Exposición Individualjun 2017 - ago 2017· Por José Ramón Alonso

José Toirac y Octavio Marín

Factoría Habana

Factoría Habana, en La Habana Vieja, inauguró una extensa exposición: Diógenes y la luz, difícil de sintetizar en una breve reseña. Una muestra compleja en ideas y con artefactos artísticos muy elaborados. La exposición es bipersonal, entre Octavio Marín y José Toirac, y si bien sus recursos conceptuales y soluciones plásticas y museográficas pesan a favor de la trayectoria imparable de Toirac, también sabemos que mucho le debe a la experiencia del escultor Marín y sus historias, que han sido la base documental de toda la exposición. Toirac/Marín nos proponen la búsqueda de la honestidad, y para ello recurren a la parábola de la linterna del filósofo griego Diógenes de Sinope, quien deambulaba de día por las calles de Atenas con una linterna encendida, buscando, decía, “hombres honestos”, que no hallaba.

Exposición Individual: José Toirac y Octavio Marín — imagen 1
José Toirac y Octavio Marín. Tomás recolector de materia prima, 2017. Dibujo en carboncillo sobre cartones reciclados. Dimensiones variables.

En la planta baja, la primera obra que nos recibe es literalmente una lámpara (Cristian), pero es una lámpara miserable fabricada con zapatillas deportivas viejas y usadas. Recuperadas por los artistas, estas zapatillas son las que, me asegura Toirac, “los niños y jóvenes cuelgan de los tendidos eléctricos para marcar sus territorios de juego”. Este es el pie de entrada a la muestra, un juego artístico que nos impone emular al filósofo que andaba descalzo, vestirnos con el atuendo de la pobreza, reducir al mínimo nuestras necesidades y despreciar honores, bienes y riquezas, vamos, ser un cínico en el sentido ortodoxo de la escuela filosófica.

Con aires de encanto se organiza esta primera sala. Al centro, una larga “alfombra” roja que, a modo de sendero, como esos que marcan la ruta a estadistas y famosos, nos conduce a un sofá que recuerda esos asientos para personas de alta dignidad que, sentadas en ellos, reciben el culto más solemne. A ambos lados de esta ruta, que pudiera fascinar a todos, se coloca en rigurosa decoración simétrica el arte sobre las paredes. Pero nuestra lámpara miserable, extensión metafórica de una herramienta para criticar sin piedad el lujo y la ostentación, nos permite observar, es decir, reparar, que esto es un espejismo de la vanidad y arrogancia humanas. Imposible caminar sobre esa “alfombra” (Red Carpet), construida con 80 kg de latas rojas, vacías y aplastadas, que ni viene ni conduce a parte alguna, y que es solo un conjunto de desechos que vamos dejando a lo largo de nuestras vidas. Son objetos “muertos”, como lo definiría la arqueología, que hacen la metáfora del bodegón artístico, de ese vanitas que hace referencia a lo inútil de los placeres y frivolidades frente al conocimiento seguro de la muerte. Extensión de lo anterior, el sofá no es más que un contenedor de basura refuncionalizado como asiento con respaldo. Es el trono devenido basurero.

El arte sobre las paredes laterales resulta ser retratos de personajes reales que nada tienen que ver con ese glamour de los poderes. Hay gente común, esos irrepresentados sin historia oficial, generalmente sin formación profesional y con los que “uno se puede tropezar en el diario bregar por las calles de La Habana”, que viven una vida cotidiana generalmente jalonada por los bajos recursos económicos. Personas en cierto sentido miserables como Diógenes, pero sin la sabiduría de este y con deseos de adquirir, por la vía que sea, ese bienestar material que aborrecía el filósofo. También se retrata a exitosos profesionales y personas de la más variada procedencia.

En la siguiente planta se ha retratado, o referido a través de objetos, a los muertos más o menos dignificados por la historia, o al menos tenidos en cuenta para la redacción interesada de esta, según el momento político. Son disímiles personajes que cubren un amplio espectro de las crónicas cubanas. Desde el esclavo africano y el inmigrante chino hasta el empresario millonario; desde los patriotas de la Independencia hasta el defensor del estado colonial; desde el político suicida y el policía del presidente devenido dictador hasta el líder obrero asesinado; desde el primer presidente de la República y el máximo líder de la Revolución hasta el joven internacionalista que murió en Angola; desde el preso y el drogadicto hasta la poetisa y la cocinera. Todos expuestos a la luz de la lámpara miserable.

Cuando llegamos a la última planta, nos sorprende un confuso e intrincado diálogo entre las dos instalaciones que culminan la exposición. Por una parte, una muestra arqueológica y rota que nos retrotrae a edades paganas; por la otra, una icónica última cena de tiempos cristianos. La luz de Diógenes son los restos de una tinaja que se acompañan de un texto en la pared con la biografía del filósofo. Es alusión directa a la casa del cínico, pero está hecha añicos, como las viviendas de La Habana. Modelo es una mesa con 24 jarritos de aluminio, alusión a la merienda escolar, llenos de hostias no consagradas y estampadas con la imagen del Che Guevara. Dependiendo de su información, o filiación ideológica, usted puede hacer aquí diversas y divergentes lecturas. Esta zona de la exposición hace evidente el intento por acercar los paradigmas del político y del filósofo: la construcción del hombre nuevo con la búsqueda del hombre honesto. El resultado parece agigantar el abismo que los separa. El rey Alejandro Magno, abrumado por la sagacidad de las respuestas del filósofo, concluyó: “Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes”.

JOSÉ RAMÓN ALONSO LOREA

José Toirac y Octavio Marín, por José Ramón Alonso | artnexus