La línea del horizonte representa el calibrador de nuestra percepción visual, pero ese trazo horizontal que circunda el mundo también retiene el progreso de nuestros sentidos. “El horizonte representa el fracaso de la visión, porque ese referente es solo el que crees que es. Por eso, tenemos que ir más allá de la línea del horizonte”, sostiene el artista multidisciplinar Oswaldo Maciá (Cartagena, 1960), un escultor del espacio que moldea el entorno con la creación de un imaginario artístico de aromas y sonoridades, que invita a expandir nuestro horizonte sensitivo y transgredir los confines de nuestra mirada.

Su exposición Ecuaciones (Esculturas olfativo-acústicas), que exhibe actualmente en la Sala San Antonio Abad-CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno), en Las Palmas de Gran Canaria, comprende tres instalaciones artísticas de atmósferas visuales, sonoras y aromáticas que cuestionan la hegemonía de la mirada e interpelan al resto de los sentidos para despertar territorios adormecidos en nuestra memoria poética. “Esta es la pregunta que me ha intrigado siempre: a partir de lo que ves, ¿qué es lo que crees que sabes?”, manifiesta en su Guía para crear una pregunta incómoda, inscrita en una de las paredes en San Antonio Abad. “El mundo visual se encuentra saturado de un simbolismo simplista, fácilmente reconocible y discutible con lo que se sabe. La visión está llena de lo sé”.
Ante la cortina reductora del “ocular-centrismo”, la obra de Maciá reformula el concepto del arte como una experiencia sensorial en la que leer el espacio con los sentidos. “La escultura no existe sin el espacio, y viceversa. Por eso, cada espectador se convierte en una parte única, consciente o inconsciente, de la escultura. Y así es como la escultura progresa. Me gusta la idea de una obra en proceso, que implica y cuestiona al espectador y crea continuamente nuevas formas de reflexión y conocimiento”, manifiesta el escultor.
Su primera propuesta en el centro grancanario es la composición acústico-circular La fábula del viento, creada expresamente para la Sala San Antonio Abad, consistente en un gran telón de color rojo que recubre 32 metros de pared y arropa un mapa sonoro de vientos grabados procedentes de Europa, el Caribe y Latinoamérica, que rugen desde 16 canales de sonido. Esta muestra de texturas sonoras inunda el espacio con el aullido de “los vientos migratorios de ida y vuelta que cruzan el Atlántico”, que el propio artista grabó en fronteras y rompientes en distintos rincones del mundo. El motivo del telón rojo gravita alrededor de la acusmática, una noción que desarrolló Pitágoras, basada en impartir sus clases detrás de una cortina para que las presencias visuales no distrajesen a sus alumnos. Esta atmósfera envolvente de La fábula del viento crea un espacio alegórico en la Sala San Antonio Abad que evoca y proyecta en el aire nociones universales como la emigración, el viaje de las ideas o la música de las fronteras, como una metonimia que designa lo que a un tiempo nos hermana y nos separa.
La segunda propuesta de Ecuaciones (Esculturas olfativo-acústicas) se titula Bajo el horizonte y se articula alrededor de una bañera blanca rebosante de un líquido negro perfumado con moléculas aromáticas, y donde se entrecruza un nuevo repertorio de sinfonías sonoras y conexiones sinestésicas. La situación de este mobiliario cotidiano en la penumbra de la sala reviste una puesta en escena casi cinematográfica, que reta al espectador a un juego de exploración de carácter horizontal a través de los olores y sonidos. Una vez más, “la inconmensurable línea del horizonte se usa para navegar de un lugar a otro, porque es una línea donde la visión se calibra. Y hay que ir más allá”. Su reivindicación del olor se debe a que “no tiene lenguaje, es el más democrático de los sentidos y pone a los demás sentidos en funcionamiento”. El artista revela que sus esculturas olfativo-acústicas se dirigen a la qualia, del latín, que designa “la respuesta del perceptor, la experiencia individual que se despierta y que es única en cada persona”.
La última pieza de la muestra es la obra sonoro-visual Volucrarios, que rinde homenaje a los bestiarios medievales sobre la simbología de los pájaros a través de diez impresiones sobre lienzo, que representan aves en proceso de extinción o extinguidas. La propuesta se inspira en el libro Jardín de Santé del médico y naturalista alemán Jean de Cuba (1430-1503), en el que describió más de 122 pájaros con atributos asignados por los más relevantes estudios de los clásicos. Esta selección, erigida en vertical en el patio del centro, retoma el símbolo de las fronteras y el vuelo a través de la analogía de las aves pues, como observa el artista, “no existe nada más universal que las aves migratorias”.
NORA NAVARRO
