Al llegar a la mínima Plaza de la Santa Veracruz, uno se enfrenta al hermoso edificio del Museo Franz Mayer –con más de quinientos años de construido–, el cual siempre depara sorpresas que van más allá de épocas, clasificaciones y estilos. Traspasar esa puerta de cristal implica una extensión de la mirada. Nuestros ojos pasean por el claustro hasta detenerse en la escalinata que conduce a la sala de exhibiciones temporales. Ahí se presentan exposiciones que no son exclusivamente de artes visuales sino del encuentro de diseños y expresiones creativos originales. Así lo estipula la legislación del museo. Mario Martín del Campo es una figura perfecta para ejemplificar esta simbiosis. El autor es un referente fundamental de la creación plástica llevada a lo utilitario, la visión fantástica de la realidad plasmada con humor, la realización de escenografías y la voluntad de aprender él mismo cada técnica a la perfección para realizar sus obras. Además de la variedad de técnicas y materiales, Mario Martín del Campo viene resolviendo trabajos en diversas dimensiones, desde títeres hasta escenografía para óperas, desde esculturas y objetos hasta plumas y joyería. Calígrafo Zarampahuilo CMYK es a primera mirada un ave, a la cual le descubrimos una pluma donde reside la faceta funcional. En su hacer predomina lo tridimensional, aunque, para algunas de estas creaciones, el artista dibuja y además realiza estampas. Tanto el dibujo como los grabados son disciplinas que llevan su firma en obras bidimensionales con la gracia y fantasía que lo caracterizan.

Poner el acento en la multiplicidad de capacidades técnicas de este autor no significa que en ello residen todos sus valores. Admira uno las riquezas temáticas tanto como sus interpretaciones materiales. Al respecto, Mario Martín del Campo dice: “Uno va juntando interiormente imágenes, en algún momento las tiene que sacar. Yo no busco temas ni personajes, mi fantasía me los presenta y yo empiezo con ellos un viaje en cada obra”. Hechicero él, y en ciertas obras, hechiceros sus personajes. No es lo más importante la perfección con que reproduce la cabeza de un caballo o la figura de un pelícano. En cada obra hay entes que no se pertenecen, se crea una relación aguda de correspondencias e incoherencias, provocando la admiración y la sonrisa del espectador.
La sala se abre a los ojos del visitante como un cuarto de maravillas del cual nos han abierto la puerta. Infinidad de vitrinas se hermanan y se pelean por nuestra atención. La sensación es que son demasiadas y que estamos atrapados en una selva de la que no queremos escapar. Entre algunas rocas y ciertas piedras, la naturaleza se hace presente en la visión de Mario Martín del Campo. La fantasía que plantea el autor hace que muchos lo cataloguen como artista surrealista. De hecho, hay ciertos elementos propios del Surrealismo, pero la suya es otra época, él es original y auténtico consigo mismo al adentrarse en sus fantasías, que no se apegan a manifiesto alguno. Otros componentes o catalogadores de lo que se presenta en Camino andado –y en toda su obra– son facetas de un realismo fantástico tan mexicano como internacional. Huevos de avestruz –esos elementos milenarios y mágicos trabajados de diversas maneras por diferentes culturas, y también por los artistas de la modernidad y lo coetáneo– se observan todopoderosos, mientras que algunas aves, o un fetiche, lanzan al espacio hilos y remates en una fantasía poco creíble. Muchos espectadores se preguntan acerca de estos logros técnico-expresivos que Mario Martín del Campo extiende como antenas comunicadoras de su fantasía.
Sin duda, es un artista polifacético que a través de algunas obras revela su gran gusto por la música; no en vano, trabajó con notables directores de orquesta en óperas complejas. Mario Martín del Campo también cuenta entre sus creaciones instrumentos musicales. Como en Chelo para un atardecer, donde una especie de pequeño perro salchicha se extiende incongruentemente hacia arriba a más de tres veces su altura y se articula por medio de una cuerda, con una semicircunferencia, una rodela y otros aditamentos de ensamblado. Habría varios detalles más para citar pero conviene recordar en especial un aspecto. La cuerda y el arco para ejecutar la música se asemejan a los hilos con que se sostienen los títeres, y viceversa. Esta asociación no es gratuita sino que nos permite entender la coherencia en las fantasiosas realizaciones de quien acabamos de visitar a través de este artículo. Este autor abreva de los magnos pintores flamencos, tanto como de Leonardo y de las alucinaciones de las tradiciones mexicanas en metamorfosis entre hombre y animal. Mario Martín del Campo respeta al orfebre, al ebanista, al titiritero, al escenógrafo y al humorista, quienes se abrazan en sus polifacéticas realizaciones.
GRACIELA KARTOFEL
