escena artística brasilera.

El artista comenzó su carrera como pintor, utilizando un lenguaje comprometido con la estética concreta, que se mantiene hasta hoy. Poco a poco, las formas geométricas ganaron espacio en las composiciones tridimensionales del artista.
La intención de Bechara en Flujo bruto fue realizar una reflexión sobre sus propios procesos creativos, en constante alteración. En estado bruto, los trabajos son el resultado de un movimiento en el curso de la producción, que debe concluirse en la siguiente obra, según el autor.
Exceptuando las pinturas, todos los demás trabajos fueron elaborados y construidos en el espacio expositivo durante los días de montaje, a partir de escogencias ante las relaciones espaciales y la propia interacción entre las obras, y, en esa elaboración, una obra lleva a la concepción de la otra. Se genera una percepción de sentidos totalmente establecida entre la intención del artista y el espacio ofrecido.
A partir de un proceso en el que la elaboración de las obras se hace mediante tentativas y experimentos, en donde lo importante es sentir y vivenciar físicamente el espacio, la producción se va ordenando. Ese proceso se construye por la armonía de los volúmenes, que se imponen contra la gravedad. Son muy pesados y se colocan en estado de suspensión. Esa experiencia, para el artista, es misteriosa y aflictiva. Durante el ejercicio de su propuesta, él “congela el tiempo y el espacio, hasta que la naturaleza de su construcción ‘explote’ y se congele en el aire”. El trabajo que acabó de realizarse llama otro por venir, o sea, la obra finalizada abre grietas para la próxima, en una especie de eterno retorno.
En la gran pared blanca del Salón Monumental, con treinta metros de longitud, se presentan tres diferentes trabajos con vidrios planos, obras que integran su investigación más reciente.
Las piezas de vidrio se insertan en el espacio sacando provecho de la tercera dimensión, al tiempo en que se anula, por la invisibilidad de la materia: la transparencia elimina cualquier barrera entre el espectador y el contexto espacial y hasta aparta la percepción de la espacialidad que se ofreció al artista para la creación de sus obras. Es justamente esa dualidad la que incentivó al artista, pues es como el percibe al ser humano; un ser que construye cosas bellas como la poesía, pero también es capaz de interactuar en el mundo con mucho salvajismo.
Tales contradicciones, aparentemente, provocan interrogantes por la estrategia con la que Bechara combina las placas de vidrio, como con una reja roja, por ejemplo, un contraste sutil, denotado por la transparencia y la violencia inserta en el color escandaloso. Esas relaciones se explicitan, tanto por la transparencia del vidrio como por el uso del metal vaciado, lo que provoca una inherencia entre espacio y tiempo, o la reflexión sobre las relaciones entre la tercera y la cuarta dimensiones: lo concreto y lo efímero. Bechara nos lleva a un mundo en que el tiempo y el espacio quedan suspendidos, pues lo que emerge es la esencia, el alma que fluctúa en el ambiente en el que se materializan las instalaciones.
Sus obras levitadas parecen desafiar la gravedad.
Para esa individual se destacaron obras de su producción reciente, el díptico Visto de frente e Infinito (2010), perteneciente a la colección Dulce y João Carlos Figueiredo Ferraz, y dos pinturas (1995) de la colección de Gilberto Chateaubriand, además de una nueva versión de la instalación Miss Lu super-super, que fue ampliada para ocupar el espacio central del Salón Monumental. También integran el conjunto de obras expuestas dos telas inéditas y las instalaciones de gran dimensión Ângelas, formadas por tres esferas macizas de mármol –la mayor, con 1,8 toneladas– y las grandes placas de vidrio suspendidas, con elementos sustentados por cabos de acero.
HÉLCIO MAGALHÃES
