Desde su llegada a París en 1964, Juvenal Ravelo se interesó en explorar el lenguaje abstracto-cinético entonces en boga. Conoció y frecuentó los talleres de Víctor Vasarely, Julio Le Parc, Yaacov Agam y, por supuesto, de Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez. Era entonces un joven estudiante de la Universidad de La Sorbona, donde estudió Sociología del Arte de la mano de profesores insignes como Pierre Francastel y Jean Cassou. Esta formación explica la intención social de posteriores investigaciones plásticas al intervenir muros y calles junto con comunidades del lugar, proyecto interactivo que inició en 1969 y que prosigue en la actualidad.

En el contexto de la tradición cinética venezolana e internacional, la obra de Juvenal Ravelo reafirma cuán heterogénea e ilimitada puede ser la creación artística bajo esta línea de trabajo. Más que un cinetismo, existen varios cinetismos, pues, los objetivos de cada artista varían considerablemente unos de otros. En efecto, desde aquellos años sesenta, Juvenal Ravelo tenía claro el camino que debía seguir: analizar los efectos cambiantes de la luz natural sobre una superficie estática y bidimensional. Entonces trabajaba la serigrafía, y, con este medio expresivo, buscó generar una inestabilidad óptica por medio de planos de color sistemáticamente repetitivos. A partir de entonces definió claramente los elementos determinantes de su cinetismo: los efectos de la fragmentación de la luz y su incidencia en el color.
Posteriormente, incluyó en sus obras pequeñas piezas reflectantes (espejos, láminas de metal, etcétera) logrando con ello que el color del medioambiente tenga una importante incidencia en la percepción visual de la obra, efecto que denominó "luz fragmentada". Ello implicó profundizar en los elementos inestables y vibratorios de una obra.
A partir de entonces, todas sus series mantienen este eje de exploración como constante. Partiendo de este principio realiza, a partir de 1967 algunas variaciones, como, por ejemplo, cuando dispone verticalmente líneas en relieve sobre una superficie monocroma. Asimismo, comienza a trabajar con láminas dispuestas serialmente en diversas direcciones y en tamaños cada vez más pequeños buscando generar mayor vibración e inestabilidad óptica. El cinetismo de Juvenal Ravelo se distingue, desde entonces, por mantener dos objetivos: uno formal, cuando logra la fragmentación del color y de la luz a través del relieve, y otro sensorial, al concebir la obra de arte como un fenómeno mutable, propenso a la transformación a partir de nuestra percepción visual.
En las treinta piezas que exhibió recientemente en el Centro de Arte Daniel Suárez, Juvenal Ravelo demostró, una vez más, no solo su capacidad titánica de producción y laboriosidad en la creación de sus obras, sino también el desarrollo y profundidad que él ha tenido en su línea de investigación. A esto, debemos agregar algunas particularidades. La primera de ellas es que el artista ha dado al color protagonismo, claro está, en función de la incidencia de la luz. Si bien anteriormente el eje se centraba en la fragmentación de la luz, en esta ocasión, vemos un proceso similar con respecto al color. Este se fragmenta, se matiza, según las variables producidas por la luz natural (cambios de luz en el contexto) así como por los elementos reflectantes (espejos y piezas metálicas), todo en tamaños diminutos y dispuestos serialmente, que hacen que el color del medioambiente se proyecte e intervenga en la transformación. Para percibir estos efectos es indispensable, claro está, el desplazamiento del espectador.
Por otra parte, es importante agregar la importancia que tienen algunos referentes contextuales, extra pictóricos, considerando que estamos frente a un arte abstracto. Por un lado, tenemos la incidencia del color del medioambiente en los efectos sensoriales de las piezas. Justamente, el artista de alguna forma expresa la amplia diversidad cromática del trópico. Por otro lado, en esta muestra se hacen evidentes varios homenajes que el artista realiza recordando a algunos personajes y valores que son propios de la cultura e idiosincrasia venezolanas. Lo hace precisamente a través del color: a Reverón, con una pieza predominantemente blanca con acentos imperceptibles de color, alusiva a los períodos blanco y ocre del pintor; al poeta Cruz Salmerón Acosta tomando como referencia el conocido poema Azul, con una pieza de grandes dimensiones en la que predomina, entre otros colores, el azul. Esta pieza, además, interesa no solo por sus dimensiones, sino porque se integra a la arquitectura haciendo ángulo entre dos paredes. De igual forma, dedica una pieza a los Diablos Danzantes de Yare, manifestación popular religiosa, a través de los colores de su vestimenta.
Estas obras son realizadas con tecnología de avanzada. El artista diseña sus obras digitalmente y luego, en los talleres del Centro de Arte Daniel Suárez, procesa los materiales junto al equipo que allí labora. El resultado son piezas de acabado impecable. De este modo, arte y tecnología se integran para lograr el anhelo de perfección que un artista cinético como Juvenal Ravelo posee.
SUSANA BENKO
