En el espacio central de la Anita Schwartz Galeria, en Río de Janeiro, la artista Luiza Baldan, nacida y radicada en esa ciudad, realizó su nueva exposición individual, Estofo (agua estancada). Una de las paredes fue ocupada por un texto, algo inusitado cuando se compara ese uso del espacio con aquel hecho por Rochelle Costi, en el que ocupó la sala con fotografías de gran escala y una videoinstalación, creando un diálogo entre la altura desafiante de la arquitectura y los lugares que fotografió. Baldan parece tomar una posición casi opuesta, ciertamente más intimista y que invita al público a un recorrido físico y una mirada minuciosa.

Volviendo al mencionado texto, la artista pintó sobre una de las paredes frases que giran en torno a su experiencia reciente en expediciones vivenciales y fotográficas por la bahía de Guanabara, elemento paisajístico esencial para la construcción de una identidad e imagen cariocas. Su texto, sin embargo, no era informativo, y, así como las olas, tenía un divagar curvilíneo. “Vaya a saber de dónde viene la fascinación por el mar”, decía la primera frase para, más adelante, con otro fragmento como “La marea que baja y el hedor que sube”, quebrar cualquier aprehensión romántica de un espacio natural invadido por la polución y la basura. La concentración de agua, que en un pasado remoto debía ser un paraíso para la población indígena que allí residía, fue, desde que llegaron las carabelas, ocupada, depredada, y hoy sustenta el puente Río-Niterói y las plataformas petroleras. Como su texto también dice, “Cada vano del puente es un fotograma. Las plataformas del petróleo compiten con las montañas, se suman a las estrellas”.
Ese inteligente uso del texto, ciertamente, llama la atención del espectador y sugiere imágenes mentales transhistóricas de las iconografías y sensaciones físicas experimentadas en la bahía de Guanabara. El impacto de esas palabras y la laguna imaginativa dada a quien lee son tales, que no se siente en la exposición la ansiedad por llenar los espacios del cubo blanco. Ese vacío puede ser llenado (o no) existencialmente por cada uno que lee sus palabras, o tal vez lo mejor para hacer, después de la lectura/contemplación, sea moverse por la ciudad e ir al encuentro de la bahía.
Baldan tiene una trayectoria institucional como artista e investigadora de cerca de quince años, y, en ese período, el medio por el cual es más reconocida es la fotografía, aunque sus proyectos en video también sean constantes. Al observar su trayectoria es interesante notar la importancia de la relación entre fotografía y la construcción de espacios habitables. Algunos de sus proyectos giran en torno a edificios, apartamentos o recortes de elementos del paisaje natural, donde, aunque discretamente, la presencia humana, y a veces industrial, se nota.
Los fotograbados mostrados en Estofo llaman la atención, por lo tanto, por traer imágenes donde nuestra mirada no tropieza con algo en el fondo; hay poco espacio para sugerencias de enclaustramiento de lo que fue fotografiado, y nuestra mirada atraviesa esos fragmentos de paisaje del mismo modo en que un barco se desliza sobre la superficie del agua. También es interesante anotar cómo ese espacio acuático puede asociarse a diversas actividades del trabajo humano, que van desde la ingeniería de puentes y la explotación del petróleo, mencionadas en su texto, hasta otras más primarias como la pesca y la navegación.
La bahía de Guanabara, así como la caótica ciudad de Río de Janeiro, surgen discretamente en las imágenes de Baldan, también como lugar de encuentro y diferencias. Un pescador semidesnudo surge en la única imagen en que el cuerpo humano se fija en la lente fotográfica, y puede trabajar diariamente al lado de una persona que dirige una embarcación de petróleo y que esconde su cuerpo dentro de la maquinaria. La bahía, por lo tanto, es un espacio de encuentro entre anónimos, que chocan entre los diferentes usos que hace de ella el capitalismo, y también de silencio, así como lo sugiere la ausencia de dramatismo de las fotos mostradas.
Ese silencio está endosado por un elemento atípico en la producción de la artista: el uso exclusivo del blanco y negro. La suma entre esa opción cromática y el uso del fotograbado (y no la impresión fotográfica tradicional) sitúa las imágenes hechas por Baldan en una tradición de representaciones en torno a la bahía de Guanabara que se remonta al siglo XIX, el momento histórico en el que hubo un boom en torno a las imágenes de Río de Janeiro. En aquel momento, el público europeo ansiaba imágenes panorámicas de la extraña ciudad tropical, al paso que en la contemporaneidad, la mirada de la artista es más de fragmento y de sugestión de narrativas.
En el espacio central de la exposición, el público podía observar tanto las matrices de los fotograbados como las imágenes ya impresas y manipulables con guantes. En el espacio superior, la artista mostraba una videoinstalación nueva, en la que la asociación entre imagen y sonido se daba de modo intermitente. También en blanco y negro, una cámara se movía de acuerdo con la velocidad de las olas de la bahía y mostraba, a través de una aproximación de un detalle arquitectónico del puente Río-Niterói, el encuentro entre el concreto, el agua y la luz. Esa perspectiva solitaria envolvía el cuerpo del espectador, que, después de disfrutar los frágiles fotograbados en el piso bajo de la galería, ahora se veía invadido por la sinuosidad de la imagen, así como por un cuidadoso trabajo de edición del sonido capturado en el lugar. Quedaba claro que la bahía también puede ser un espacio físicamente violento y hasta peligroso.
Volviendo a las palabras de Luiza Baldan, Estofo es una exposición que trae al público, “La letra tambalea con el movimiento del barco”. De balanceo en balanceo, aunque contaminada, la bahía de Guanabara persiste y se hace importante en el paisaje de Río de Janeiro. Y su poderío vital, sumado a la fuerza de la mirada de la artista por medio de sus fotografías, texto y videoinstalación, se transforma en misterio y duda, elementos esenciales para encarar el exceso tan rutinario del presente.
RAPHAEL FONSECA
