Exposición Individualjun 2017 - ago 2017· Por Victoria Verlichak

Rómulo Macció

Vasari

El notable Rómulo Macció falleció a comienzos de 2016. Poco antes de cumplirse el primer aniversario de su partida, la galería Vasari desplegó Pinturas 2015, cinco obras de gran tamaño que el artista realizó durante el último año de su vida. Macció acababa de aterrizar en Buenos Aires, desde la plácida y bella ciudad balnearia de Punta del Este (Uruguay), cuando se desplomó durante el viaje en taxi que lo llevaba del aeropuerto a su casa; no volvió a recuperarse. Así se fue, silenciosamente, este artista, quien durante casi sesenta años fuera una presencia relevante en la escena del arte contemporáneo local y que, durante sus días y con sus trabajos, logró hacer mucho y perdurable ruido.

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Rómulo Macció. Sin título, 2015. Óleo sobre tela. 215 x 215 cm (84 41/64 x 84 41/64 pulgadas). Cortesía: Galería Vasari.

Artista autodidacta, nacido en Buenos Aires en 1931, Macció estuvo ligado desde muy joven a la publicidad y a la escenografía teatral. Comenzó a exhibir individualmente en 1956 –en galería Galatea– pinturas relacionadas con la abstracción, pobladas por manchas, formas y signos, antes que por pulcras geometrías. Luego, tras un breve paso por el surrealismo, informalismo, realza la figura humana con remozada gestualidad. Por esa vía, y atravesado por el expresionismo abstracto, Macció fue uno de los creadores del movimiento Nueva Figuración, junto con Ernesto Deira (1928-1986), Jorge de la Vega (1930-1971) y Luis Felipe Noé (1931).

Este revelador movimiento de ruptura se desarrolló a partir de 1961 y durante los primeros años de esa década, un período marcado por cambios políticos, sociales y económicos en todo el mundo. En una profunda búsqueda de autonomía creadora, con una pintura entre atormentada y mordaz, el grupo se rebeló contra los prejuicios y abrió las puertas a una pintura más libre, traspasando el antagonismo entre figuración y abstracción. La Nueva Figuración fue una de las vanguardias más significativas de la pintura en Argentina, pero cada uno de sus integrantes también desarrolló un camino propio.

A través de su extensa trayectoria, Macció conservó esa libertad porque, como él mismo dijo, “en pintura, la pintura es lo más importante”. Tras la disolución del grupo en 1965, Macció viajó a Europa, iniciando una serie de estadías de trabajo, y de años, en París, Londres, Medinaceli (apacible pequeña ciudad en la meseta castellana), Nueva York y Punta del Este. Ciudadano del mundo, pintó también el barrio de La Boca, donde el artista instaló su casa-taller en 1983. Esos paisajes de ciudad y agua –óleos y acrílicos de gran formato– trasuntan un evidente placer por la pintura mientras cargan con los temores y expectativas de los inmigrantes, con la bella inmensidad del río y su contaminación, con la alegría y el decaimiento de la zona. La nostalgia y la desolación, junto a la luz y el movimiento, recrean historias de abandono y belleza.

Su retrospectiva en 1967, en el mítico e influyente Instituto Torcuato Di Tella –una experiencia multidisciplinaria que duró entre 1958 y 1969 y desde la cual se impulsaron nuevas maneras de hacer y ver arte en Argentina–, le trajo una temprana consagración. La obra de Macció, nacida –en palabras del artista– del “proceso simultáneo de acción y reflexión”, es repetidamente premiada y enviada a las bienales de São Pablo, París y Venecia; es exhibida internacionalmente e integra colecciones de museos del mundo.

Las obras desplegadas en Vasari condensan, en cierto modo, el trabajo y los gestos artísticos de toda una vida y desmienten una vez más la tantas veces anunciada muerte de la pintura. Aquí están los rasgos de su multifacética producción, que –por momentos, incluyó exuberantes empastes de vibrantes colores y figuras que parecen mecanismos industriales en medio de grandes espacios vacíos– giró principalmente alrededor de la enajenación del hombre contemporáneo, con un repertorio expresado con intensa sensibilidad, y alejada de toda racionalización.

La curadora Mercedes Casanegra sostiene que, en estas cinco pinturas finales, la pretensión de Macció no era realista, sino algo mucho más ambicioso, evocar a través de la pintura –desde la pura abstracción, los densos empastes, la acumulación de materia que salió directamente del pomo y que él modeló en pétalos carnosos– esa cualidad misteriosa de la pintura que es convertir lo real en suprarreal, en una categoría que reside en el maravilloso puente entre lo visible y lo invisible. Sentido adiós, las contundentes Pinturas 2015 invitan tanto a una experiencia sensorial como a la reflexión intelectual.

VICTORIA VERLICHAK

Rómulo Macció, por Victoria Verlichak | artnexus