Exposición Individualjun 2017 - ago 2017· Por Verónica Flom

Jonathas de Andrade

New Museum

En español, las palabras pez y pescado refieren al mismo animal, pero la primera refiere a él cuando está vivo, y la segunda, cuando está muerto. Esta inusual nomenclatura no existe en el inglés ni en el portugués. El paso de un estado a otro en este animal acuático es registrado en el complejo video del artista brasilero Jonathas de Andrade (1982), O Peixe (El pez, 2016), que se presentó en el New Museum a comienzos de este año.

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Jonathas de Andrade. Vista de la instalación: O Peixe (El pescado), 2017. Fotografía: Maris Hutchinson / EPW Studio. Cortesía: New Museum.

Con curaduría de Natalie Bell, tuvo lugar la primera exposición individual del artista en un museo de Estados Unidos. Cabe destacar que la obra también fue exhibida el año pasado, en el contexto de la 32º Bienal de São Paulo, curada por Jochen Volz. La galería de la planta baja del museo presenta en una pantalla el video reciente, filmado en 16 mm, que se repite en loop. Desde el texto de sala se nos informa que presenciaremos solo una ficción: un ritual que es invención del artista. Sin haber leído esta advertencia, un espectador desprevenido podría engañarse con el estilo documental del video, un estilo etnográfico o antropológico, y pensar que se trata de una práctica ancestral del noroeste de Brasil. De esta forma, la obra propone un incómodo juego entre ficción y realidad.

En secuencias consecutivas, el video presenta diez pescadores de distintas edades: en cada una, un único pescador prepara su herramienta y espera hasta atrapar un pez. Una vez conseguida su presa, comienza un acto privado en el que la sostiene en sus brazos, la apoya sobre su pecho, la abraza, la acaricia e incluso la besa, acompañándola en su pasaje hacia la muerte. El hombre sostiene al pez en su agonía, dándole calma y ternura. La narrativa de estas secuencias también incluye momentos de quietud, cuando el sonido del agua, el paisaje tropical y el viento generan una atmósfera idílica.

En contraste con esa armonía, la despedida es un acto ambiguo: por un lado, es el pescador quien le quita la vida al pez, y al mismo tiempo, quien lo cuida hasta el final. Este ritual (puro invento del artista) muestra una relación de poder y de dominación que se vuelve central en la obra. Con cada repetición del ritual, la relación hombre-pescado o cazador-presa se hace más rica. Porque este gesto, tan tierno como violento, no está exento de erotismo ni de sensualidad. De Andrade filma los cuerpos fuertes y bronceados de los pescadores, muchas veces en primeros planos, acentuando sus músculos, sus ojos y su virilidad. No se trata de actores sino de verdaderos pescadores que respondieron a la premisa del artista, lo que difumina una vez más los límites entre ficción y realidad.

Siguiendo esta misma línea, O Peixe dialoga con Museu do Homem do Nordeste (Museum of the Man of the Northeast), una obra del 2013 en la que De Andrade imaginó una ficción a partir del museo etnográfico homónimo de Recife. En esta pieza de múltiples componentes, De Andrade diseñó e imprimió falsos pósteres con imágenes de hombres que había reclutado en los clasificados del diario y en la calle. Si bien estaba pensada en relación con el contexto de un museo etnográfico, la obra se sirve menos del lenguaje de la antropología que del de la publicidad. Parte de este material pudo verse en el Guggenheim Museum de Nueva York, en la exposición Under the Same Sun: Art From Latin America Today, curada por Pablo León de la Barra en el 2014.

Trabajos anteriores de De Andrade incluyen el video y medios como la fotografía o la instalación. En sus obras aborda cuestiones sociopolíticas ligadas a la identidad, la exotización del otro y el mundo del trabajo. Su práctica artística cuestiona las ideas preestablecidas que tiene el ser humano en su relación en y con el mundo, especialmente en el contexto de Brasil. El video O Peixe, de cuidadosa ejecución técnica y gran potencia visual, puede pensarse como una pieza que condensa ciertos intereses que aparecen en varias de sus obras anteriores. No solo presenta un híbrido entre realidad y ficción, sino también una imagen romantizada de lo que podría ser una comunidad ancestral. La intensa belleza de esta obra arroja un espectador cautivado por la ternura del ritual ficticio y, a la vez, compungido ante la fragilidad de la vida.

VERÓNICA FLOM

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