Dos islas vecinas es el título que recibe la muestra de José Vera Matos (Lima, 1981) en la Galería Casado Santapau. En ella, Vera Matos explora cuestiones que marcan su producción artística: las teorías poscoloniales, el estatus de la obra de arte, la arqueología y la relación del poder con el conocimiento. José Vera Matos estudió en el Instituto de Artes Visuales Edith Sachs y posteriormente en la Escuela Superior Autónoma de Bellas Artes de Perú. Ha expuesto en Lima, Ciudad de México, Bruselas, Basilea, Nueva York, Londres, y recientemente en el Museo de Arte de Lima (MALI).
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La obra que inspira el título de la exposición consta de dos vitrinas de museo que contienen piezas de cerámica. El artista trabajó con un alfarero a la hora de concebir las piezas, que son copia de un modelo previo. Siguiendo el análisis que hizo Walter Benjamin sobre la copia y el original en su obra La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, Vera Matos aplica esa investigación al ámbito de la museología y al contexto expositivo. ¿Cómo cambia la recepción de una obra de arte al verla contenida en una vitrina, esto es, en un lugar privilegiado, pero también cerrado, inmóvil, encorsetado? La obra de arte única se caracteriza por permanecer fija y erigirse en una productora de conocimiento.
¿El display modifica la propia obra? En las vasijas que se exponen en Casado Santapau, estas aparecen deformadas, aplastadas, inútiles para su función primera. ¿Tiene sentido exponer objetos de artesanía que fueron concebidos con una función específica? ¿La observación estética altera la condición del objeto? Y respecto a los mecanismos de exhibición, ¿cuál es el sentido de las vitrinas? Esta pregunta, con un amplio desarrollo en el arte contemporáneo, ha tenido múltiples respuestas, pero todas giran en torno a la condición de obra única, a la autoría y a la admiración. Recordemos la etimología de “admirar”: del latín admirāri: mirar hacia arriba. La vitrina es el sistema de legitimación del mundo del arte, que parece justificarse mediante la exhibición de lo que es potencialmente mercantilizable.
Siguiendo una cierta manera de hacer que nos recuerda al minimalismo de los años sesenta, la exposición prosigue en lo bidimensional, a través del dibujo y la escritura. Vera Matos se apropia de obras que tienen que ver con el estructuralismo y las teorías poscoloniales y las transcribe siguiendo patrones estéticos que desbordan el texto como conocimiento y lo llevan a otros lugares visuales. Por ejemplo, el artista toma el texto de Tristes trópicos de Lévi-Strauss y lo redacta manualmente siguiendo una estructura modular que se repite, buscando esa frialdad y cierto tedio que empleaba el minimalismo de los años sesenta. La geometría resultante nos recuerda las formas de los textiles y la cerámica precolombina, por ejemplo, de la cultura Moche. El texto como tejido, que diría Roland Barthes, como urdimbre. Y la profundidad como superficie. El contenido léxico se convierte aquí en un despliegue de signos que pretenden examinar los mecanismos de conocimiento y entender cómo se construye el saber, desde la tradición y desde unos canales determinados.
Hay una alusión clara a la noción de salvaje versus civilización, es decir, a la cultura como sistema de regularización y control sobre lo desconocido, sobre aquello que genera incertidumbre. Aparecen otros autores como Michael Taussig y su obra Chamanismo, colonialismo y hombre salvaje, y Alberto Escobar, con Lenguaje y discriminación social en América Latina. En esta última, los párrafos configuran un orden compositivo que remite a la arquitectura inca y sus enormes sillares de geometría perfectamente encajada. Así, se traza un puente entre dos mundos: la civilización inca y el colonialismo europeo, convirtiendo el texto en un elemento compositivo y constructivo, como si tuviera valor espacial en sí mismo. Hay un gesto de apropiarse de la autoría de otros, un procedimiento también muy frecuente en los primeros años de la posmodernidad.
La escritura, sabemos, más que reflejar, construye, y el lenguaje configura la realidad. En esa idea insiste la transcripción a mano de La literatura como exploración de Louise Rosenblatt. Además de considerar el colonialismo como una dominación política, sabemos que también supuso una ocupación del lenguaje, del punto de vista, de los sistemas de conocimiento y las referencias culturales.
La brecha de lo desconocido, del otro, irrumpe en Reading Paths. Una suerte de partitura musical en la que el lenguaje adopta narrativas propias del jazz como la síncopa. De esta manera, vemos líneas circulares, signos gráficos, garabatos, números: un código de escritura que aquí sí parece más o menos arbitrario y que curiosamente es el más riguroso de toda la exposición porque incide en una verdad inevitable: la escritura, el arte, es siempre una aproximación, no un registro.
ANA FOLGUERA
