Escultura impermanente, de Rita Ponce de León (Proyecto AMIL), contrasta las distintas temporalidades de la obra de arte y la experiencia, explorando las relaciones entre movimiento y percepción, que son puestas en juego en las piezas que conforman la exposición.
De manera muy aparente, Ponce de León vincula el dibujo –formato predominante en la exposición– y el cuerpo estableciendo puentes simbólicos entre la producción y la recepción artística, es decir, entre la artista y su audiencia.

Para ello, Ponce de León emplea tanto elementos gráficos (figuras, encuadres, perspectivas) como recursos formales (escala, materiales) y estrategias de montaje (ubicación, iluminación). La amplitud del movimiento presente en el dibujo queda registrada en las diferentes escalas empleadas, tanto en los grandes murales en tinta china pintados directamente sobre las paredes de la galería como en los pequeños dibujos a lápiz sobre papel. Este juego de escalas pauta nuestro desplazamiento por la sala, que nos lleva a acercarnos y alejarnos para poder ver las imágenes grandes y pequeñas. De tal modo, nuestra trayectoria espacial funciona como un correlato del movimiento de la artista para producir estas piezas, ya sea el de su cuerpo desplazándose a lo largo de las paredes (murales) o el de su mano recorriendo el área del papel (dibujos).
Asimismo, esta idea queda reforzada iconográficamente en los murales de la primera sala, En prisión (2017), El infierno es blanco y resbaladizo (2017), Infierno (2017) y ¿Por qué nos erguimos? (de dos patas a una sola pata) (2017), que parecen tematizar el recorrido del espacio y la ubicación espacial mediante el uso de líneas de horizonte, planos que se cortan y juegos de perspectiva.
El paso a la segunda sala está regulado por una nueva versión de ¿Cómo desaparecer una puerta? (2017), compuesta por tres grandes marcos de madera sujetos al umbral como puertas superpuestas. Estos marcos crean una frontera porosa que, no obstante, implementa un espacio de tránsito que debe ser enfrentado vía la acción o la negociación. En el primer caso, en la medida en que los marcos deben ser movidos o se debe pasar a través de ellos, y en el segundo, porque el que dos personas crucen simultáneamente requiere alguna clase de acuerdo con respecto a la posición de los marcos.
La segunda sala ofrece una experiencia marcadamente distinta de la primera, habiendo sido transformada por la artista al bajar significativamente la altura del techo y cambiar la fría iluminación de la primera sala por una cálida. Ello da lugar a una experiencia de un espacio arquitectónico más en consonancia con el cuerpo y sus dimensiones.
Este falso techo cubre buena parte del área de la sala, aunque no completamente, dejando tres márgenes libres desde los que podemos ver el sistema empleado: el techo se revela como una superficie flotante, casi como una línea de horizonte. Ubicarnos en estos márgenes nos permite ver simultáneamente las dos escalas arquitectónicas –referidas a las diferentes experiencias perceptuales– que la instalación contrasta, que convergen en esta zona intermedia.
Un largo mural sin título (2017) que retrata un dilatado paisaje de cabeza cubre la pared del fondo casi por completo. Este mural debe ser visto desde debajo del falso techo, lo que por momentos corta la imagen, pero al acercarnos (y salir del área cubierta por este techo), si bien al fin podemos ver la altura completa del mural, ya no podemos captarlo en toda su extensión horizontal. Esta aparente limitación de la arquitectura invita a una reflexión de las relaciones entre cuerpo, arquitectura, ubicación, desplazamiento y percepción.
Un rango distinto de relaciones es propuesto en Reúne vida, mientras cuelgues de esta tierra (2017), una instalación que nos llama a establecer asociaciones entre el tacto, la mirada y el cuerpo. Sobre una mesa cuadrada rodeada de seis sillas hay seis esculturas cerámicas tibias (puestas sobre calentadores) y seis dibujos frente a ellas, en una invitación a la manipulación, la asociación, el juego y la conversación con otros miembros del público.
En Escultura impermanente, Rita Ponce de León nos invita a una reflexión abierta sobre la percepción de cara a su contexto. Uno que, más que agotarse en lo concreto de un entorno físico y temporal, se despliega en un denso tramado de vínculos –afectivos, intelectuales, sensoriales– que modelan nuestra percepción del mundo y de nuestro lugar en él.
MAX HERNÁNDEZ CALVO
