La exposición de Antonio Manuel en la galería Cássia Bomeny, en Río de Janeiro, puede ser vista –inevitablemente– como una celebración: tanto de su aniversario de 70 años como de sus cerca de cincuenta años de recorrido como artista visual. Son indiscutibles tanto su lugar único en la historia del arte contemporáneo en Brasil como su carácter experimental desde mediados de los años 60. Al estudiar la generación de artistas activos durante la dictadura militar en el país es esencial mirar sus pinturas que dialogan con la diagramación de periódicos, como también su apropiación de flans de impresión. Su obra más célebre, El cuerpo es la obra (1970), acontecimiento efímero durante el cual entró desnudo al Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro, tampoco puede ser olvidada.

Como pasa con otros artistas de su generación –Carlos Vergara, Ana Maria Maiolino, Regina Vater y Antonio Dias– después del conturbado período político brasilero que dominó las décadas de 1960 y 1970 y el inicio de los 80, su trabajo recorrió otros caminos, lenguajes y experimentaciones. Una vez que se apacigua la necesaria oposición a los militares en la década de 1980, Antonio Manuel parece más interesado en los campos de la instalación y de la pintura, creando imágenes y posibilitando experiencias físicas que se encaminan hacia asuntos formales ya visibles en sus obras más juveniles. Esos mismos elementos se hacen presentes en las obras reunidas en la galería, y que, en su mayoría, eran inéditas para el público.
Se trata de dieciocho pinturas producidas casi todas durante los últimos cuatro años. La única excepción es una pieza relativa a la serie Ocupaciones/Descubrimientos, realizada inicialmente en el MAC-Niterói, en 1998, e instalada en una versión nueva en el 2015, en el Pabellón de Brasil de la Bienal de Venecia. Ahí hay dos elementos que parecen esenciales a la investigación del artista y que están muy presentes en las pinturas reunidas en la galería: la vibración del color y la relación entre figura y fondo, dentro y fuera, lleno y vacío, proporcionados por el hueco hecho por el artista con martillazos sobre la estructura de ladrillo y cemento de su escultura.
Las escalas de sus telas varían entre un tamaño grande, pero no gigante (con más de dos metros de extensión), y el tamaño pequeño, pero no minúsculo (con cerca de cincuenta centímetros). El acrílico domina sus composiciones y tiende a verse contrastado con el collage de tejidos y papel, subrayando la importante relación entre diversos materiales y capas de imágenes comunes a su investigación. Se encuentra fuera de las imágenes cualquier mensaje político o panfletario; con títulos como Rectas y brillo, Campo gráfico, Círculo derramado y Rojo y blanco. Se trata de obras que, en su mayoría, pueden verse como ejercicios formales y maneras de continuar experimentando silenciosamente, pero inquietas en cuanto a la composición de la imagen.
Es interesante destacar, por ejemplo, una obra como Rojo y blanco, en la que el acto de perforar la tela –y toda la historia modernista a la que ese acto se remonta– está recodificado por Antonio Manuel y aparece como una cita de su propia instalación aquí comentada. Aunque en mediana escala y en la pared, queda clara la relación entre sus imágenes y la invitación a la exploración física por parte del espectador. Los experimentos con texturas tan diferentes como el papel corrugado y el yute refuerzan ese carácter físico, y nos traen de nuevo a su postura única en las artes visuales en Brasil.
Después de recorrer la exposición e, inevitablemente, mirar esas imágenes en perspectiva panorámica con la larga carrera de Antonio Manuel, es curioso constatar esas permanencias y esos cambios en su producción. Ciertamente, se configuraría como un interesante proyecto de estudio investigar sobre la producción de los artistas de su generación posterior a la era militar en Brasil y ver cómo especialmente la pintura y la abstracción se convirtieron en líneas de la investigación de muchos de ellos. Se podrían proponer nuevos diálogos y proyectos desde esa base, así como otra mirada sobre el arte brasilero posterior a la década de 1980.
RAPHAEL FONSECA
