Nadie mejor para retratar un acontecimiento cinematográfico que la fotofija. Dentro del set de grabación puede dirigir su cámara hacia dentro de la escena y también hacia afuera; es un mediador entre los límites de la ficción y la realidad. Cuando se produce una película también se abre un portal que conecta dimensiones alternativas y que curva el tiempo. Es el momento en que las personas se tornan personajes y, según el plan de rodaje, el tiempo se desdobla en el metraje, que luego será cortado y montado. En medio de esta dinámica, la fotofija observa cómo todas las personas atraviesan el portal, cómo su roles van y vienen, siendo esta la oportunidad perfecta para capturar el preciso instante en que se sincronizan dichas dimensiones. No hay realidad ni ficción en los retratos de fotofija; solo documentos intermediarios potencialmente iconográficos.

El carácter intermedio de la fotofija –vale la pena anotar que no se trata de un fotograma congelado de la película ni del simple registro con fines de “informe”– provoca esa sensación extraña que se experimenta cuando se observan en el mismo cuadro los personajes del filme con su director, cuando los miembros del rodaje salen en contraplano revelando el complejo dispositivo de ilusión que se necesita para crear una atmósfera, cuando los productores irrumpen en la escenografía para dar instrucciones o cuando simplemente el equipo de trabajo se reúne a tomar unas cervezas. En todos estos casos el documento va y viene entre dimensiones, entre atmósferas. Así mismo, mientras más paradigmática sea la película, más impactantes son sus imágenes entre bambalinas.
Eduardo Carvajal es fotógrafo. Desde 1972 ha sido fotofija en rodajes de películas como Angelita y Miguel Ángel (película inacabada dirigida por Caicedo y Mayolo, 1972), Agarrando pueblo (Ospina y Mayolo, 1977), Pura sangre (Ospina, 1982), Carne de tu carne (Mayolo, 1983), La mansión de Araucaima (Mayolo, 1986), La vendedora de rosas (Gaviria, 1996), La virgen de los Sicarios (Schroeder, 1999), Todo comenzó por el fin (Ospina, 2015), entre muchas otras. Las fotografías que le tomó a Luis Alfonso Londoño son ya patrimonio iconográfico del cine nacional. Gracias a ellas podemos recordar con cariño a este zapatero y actor natural de Agarrando pueblo, quien, según dice el propio Luis Ospina, inspiró la película, cuando en 1971 les gritó: “¡Con que agarrando pueblo, no!”, mientras filmaban Oiga, vea.
En esta oportunidad, Carvajal expone en el Museo Rayo las fotografías que le tomó a Andrés Caicedo, una serie de extraordinarios retratos que muestran al joven escritor en diversas facetas de su vida, tanto en escena como en la calle, y que poseen toda la fortaleza del género, es decir, la capacidad de mostrar en esencia un personaje, de enfocar sus características más enigmáticas sin la necesidad de priorizar valores técnicos, ya que no se trata de aspectos tales como la nitidez, el foco selectivo o el grano exagerado, sino más bien de aludir a las anécdotas que dan origen a la imagen; este ruido, por decirlo de algún modo, hace que estas fotos sean pertinentes, únicas y, quizá lo más importante, espontáneas.
En la calle consigue que Caicedo juegue ante la cámara, tal vez intentando sacar algo del tímido escritor que termina por seguir la seducción de la lente y posa, se personifica, es decir, se asume como personaje de ese pequeño encuentro. Carvajal está cerca de sus amigos, es amigo de los realizadores de cine y de los escritores, vive con la cámara a cuestas; tal vez nunca le interesó realmente si sus amigos estaban trabajando o estaban dentro de un papel, o en un rol específico, o si simplemente eran ellos, y ya. Probablemente para Carvajal no haya diferencia, y quizá su gramática sea la de la imagen posible, la del tiempo que se puede materializar con luz. Es interesante pensar que en la fotografía el momento exacto no es suficiente, sino que son necesarias también cierta anticipación y cierta participación. Carvajal, además de “estar ahí”, estuvo dispuesto a guardar ese “presente” logrando unos documentos que parecen escapar a las intenciones ambiciosas de monumentalizar. Miguel González, curador de la exposición, asegura que estas fotos de Caicedo son las más célebres y las que más se han publicado en libros, artículos y revistas, y añade que gracias a ellas el joven escritor siempre será joven.
La muestra contiene también una serie de fotos tomadas durante el rodaje de Angelita y Miguel Ángel, que por su parte no son imágenes tan conocidas de Caicedo y que provocan un efecto singular, ya que Caicedo tiene el pelo corto porque actúa de policía, un personaje cómico con el que homenajea a Jerry Lewis, uno de los héroes del joven cinéfilo. De esta manera, lo vemos subido en un árbol durante una escena en la que baja un mango a Miguel Ángel, y, con el mismo disfraz, lo vemos en otra imagen despertando al protagonista un día que a este lo cogió la tarde para llamar a Angelita. Carlos Mayolo, quien dirigía el filme junto a él, recordaría en una entrevista cómo a este lo sorprendía la sombra de su propio cuello.
Los retratos de Caicedo se exponen en el Museo Rayo, esta vez como parte de la conmemoración de los cuarenta años de su muerte, unánime homenaje que tanto instituciones como sus amigos y lectores hacen para señalar la importancia de su escritura y de su incidencia en la literatura, un efímero paso que tuvo una fuerza particular.
BREYNER HUERTAS
