En una de las entrevistas que Miguel Cárdenas (Bogotá, 1973) ofreció con motivo de su exposición Metamorfosis, el artista responde una pregunta acerca de qué le ha brindado la experiencia de vivir en Nueva York: “la posibilidad de pensar mucho más allá de algo que no se pueda hacer, que no se pueda conceptualizar”. Habla de las ventajas de ver cosas extremas, dentro del frenético ritmo de la ciudad en la que vivió hasta hace poco, cosas que quizá se soñarían como imposibles si no hubiera salido. Cosas imposibles y extremas que va soltando en grandes dosis. Después de llevar algo más de un año de vuelta en su ciudad natal, Bogotá, y de haber tenido tres exposiciones individuales desde su llegada, su trabajo es una afirmación contundente de este reto que supuso la Gran Manzana. Con un lenguaje fresco, sin prejuicios y abierto a experimentar dentro de algo tan de siempre como la pintura, el dibujo y la escultura, la obra de Cárdenas revisa y disloca, por un lado, lenguajes artísticos arraigados en movimientos históricos reconocibles como el surrealismo de entreguerras, lo que, a mi modo de ver, es un acto lo suficientemente subversivo en este contexto y clima artístico en el que estamos como para no pasar desapercibido. Por otro lado, y justamente a través de rescates del pasado, ha logrado despegar una visión y un lenguaje propios para desvelar y narrar historias acerca del mundo en el que vive y cómo este se verá en el futuro arqueológico.

Aunque este tipo de obra había asomado en otras exposiciones anteriores, no muy lejanas, quizá sea en esta compilación de unas cincuenta obras que se muestran en La Balsa Arte, en la que mejor se concreta su visión madura y personal. La obra de Cárdenas escapa a etiquetas y regionalismos continentales; difícilmente podríamos decir que es un exponente del arte contemporáneo latinoamericano, ya que su visión apunta a mostrarnos algo universal, un mundo postantropocéntrico, donde naturaleza y hombre se han vuelto uno, o al menos donde el hombre de hoy ya no domina racionalmente nuestros días; nos topamos con un mundo que emerge a través de retazos de historia del arte y primitivismo vanguardista, y que nos presenta cuerpos híbridos, mitad hombre, mitad animal, como en Sueños del mandril, o fragmentos de cuerpos que cobran vida, como ojos, pechos y bocas formando la parte por el todo de seres casi reconocibles, como en El Descubrimiento o Figura y sol. También encontramos instalaciones escultóricas que hacen referencia al aparato museológico, especialmente de los museos de ciencia natural, a través de las cuales despliega su idea de la evolución de la Tierra y la humanidad, en las que se arraigan el origen y la evolución del arte como si fueran la arqueología por descubrir de nuestro presente.
En Metamorfosis, Cárdenas ha querido volver a un lenguaje muy primario, que, aunque realista, desea transmitir conceptos más abstractos. Es decir, el realismo, lleno de sentido del humor, guiños lúdicos y, en ocasiones, marcadamente mironiano, es un vehículo para hablar de la vuelta a un mundo instintivo e intuitivo, animal, que destapa lo que se esconde por debajo del hombre pensante y embutido en la sociedad racionalizada. En ese sentido, las referencias surrealistas son muy acertadas como metáfora, ya que nos conectan con esa idea de subconsciente, de lo irracional como motor invisible de nuestro ser y nuestras acciones. Encontramos perros babeantes, genitales dentados, ojos o mandíbulas, en vez de caras, paisajes en los que el rastro humano, si es que lo hay, aparece en forma de huesos, como si el hombre fuera un hallazgo arqueológico del futuro, como en Fósil en el desierto, y la realidad del presente fuera ese puro instinto animal. Además de situar al ser humano en una posición de resto arqueológico convertido en instinto animal, Cárdenas persigue un interés por la naturaleza y por el paisaje que se desarrolló teniendo suficiente distancia de ellos, como él explica en las entrevistas. A pesar de la distancia, la naturaleza no representa una visión romantizada y nostálgica de un mundo más prístino e impoluto; tampoco nos sitúa en un mundo postapocalíptico resultado de desastres naturales causados por el hombre. La naturaleza del mundo de Cárdenas existe en todo su derecho, erguida con orgullo en un futuro en el que el hombre no ha dejado más que una huella rastreable. Tampoco existe rastro de nostalgia en el rescate de la estética surrealista de las vanguardias históricas, ni un deseo de glorificar un rastro europeo. No. Cárdenas hace uso consciente y afirmativo de las fuentes que emplea, ya que su obra responde a un sueño contemporáneo que intenta avanzar e imaginar lo imposible, más allá de las tradiciones establecidas y arraigadas que niegan precisamente lo contemporáneo al arte, aunque vayan disfrazadas de esto mismo.
CARIDAD BOTELLA
