Exposición Individualjun 2017 - ago 2017· Por Amalina Bomnin

Saidel Brito

DPM Gallery

La muestra Curul de Saidel Brito (Matanzas, Cuba, 1973) tiene el don de inquietar, aunque no se conozca a cabalidad el origen de las imágenes con que trafica. El espectador que mejor puede interactuar con estas es el que ha vivido la historia de Ecuador durante los últimos treinta y cinco años, periodo que corresponde al proceso de la democracia; aunque al autor le interesa que sus posibilidades interactivas se contrastan con las generaciones más jóvenes, para que el discurso no se agote en lo local.

Exposición Individual: Saidel Brito — imagen 1
Saidel Brito. Las Alamedas del Porvenir, 2016. Acrílico sobre tela. 122 x 150 cm (48 1/32 x 59 1/16 pulgadas). Cortesía: DPM Gallery.

No es fortuito que dentro de las dieciocho obras expuestas en la galería DPM, la única resuelta desde la instalación sea una de las que da título a la muestra. Esta tipología de silla de origen etrusco que utilizaron los ediles desde tiempos de la monarquía romana, como símbolo del poder real, aún tiene vigencia en Latinoamérica. Es también la banca que ocupan los senadores o diputados en el Congreso o Poder Legislativo. Aquí, es la obra que ejerce el poder centrífugo del discurso. Brito ha llevado a cabo una investigación en los ejemplares del diario El Universo, para asomarse a la historia de la democracia en Ecuador desde 1979 a través de la caricatura. Que la curul esté representada desde una nomenclatura estética asociada a la desmaterialización evidencia las reglas del juego que ocupan al autor. Además, emplazado sobre una plataforma de color rojo, parece aludir a la connotación socialista del proceso en tierras ecuatorianas. La instalación refiere los ámbitos movedizos de la creación, su posibilidad de experimentación, de calcinación del objeto-arte. En cambio, las caricaturas, resueltas sobre tela y papel, bidimensionalmente, acontecen desde y hacia lo programático, la tradición, las trampas de la óptica.

Las caricaturas preferidas por Brito han sido las de Luis Peñaherrera Bermeo, quien firmaba como Robin en su columna del diario, y es conocido por ser el dibujante de las caricaturas de Juan Pueblo, personaje ícono de la identidad guayaquileña; y las de Xavier Bonilla, a quien conocemos como Bonil, y ha tenido una aguda mirada acerca del proceso democrático ecuatoriano en sus últimos diez años. Los trabajos de ambos le han servido para desencadenar un conjunto de imágenes altamente icónicas e imberbes al mismo tiempo, que ponen en solfa la credibilidad de las plataformas donde fueron usadas, los procesos que las desencadenaron, los actores políticos, los “encuadres” económicos, electorales y culturales. La grisura de las telas connota todos los subterfugios posibles dentro del régimen democrático, y su cariz irónico (porque son apropiadas justamente de los segmentos de entretenimiento de la mencionada publicación) descubre la desnudez de transparencia en estos saturados contextos. ¿Qué relación guardan entonces estas revisiones históricas con los derroteros que marcan el arte de Saidel, preocupado por el destino crítico de la creación? En opinión del autor, el arte ecuatoriano durante la última década ha optado por plegarse a la institucionalidad y ha eludido su arista crítica, variante que demerita los procesos culturales, a la vez que evita la confrontación con la censura. Se ha optado en muchos casos por apostar a los fondos concursables que otorga el Ministerio de Cultura, lo cual coarta el sentido legítimo de la creación.

Para activar la lectura más allá de lo visual, el autor ha establecido conexiones con la literatura, la historia y el pensamiento universal, colocando a sus piezas títulos de imágenes literarias de autores como Reinaldo Arenas, José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Carlos Monsiváis, o del último discurso de Salvador Allende en 1973. Así, por ejemplo, en Las alamedas del porvenir, título construido a partir de citar al último discurso de Allende en 1973, se potencia una lectura relacionada con la censura y el poder, que adquiere unas connotaciones inusitadas en el marco temporal en que ha sido exhibida; pues, justo, la exposición se inauguró antes del periodo electoral en Ecuador. Las disputas que se han dado desde los orígenes de la cultura occidental –hacia donde apunta el discurso luego de apropiarse de la curul como epítome de las tensas relaciones entre democracia y totalitarismo desde tiempos de griegos y romanos– se constituyen en la tesis ideológica y estética que moviliza ideas, más allá del contexto local, para entablar diálogos con el destino del hombre en las actuales condiciones de incertidumbre política.

Los textos extraídos de los globos o bocadillos de las caricaturas que han sido objeto de investigación, los tweets intercambiados durante el proceso de elaboración de ciertas obras, son algunos de los medios utilizados para armar los densos “colchones” de contenido en las piezas. Tales densidades probablemente provoquen extrañamiento, al mismo tiempo que inducen a investigar; suenan evocadores al mostrar la cadencia poética que anuncian los títulos. Atruena la razón en marcha, una de las piezas más agudas, se antoja abrumadora al mostrar la posibilidad de la democracia en la manifestación pública, en la plaza, como parte de la construcción de la necesaria sociedad civil, tal como se refería a ella el propio Monsiváis.

Curul entraña un análisis de la democracia como modelo de gobierno aún en construcción, y los desafíos que acarrea su costado menos prometedor, cuando nuestras propias decisiones podrían incidir en su variante totalitarista. La posibilidad de deconstruir ese destino desde la mirada suspicaz de la investigación, la recuperación de la memoria histórica (archivos), el humor y la creación, podrían ser un posible camino hacia la emancipación humana evitando los lugares comunes.

AMALINA BOMNIN

Saidel Brito, por Amalina Bomnin | artnexus