En un viaje reciente a Guatemala, tuve el placer de ver la exposición del artista guatemalteco Antonio Pichillá, en Galería Extra, inaugurada hace poco. El espacio de tamaño modesto hace coro a otras galerías de la ciudad de Guatemala dedicadas al arte contemporáneo, tales como Proyectos Ultravioleta, The 9.99 y Sol del Río. El deseo de compartir con el público la producción de artistas vivos –así como cualquier iniciativa semejante en territorio latinoamericano– es ciertamente bienvenido.

Pichillá tiene un recorrido de más de una década y desarrolla una investigación que se relaciona tanto con tradiciones occidentales de lo que llamamos “abstracción” como con tradiciones textiles venidas de su origen familiar maya. Habiendo recibido recientemente el premio Juannio (2017) –importante reconocimiento para artistas guatemaltecos– y participado en tres ediciones de la Bienal de Arte Paiz (2002, 2010 y 2014), su trabajo tiende a ser cada vez más apreciado, debido a su creciente institucionalización. Una exposición individual, por lo tanto, se configura como una buena oportunidad para mostrar su investigación de manera pensada, siendo, al mismo tiempo, un buen desafío.
Visto el carácter comercial de la galería, es comprensible que el artista haya optado por mostrar obras que eran más objetuales que instalaciones, como algunos de sus trabajos anteriores. Llamada Abuelos, la exposición, según el texto de Alexia Tala, tomaba su nombre de la relación de los materiales utilizados con lo ancestral. Al caminar por el espacio quedaba clara su inteligencia formal; las obras no excedían los límites de un cuerpo humano mediano y dejaban clara la experiencia de Pichillá en la exploración de dibujos geométricos llenos de sutilezas.
Algunas piezas, como las tituladas Abuelas, Aire, Fuego, Agua y Espantapájaro, estaban integralmente realizadas con hilos. Algunas de ellas traían hilos más leves y apelaban a una aprehensión del color en estado más puro, mientras que otras exhibían torsiones en las piezas que daban un contraste de textura y despertaban los sentidos del espectador. Interesante notar cómo la aparente sencillez de esas formas estaba acompañada de títulos que aportaban un campo semántico más fenomenológico y relacionado con elementos de la naturaleza. Todo aquello que se torna esencial a la experiencia humana –la familia, el aire, el fuego, el agua y la agricultura, indicada con la mención del espantapájaros– se concentra en un espacio positivo de manera igualmente abstracta, formal y silenciosa. Es posible –parece querer decir Pichillá– reunir tradiciones tan antagónicas en una serie de imágenes.
Importa resaltar que el uso de los hilos no es sinónimo de lo textil; o sea, era posible aprender con la exposición que se trata de técnicas, poéticas y resultados formales muy diversos. Esa diferencia de la exploración de los materiales hacía que las piezas efectivamente hechas con textiles por Pichillá se tornaran aún más interesantes, debido al contraste con las piezas con hilos. Abuelo y Rojo eran buenos ejemplos del ritmo y repetición constantes en las tapicerías geométricas del artista, ciertamente otra línea de investigación, cuando se compara con los campos mayores de color y las grandes formas vistas en los hilos.
También había piezas hechas a partir del contraste entre madera, hilos y textiles. Las piezas de madera no tenían nada de precario o de apropiación rápida: pequeñas esculturas, sus estructuras, y posibilidades de explorar tanto al acto de amarrar hilos como el de sustentar piezas textiles, recordaban algo de la anatomía humana y ponían la investigación de Pichillá en un lugar más inusitado y menos dependiente de la perspectiva habitual de la pintura colocada sobre el muro. Parecería ser que es en esos momentos –en esas extrañezas entre lenguajes, y en una experimentación más física del uso de esos materiales en el espacio expositivo– cuando el trabajo del artista se muestra más potente.
Un excelente ejemplo comparativo podemos realizar entre esos trabajos y una pieza sin título en la que el artista utiliza una réplica del orinal de Marcel Duchamp y la rellena de hilos. Especie de punto fuera de la curva en el conjunto de la exposición, se trata de la apropiación de aquello que ya ha sido apropiado, o sea, Pichillá toma para sí una obra clásica del arte vanguardista europeo y la “antropofagiza” de manera tropical. Allí hay un sentido de humor peculiar, pero es ese momento de la cita y el embate explícitos entre modus operandi –grosso modo, entre el paradigma del arte contemporáneo occidental y la tradición vernácula del trabajo artesanal– cuando su investigación pierde algo de su creatividad y parece querer mostrar al público que sabe de qué lugar habla una exposición individual en una galería comercial.
Ciertamente, no se trata de una obra que comprometa el total de su fuerte exposición, pero nos lleva a concluir que experimentar sin pagar peajes –especialmente con ese ready-made y lo que representa en su fatídico centésimo aniversario– es la postura más valiente para los artistas jóvenes no solo de América Latina, sino de cualquier área vista como no hegemónica por las expectativas occidentales respecto a las artes visuales. Y Antonio Pichillá deja bien claro con esa pequeña exposición que no le falta coraje y que su nombre será cada vez más merecedor de atención.
RAPHAEL FONSECA
