La Historia con mayúsculas se escribe también con lo invisible del humo, el humo de la destrucción y de la barbarie. Esa es la idea que desarrolla Fritzia Irizar en la muestra de la Galería Nieves Fernández: una mirada sobre la violencia y la política como motores de la historia.
Fritzia Irizar (Culiacán, México, 1977) ha expuesto en instituciones como la Sala Siqueiros de Ciudad de México, Museo de Arte Zapopan, Headlands Centre for the Arts, San Francisco. Ha participado en la Bienal de Mercosur en Porto Alegre, la Bienal de FEMSA, y en exposiciones colectivas en el CA2M, CIFO Fundación Fontanals Cisneros, Miami, Fundación Giorgio Cini, Venezia, Museo de San Ildefonso, México, Museo Rufino Tamayo o Fundación Banco Santander en Madrid.

Partiendo de una reflexión sobre dos conflictos que han marcado el pasado reciente de su país de origen, México, Fritzia Irizar marca el paralelismo entre la guerra de Independencia del siglo XIX y la revolución de principios del XX. El ciclo prosigue con el conflicto que vive actualmente la sociedad mexicana contra el crimen organizado y el narcotráfico, que acumula ya más de cien mil muertos. Por otro lado, la historia de Europa tampoco se libra: en el año en el que se cumplen ochenta años del brutal ataque por parte de las fuerzas aéreas alemanas e italianas contra el gobierno de la II República española en Guernica, las noticias dejan otra noticia sangrienta: el bombardeo de Rusia en Alepo (Siria). De una manera irónica, parece que las mismas noticias se suceden una y otra vez, siempre con el fantasma de los intereses económicos flotando alrededor.
El discurso de la artista analiza las causas del enriquecimiento de Occidente, para lo que retoma al teórico y “padre” del liberalismo Adam Smith y su obra La riqueza de las naciones, que justifica de manera teórica el mantenimiento de un orden injusto, basado en el mercado de la guerra y en la opresión de unas potencias dominantes sobre otras oprimidas.
La exposición en la Galería Nieves Fernández consta de una serie de objetos que abordan esa relación entre la violencia, la economía y la política. La idea del proyecto comenzó cuando, siguiendo un proceso mecánico y frío, la artista quemó cien billetes de un dólar para convertir las cenizas resultantes en un lápiz. Irizar contó con la colaboración de una serie de poetas (Óscar Paul Castro, Eduardo Ruiz, Alejandro Lee, Leonardo González y Francisco Alcaraz), que escribieron siete poemas sobre el dinero con ese lápiz. El papel sobre el que escribieron los textos estaba realizado a partir de una copia de La riqueza de las naciones de Adam Smith. Los propios poetas fueron contratados y remunerados por el equivalente del carbón de lápiz que utilizaron, que, además, se podía ver en la propia exposición.
La muestra tenía, así, un fuerte componente procesual y performativo. Completaba el display una réplica de tamaño natural del Guernica de Picasso: un ícono mundial sobre la capacidad de destrucción del ser humano y las secuelas de la guerra sobre la sociedad civil. Curiosamente, el lienzo hoy no pierde actualidad, puesto que la historia reciente vuelve a contextualizarlo y a darle sentido. El día de la inauguración en la galería Nieves Fernández, la artista intervino la pieza proyectando trozos de papel impreso con imágenes del conflicto en Alepo, a través de unos cañones que emitían las fotografías convertidas en confeti. Se señalaba así la contradicción que a menudo late sobre conmemoraciones, celebraciones, e incluso sobre la historia de la cultura visual: lo efímero del consumo de las imágenes, que esconden historias reales de sufrimiento y violencia. Así, al observar la obra, también surgía una reflexión: la presencia ubicua e inmutable de la violencia, de la historia macabra en blanco y negro, y lo caduco de la sociedad de consumo, que parece regodearse y construirse en los valores frívolos y superficiales. El resultado no podía ser más elocuente: las figuras inconfundibles del Guernica (el toro, el caballo, la madre y el hijo) en contraste con los fragmentos de confeti, llenos de colorido y alusivos a un momento festivo.
Además, no podemos olvidar que Picasso tiene unas connotaciones muy marcadas en la historia del arte: la modernidad encarnada en el artista “genio”, que se movió en los centros de poder (París y Nueva York) y consolidó su producción artística gracias a ciertas operaciones de marketing. Lo radical del proyecto de Fritzia Irizar nace, quizá, de ese pequeño gesto que es subversivo, por muchas razones: la autoría de una artista mujer, nacida, además, en un país supuestamente “periférico” para los relatos tradicionales, y que combate el pasado con una dialéctica imbatible: la fuerza de lo colectivo frente a las imágenes que diariamente aparecen, y se pierden en recursos efectistas.
ANA FOLGUERA
