Las nuevas creaciones de María Elena González, elaboradas en madera, porcelana y concreto, representan su concepto de las obras como esculturas y como instrumentos musicales. En Tempo (Tiempo), su exposición inaugurada hace poco en Hirschl and Adler, en Nueva York, la artista exploró la relación entre la presencia física de los objetos y las posibilidades acústicas que ella imaginó, a partir de un complejo proceso que ha desarrollado para producir efectos sonoros generados en árboles, creando así una voz para la vegetación tácita que nos rodea y narrando una relación con la naturaleza que destaca de manera especial su importancia para nosotros como audiencia y como receptora, y también como nuevo escenario expositivo para meditar sobre este tema, que cobra mayor importancia día tras día a medida que nos damos cuenta de la fragilidad de nuestro entorno y de los cambios dramáticos que está experimentando en la actualidad como consecuencia directa de nuestra intervención y nuestra actitud equivocada hacia esa realidad.

La artista expone el arraigado sonido de estos materiales y hace de ese sonido un componente esencial de sus esculturas. Como un continuo de su serie Tree Talk (Charla de árboles), este nuevo desarrollo en su obra representa una exploración en un territorio desconocido que, sin embargo, ha llamado la atención de artistas contemporáneos, como se evidenció en la reciente exposición llevada a cabo en la Fundación Prada en Ca’ Corner della Regina, en Venecia (2014). Esta amplia y completa muestra, curada por Germano Celant, exploró la relación entre arte y sonido y la forma en que esta se ha desarrollado desde el siglo XVI hasta nuestros días, y fue muy valiosa, por cuanto presentó obras que desarrollaron esta relación mucho más lejos, a través de los siglos XX y XXI, con las realizaciones de la tecnología. Las referencias cruzadas de González entre los objetos exhibidos y la música son su interpretación de un proceso en el que la tecnología interactúa con materiales naturales para ahondar en nuevos horizontes de percepción.
Una pieza en particular ilustraba en forma maravillosa la relación entre sonido y objeto. Clave representaba dos cilindros que en apariencia podrían producir sonido y que sin duda se veían muy parecidos a los legítimos instrumentos musicales de madera de forma cilíndrica. La clave es un instrumento tradicional cubano, consistente en dos piezas de madera que marcan el ritmo en la música bailable cubana tradicional, señalando también los pasos de los bailes. A partir de su empleo en la música bailable popular, el uso de las claves se extendió a la sala de conciertos, donde el instrumento sigue siendo un identificador fundamental de la música latinoamericana.
Turn I y Turn II (Giro I y Giro II) son piezas de madera que representan los instrumentos en forma de rollos de piano del sistema de sonido que la artista ha diseñado. Sin embargo, la apariencia de las piezas, en particular Turn II, que consta de dos cilindros de madera más grandes elevados mediante soportes metálicos, me recordó los cilindros de cimentación babilónicos que contenían, en la icónica escritura cuneiforme de la época, la descripción detallada de la recién instalada estructura que debían conmemorar. Las notaciones de González tienen una serie similar de misteriosas marcas codificadas que son su interpretación de las marcas naturales del abedul transformadas por ella en códigos musicales. En estas piezas hay también un elemento muy fuerte del colosal monumento, que nos remite a temas de memoria y recuerdo, un componente constante de la obra de la artista. Aunque la apariencia de las obras, que incluían video y grandes piezas sobre papel, representaba sin duda una estética posindustrial, González aborda posibles interpretaciones más profundas del funcionamiento de la naturaleza y nuestra relación con los materiales; sus piezas de concreto y porcelana reflejan la influencia de formas y texturas arbóreas y abren posibilidades de diálogo con diferentes formas artísticas, actuando juntas para llegar a regiones de comprensión inexploradas.
ALBERTO BARRAL
