Exposición Individualdic 2017 - feb 2018· Por Ayelén Vázquez

Elba Bairon

Pasaje 17

Entre las angostas y transitadas calles del Barrio de Congreso una amplia vidriera invita al transeúnte casual pero atento a detener la mirada en las inmaculadas formas de Elba Bairon. Para celebrar sus diez años de aniversario, la galería de arte Pasaje 17 realizó una muestra individual que fue acompañada de la publicación del primer libro de esta artista, que contó con un texto de la reconocida investigadora Andrea Giunta.

Exposición Individual: Elba Bairon — imagen 1
Elba Bairon. Sin título, 2017. Pasta de papel. Dimensiones variables. Cortesía Pasaje 17.

Elba Bairon nació en Bolivia en 1947 pero partió joven de allí y desde 1967 se radicó en Buenos Aires, donde reside y trabaja. Se formó en el grabado, pero desde la década del noventa desarrolla instalaciones y esculturas; en 2012 obtuvo el Gran Premio Adquisición del Salón Nacional de Artes Plásticas en la disciplina Instalación y nuevos soportes.

La muestra en Pasaje 17 estuvo conformada por ocho obras, distribuidas en dos mesas, y una figura femenina de gran tamaño, junto a un cisne que se propuso como introducción al mundo de esta artista; un mundo de pocos objetos que explora el extrañamiento de las formas. Transitando de lo figurativo o narrativo hacia la abstracción, Bairon construye una percepción alterada, que pone en diálogo con una Leda con su cisne y un pájaro de dimensiones exacerbadas, junto con formas geométricas o de aspecto indefinido e inquietante con cierto carácter espectral, por tener reminiscencias de alguna forma que ya no son.

Otro aspecto central en la muestra de Bairon, y que acentúa el carácter particular de su producción, es el color blanco como homogeneizador de las formas, que se complementa y deja lugar al destaque de la textura lisas, suaves y brillantes creadas por esta artista. Este aspecto es logrado por un dedicado, detenido y paciente trabajo sobre el espacio. Bairon construye una superficie visualmente semejante al mármol, pero sus obras llevan impregnado un trabajo distinto con la materia; a diferencia de Miguel Ángel, que sustraía el material del bloque para que emergiera la forma, aquí Bairon trabaja como una artesana paciente que construye sus formas en arcilla, luego son vaciadas en yeso y recubiertas con capas superpuestas de pasta de papel, y, por último, pulidas con paciencia hasta alcanzar el punto exacto: la curva, la redondez del volumen que permita la más alta reverberación de la luz.

De esta manera, prevalecen las suaves curvas sin crestas y establecen un contraste con las líneas rectas de la mesa pintada de blanco que sostiene las piezas. Al igual que se confronta la suavidad de la figura femenina con la áspera base de ladrillos que la elevan, y que también son blancos, produce la exacerbación del contraste de texturas. Las estructuras donde Bairon coloca sus piezas salen de la tradicional base y se vuelven un elemento visual que introduce nuevos significantes en sus obras, como en su instalación expuesta en 2008 en la Galería Braga Menéndez, donde utilizó estanterías de hierro. La forma en que sus piezas ocupan el espacio –cómo se sitúan, a qué altura, cómo se vinculan con las demás obras y cuáles son los espacios de silencio que posee el espectador en su contemplación– es parte de los elementos considerados al colocar la obra en el espacio.

Hoy, en tiempos de statements, memorias conceptuales y largos discursos de artistas, Bairon recorre la incertidumbre del silencio. Sus esculturas no llevan título. Al término de esta exposición, inauguró en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires la instalación de mayor escala que ha realizado y que fue creada especialmente para la institución, bajo la denominación Sin título. Como Giunta registra en su ensayo, Bairon prefiere no hablar sobre sus obras, piensa que el tiempo dedicado a ellas, en la intimidad del taller, es suficiente y que ya ha dado todo. En este espacio abierto y de incertidumbre generado por su obra aparece nuevamente la noción de lo espectral. Hay algo inquietante en el brillo, en la redondez de las formas, pero que a la vez se mezcla con algo fantasmal, con imágenes ligadas a muñecos de la infancia o de otra época como los antiguos Lladró de porcelana. Sin embargo, todo aquello levemente familiar es cubierto por un manto de blancura tan espeso que pule la imagen hacia la abstracción.

AYELÉN VÁZQUEZ

Elba Bairon, por Ayelén Vázquez | artnexus