La temática del paisaje ha sido abordada de innumerables maneras en la historia del arte, quizás porque el paisaje simboliza el origen primordial de la identidad individual y colectiva, como reconocimiento de nuestra ubicación en un entorno determinado. El concepto de identidad en el espacio del arte es tan enigmático y fluctuante que constantemente resurge la emergencia por reconocer aquello que lo define y que eventualmente lo hace visible para certidumbre de algunos pocos.

Al llegar a Venezuela en 1981, Natalya Critchley (Bournemouth, Reino Unido, 1963) se dejó cautivar por el paisaje. Al año siguiente se fue a vivir a Puerto Ordaz, la ciudad industrial emplazada en la inconmensurable Guayana venezolana. La luz, el clima y la naturaleza se complementan, son atributos de la realidad. El encuentro con la luz del trópico la llevó a pintar el paisaje industrial para reconocerse en ese entorno, hacerlo suyo. Por eso, Natalya pintó con colores exacerbados su nueva realidad, el lugar escogido para fraguar su identidad al resguardo de un paisaje sugestivo y feroz. La gente que allí encontró era también pionera y, como ella, buscaba su lugar en el mundo. Así comienza la tarea de conferirles formas a las narrativas del proyecto social e industrial impulsado por la democracia en el sur de Venezuela durante los años setenta.
La exposición Crookedfield says Hi to Henri Hair Mattress, que se presenta en las salas del Museo de Arte Contemporáneo del Zulia de Maracaibo, tiene un carácter retrospectivo y recoge la producción de Critchley de los últimos treinta años. Medianos y grandes formatos que responden a una escala deslumbrante, que al mudarse a Caracas se transformarán en el retrato de una ciudad marcada por el caos, la desigualdad y la violencia. De esos largos y productivos procesos pictóricos fue extrayendo formas reiteradas que vinieron a configurar un alfabeto personal. Signos de diversas posibilidades referenciales, morfológicas y simbólicas que en ocasiones parecen representar los nodos curvos e intrincados de las autopistas de alta velocidad, y en otras, al cuerpo humano, sus órganos vitales y sistemas de fluidos. El alfabeto constituye una síntesis de signos que aparecen como constante en muchas de sus obras, pero también son trabajados individualmente sobre planos de caucho de gran tamaño acentuando su grafía emblemática.
El título de la exposición es un saludo personal a Henri Matisse, por quien Critchley siente una gran admiración y quien fue llamado despectivamente Henri Hair Mattress cuando la exposición del Armory Show se presentó en Chicago en 1913.
Desplegada en los amplios espacios del museo zuliano, se aprecian las imágenes de una pintura única que se aleja del paisaje como lugar placentero, y, por el contrario, da cuenta de espacios contaminados. El detrito, la violencia social, el entorno industrial y urbano son abordados desde la complejidad de simbolismos y alegorías. Un tratamiento plástico deudor de maestros como Paul Klee, David Hockney o Philip Guston, además de Matisse. Estructuras enmarañadas, perspectivas dislocadas, amasijos, abarrotamientos: el paisaje como escenario de la acción humana.
Natalya Critchley es de las pocas artistas en el país que trabaja colectivamente el paisaje como elemento constitutivo del imaginario territorial. La exposición marca un radical cambio de estrategia en el proceso de inclusión en la obra de diversos grupos humanos que hacen vida en la ciudad fuera de los sistemas institucionales de participación. La colaboración ha prevalecido en los conceptos que definen las exposiciones y obras específicas de los últimos años, a partir de las cuales se abren, desde el arte, espacios a proyectos políticos democratizadores. Quizás haya sido la obra expositiva del Metrocable de San Agustín, exhibida en el CELARG, en 2009, la que marcó ese vuelco hacia lo colaborativo. Luego vino De San Agustín a Los Palos Grandes, en La Caja del Centro Cultural Chacao, en 2015, seguido por Oficina de Turismo en el Museo de Arte Contemporáneo, en 2015, y la del Maczul, que aquí reseñamos. Conceptos como ciudadanía, conciliación, emancipación e identidad son trabajados a partir de la realización colectiva de las obras. Por su parte, Natalya Critchley ha desarrollado destrezas en liderazgo, pericia y habilidad en manejo de grupos, y, especialmente, ha debido lidiar con el concepto de solidaridad. El arte es un sueño utópico, un vehículo capaz de empoderar a la gente. Línea de producción, de 2016, por ejemplo, es una pieza interactiva realizada en estructura de tubos plásticos que semeja un galpón industrial atravesado por una gran banda de caucho negro. La superficie, tallada con diferentes imágenes, opera como una plancha litográfica en la que grupos de personas dibujan sobre planos de papel. Los participantes “pintan” sus vidas a través de las imágenes que ellos mismos seleccionan, van construyendo memoria, historia personal y colectiva. Se agrupan, comparten, viven la experiencia de la creación, transforman el escepticismo en participación. Natalya Critchley continúa construyendo la cartografía de su identidad conjuntamente con quienes, consciente o inconscientemente, van tras su búsqueda.
TAHÍA RIVERO
