Múltiples realidades coexisten en la conceptualización del artista argentino Leandro Erlich. Esto se revela en sus obras. Estas conducen a su vez a diversas percepciones, tales como magia, ingenio, serenidad, alteración, juego, nostalgia, cambios de estado, relación con aspectos de la vida cotidiana, percepción de cambios poco creíbles, transición al más allá de la vida e inseguridad proveniente de la modificación de lo que no parece posible de cambiar. Uno de sus trabajos que mejor ejemplifica sus desarrollos es la modificación que realizó Erlich en monumentos como el Obelisco de la ciudad de Buenos Aires. El Obelisco es un símbolo urbano de esa ciudad y de ese país, ubicado casi como punto distintivo de la zona capitalina. ¿Quién puede creer que un artista visual pueda modificar un monumento de esas características físicas y simbólicas? Por cierto, quien conoce la historia de Argentina sabe que estabilidad es un vocablo y una situación que lleva varias décadas “des-existiendo”. Allí se anticipó esa angustiante manera de vivir que en el siglo XXI ha tomado cuerpo en el mundo entero. Es habitual que se detecten herencias de cada país de origen. No faltan en Erlich el nivel intelectual y los hábitos porteños característicos. En cuanto a su profesionalización, él se formó en los talleres más recientes, no en las academias tradicionales, y en conversaciones con artistas argentinos notables como Luis Fernando Benedit. Ha vivido en Nueva York y en París pero necesita vivir en Buenos Aires, esa sociedad alimenta su fantasía. La veta fantasiosa, sofisticada, de alto tono creativo personal y un tanto pueril, se alimenta en esa tierra.

Si el visitante a la exposición Puerto de reflexión entrara sin previa información de sus componentes se encontraría en la primera sala con una blanca y espaciosa museografía de objetos, esculturas y fotografías hasta llegar a la segunda sala, en penumbra, con apariencia de estar un tanto abandonada o en proceso de que se construyera algo. Es hasta que el visitante decidiera averiguar qué hay en ese plano inclinado en la pared mayor y más alejada del espectador, que comenzaría a enterarse de lo que acontece. Al pie de esa entrada, la cédula, pequeña, informa que quien allí se encuentra está por entrar a una instalación de medios mixtos realizada en 2016. Que la instalación es por cortesía del artista, del Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Seúl, y del Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (MUNTREF), en Buenos Aires. Unos pasos más y se advierte que Leandro Erlich dedicó esta presentación a su amigo y colega Matthew Mahoney, fallecido en 2009. Subiendo la rampa, la oscuridad se acentúa al llegar a un hueco sin cortinado. La opción es girar a la izquierda y entrar a un lugar un tanto mágico, donde parece haber una construcción rectangular en forma de alberca pero en la cual hay botes. El agua está quieta y oscura. Los botes son de diversos colores y se reflejan en el “agua”. Podría ser una escena en un canal de Venecia pero sabiendo que uno se encuentra en un museo, ambas realidades se contraponen. Esta escena nocturna es contundente, aquí no parece un juego de casa de muñecas como en las casas en vitrinas, y las fotos de lo que Erlich realizó, modificó, alteró, en situaciones anteriores, y que se presentan en la primera sala, toda luz.
Su obra es transconceptual y transsurreal, en el sentido de que pertenece a ambas clasificaciones en sus versiones siglo XXI. Lo que es una declaración de cambios estéticos, cuyos particulares exceden este espacio. En sus exposiciones, más que la visión directa, es la percepción lo que lleva al espectador a quedar inquieto, y también a preguntarse acerca del cómo. No es una obra directa sino gradual. Sin interés alguno en la magia como tal, ni en la más mínima burla, Leandro Erlich ofrece inmersiones de diversas índoles: en agua, en arquitectura alterada, en escaladas físicas. Tal vez otra de las obras claves ha sido La pileta, de 2004, en la cual la gente entraba bajo el agua, no se mojaba y podía respirar sin problemas. Así como “lleva” al espectador a otras experiencias –a cambios en situaciones que se suelen tener como permanentes o imposibles–, lleva sus obras a otros lugares. El artista piensa in situ. Aunque también debe considerar su adaptabilidad itinerante, lo que viene siendo necesario por el interés que ha venido despertando su obra.
La experiencia que este artista produce es un tanto cinematográfica, tiene que ver con el movimiento, produce sorpresa y alimenta la imaginación. Pertenece a las Artes Visuales pero cuenta con varias ciencias auxiliares como la arquitectura y la ingeniería. Se debe mencionar la paciencia de Erlich para obtener los permisos que en cada caso debe gestionar. Erlich ganó el premio Roy R. Neuberger de este año, que incluye una exposición y una publicación –en este caso, la primera completa en lengua inglesa para el artista–, con el sello editorial del Museo y del Purchase College de la Universidad del Estado de Nueva York.
GRACIELA KARTOFEL
