A los pies del espectador, unas gotas mercúricas de agua aparecen como por arte de magia y conforman frágilmente unas letras que, a su vez, construyen un nombre. La aparición se repite con cientos de diferentes nombres, siguiendo una lógica en damero, convirtiendo la superficie del Palacio de Cristal en un palimpsesto líquido. “Un lugar bello”, según dice la artista, Doris Salcedo, “para dar una dignidad que nunca tuvieron en vida”. Se refiere a los dueños de esos nombres que se escriben en el suelo arenoso del palacio; refugiados que se ahogaron intentando cruzar el Mediterráneo. Ese lugar bello es un edificio construido para mostrar a aborígenes filipinos a finales del siglo XIX como un zoológico humano, y está ubicado en España, uno de los países de destino de aquellos que dejan su vida en el mar con la esperanza de huir de la miseria en África.

Salcedo continúa modelando sus acciones de duelo por aquellos que no tienen nombre. En esta ocasión, con una propuesta cuya simpleza contrasta con la complejidad del operativo (invisible), que sintoniza metafóricamente con la simplicidad con la que recibimos las noticias de las muertes de quienes han sufrido lo indecible por tierra y por mar. Erige un, como lo denomina, “contra-monumento”, ya que lo que honra nada tiene que ver con vientos nacionales, ni con mentalidades identitarias. Es un memorial de lo in-memorioso, un recuerdo efímero, vibrante, como son las líneas de agua que reflejan la luz que entra por la bóveda acristalada del palacio. En la trayectoria de la artista hay una trazabilidad muy clara referente al trabajo de una obra sutil y poética que siempre se presenta adherida a otro espacio, ya sea suelo o pared, como un apósito que se inserta a otro cuerpo, como una huella indeleble, ausencia que se siente. Podemos vincular este Palimpsesto con su anterior trabajo, Sumando ausencias (2016), homenaje colectivo en el que un grupo de personas escribieron sobre una tela blanca, con ceniza, el nombre de un porcentaje ínfimo (el 7%) de las víctimas del conflicto armado en Colombia, tras el fracaso del referéndum que pretendía obtener una victoria a favor del acuerdo de paz entre el Gobierno y las FARC. El día inaugural de Palimpsesto, por cierto, dicho conflicto –que aún continúa– sumaba más ausencias a la innombrable nómina. La diferencia temporal (el trabajo colombiano le llevó cinco días, mientras que el español le llevó cinco años de ardua labor con un equipo de expertos e ingenieros) se acota por la similitud espacial. Más allá de que, en nuestra mente, las muertes inocentes ocupen un abismo común.
Quizás la lírica sea una buena opción para interpretar este trabajo no permanente, contagiado por la voluntad de Salcedo, y seguramente esa sea la herramienta que le permita también al espectador codificar las apariciones de aquellos desaparecidos, de hacer visibles a los invisibles para que después regresen a lo virtual, a la memoria de quien pisa. El arte es capaz de ello, como en música, por ejemplo, con la canción The Last Refugee (2017) de Roger Waters, o en cine, con la película Fuocoammare (2016) de Gianfranco Rosi, ambas en el extremo contrario al oportunismo de Ai Weiwei y la imposición de su cuerpo sobre el cuerpo del que no está. El arte es capaz de ello. No de rescatar a quienes se ahogan, pero sí de rescatar del anonimato la tragedia. El único sabor amargo, a sal marina, que deja Palimpsesto y nos devuelve al mundo de lo real, no el de los símbolos, sino el de las cifras, es una pregunta al aire: cómo podemos interpretar la inversión presupuestaria en un museo de titularidad pública de una obra que homenajea a los refugiados muertos en el Mediterráneo, mientras la partida económica que destina el mismo país, España, a atender a los refugiados, o, no digamos ya, a paliar las condiciones de vida en sus países natales se evapora como una lágrima en los archivos del sótano.
JUAN JOSÉ SANTOS
Crítico de arte y curador. Profesor de la Universidad Diego Portales y UNIACC.

