Norman Mejía (1938-2012) se constituyó como un hito en la historia del arte colombiano cuando en 1965, con 27 años de edad, ganó el Primer Premio de Pintura con la obra La horrible mujer castigadora, en el XVII Salón Nacional de Artistas. Es un hito si tenemos en cuenta todo lo que significó este premio, un punto de referencia que sirve para reflexionar sobre los cambios de paradigma que proponía Marta Traba, quien fue jurado de premiación. Junto a Norman Mejía se premiaron los artistas Pedro Alcántara Herrán, en Dibujo, y Feliza Bursztyn, en Escultura, lo cual desató una fuerte polémica en los periódicos, al punto de que Marta Traba denominó el certamen “La Batalla No. 17”. Este acontecimiento dio cuenta de una apuesta arriesgada de Traba por tres jóvenes artistas, en los que percibió diferencias sustanciales con respecto a lo que otros hacían.

Todo lo que se escribió sobre la obra pictórica de Mejía, en los textos críticos del momento, gira en torno a lo abyecto y a la violencia. En un rápido arqueo de adjetivos y calificativos se pueden encontrar términos que connotan exceso, tales como macabro, convulso, pesimista, terrible, visceral, irrisorio, descarnado, despellejado, antirromántico, inestable, angustioso, horrendo, dramático, irracional, absurdo, desamparado, desangrado, entre otros. Quizá por ello, en el libro 50 años, Salón Nacional de Artistas, editado por Colcultura en 1990, se comenta sobre las evasivas por parte de Propal para recibir en su colección la pintura ganadora. Toda esta coyuntura conforma el mito originario de un artista altamente sensible a la oscuridad histórica por la que acababa de pasar el país en los años cincuenta; una pintura que se consideraba el reflejo del pesimismo propio de la época, una manifestación de la tortura y la violencia bipartidistas.
La exposición en el Museo Rayo, curada por Miguel González, está conformada por 22 pinturas que pertenecen al periodo que va de 1963 a 1966, el más característico e importante de la obra de Mejía, quien continuó su actividad artística al margen de los circuitos, galerías y certámenes del mundo del arte. Esta exposición es la ocasión perfecta para revisar toda la polémica que se desató en los años sesenta en torno a su obra, y pensar, con una mentalidad apartada históricamente, en las implicaciones que tiene el arte como documento (si se piensa en su obra como barómetro de la violencia en Colombia), y su potencial, cuando es observada por alguien con el criterio de Marta Traba. Esta exposición, más allá de reforzar o contradecir argumentos de la crítica, es la presentación de un caso sui generis en la historia del arte colombiano; un caso que se desenvolvió entre el intento de Traba de cambiar radicalmente el panorama, y el desenlace de una obra que demuestra gran conmoción y crudeza.
En 1964, Mejía tuvo su primera exposición individual, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, y los nombres de algunas de sus obras causaron controversia e incomodidad entre los espectadores; títulos como No disparen, que somos dos; No disparen, que estoy muy herido; La horrible mujer castigadora; Desequilibrio de la horrible mujer castigadora eran experimentaciones del lenguaje que hacían parte esencial de lo pictórico, un detonante de connotaciones en donde no importaba adscribirse a una corriente o género específico, ya que, si bien el paisaje, el cuerpo, la abstracción, el realismo y expresionismo se ven licuados en estas pinturas, es como si ya no importara demarcar un estilo sino desbaratar las convenciones en función de una amalgama deforme que iba más allá de lo más personal.
La batalla de Marta Traba, que tenía a Norman Mejía como una de sus armas, radicó esencialmente en que dejó de premiar artistas de trayectoria y pintores que, a su modo de ver, estaban amanerados y domesticados frente al activismo que la época demandaba. La apuesta por creadores emergentes significó un cambio de paradigma que posteriormente se reflejó en salones de arte joven, en la transformación de los ritmos de consagración y en la rapidez de circulación que llegó con el arte contemporáneo a partir de las propuestas conceptuales, connotadas como “jóvenes”. Otro argumento en torno a la obra de Norman Mejía fue la característica de “síntoma” o “manifestación” de un espíritu macrohistórico, el cual se encarnaba desde las coyunturas internacionales hacia la pintura, en una especie de sensibilidad exacerbada que reaccionaba con estímulos globales materializados en lo particular. Las preocupaciones por el color, por los grises, por las figuras estalladas a medio camino entre lo abstracto y lo figurativo, se consideraban como un rechazo a la armonía; la composición difícil y antiesquemática correspondía a una respuesta del artista frente a las políticas globales que en ese entonces daban lugar a la Guerra Fría, al intervencionismo norteamericano, el nacimiento de las guerrillas colombianas y la transformación de la violencia bipartidista. Nada estaba bien, y, en el fondo, el arte lo sabía.
BREYNER HUERTAS
