Esteban Lisa: el gabinete abstracto es lo que pudiéramos llamar “una joyita de exposición”, cuyas dimensiones, aunque parezca contradictorio, revelan la ambición pictórica del artista y certifica –per se– la existencia de un sello y de una poética muy propios.
Con esta muestra, la Fundación Juan March de Palma de Mallorca (España) gestiona un nuevo espacio –en el contexto institucional español– con el fin de otorgar visibilidad a la obra de artistas fundamentales dentro de la narrativa historiográfica y crítica del arte latinoamericano. Un gesto que se agradece sobremanera, más ahora que la imponente crisis está poniendo en peligro la circulación anterior que estaba teniendo el arte proveniente de ese contexto. El que, en cualquier caso, ayuda a completar los relatos de una universalidad mucho más justa y coherente.

La muestra, que comienza aquí bajo la clásica tipología del gabinete, rememorando en forma de cita-homenaje aquel proyecto de Lissitzky –el Abstraktes Kabinett del Provinzialmuseum (hoy Sprengel Museum), de Hannover de 1927–, viajará más tarde al Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca (2 de junio-3 de septiembre de 2017) y al McMullen Museum of Art del Boston College, en Boston (15 de septiembre-10 de diciembre de 2017), teniendo como uno de sus anfitriones de lujo a Edward Sullivan, el reconocido crítico y curador residente en el Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York, quien impartirá sendas conferencias sobre la obra de este particular artista en ambas sedes.
La trama argumental de este breve pero intenso relato se organiza en torno a 37 obras realizadas por el artista entre 1930 y 1968. Sin duda, costó a la historiografía del arte llegar a un acuerdo sobre el valor de la obra de hacedor de mundos. Sin embargo, resuelta esa disyuntiva, el nombre de Esteban Lisa (Hinojosa de San Vicente, Toledo, España, 1895; Buenos Aires, Argentina, 1983) se nombre entre las primeras y más importantes figuras de la abstracción latinoamericana del siglo XX. Prueba de ello es esta hermosa selección de obra en pequeño formato y de material de archivo que se expone en una elegante vitrina.
Ha sido precisamente gracias al modelo de exposición personal (y alguna que otra colectiva) que su producción simbólica traspasó esa zona de silencio y desconocimiento para figurar hoy entre los artistas “excéntricos al canon” de las vanguardias y las corrientes abstractas latinoamericanas. Desde entonces, y en nombre de ese esfuerzo revisionista, las obras de muchos de los protagonistas de esas corrientes se instalan hoy –por derecho propio– en los espacios centrales y hegemónicos del arte. El caso de Esteban Lisa es uno más dentro de esa lista. Incluido, para beneplácito de sus estudiosos y coleccionistas varios, en América fría. La abstracción geométrica en Latinoamérica (1934-1973), organizada por la Fundación Juan March en 2011, y en otras muchas muestras monográficas internacionales (en Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Reino Unido, Italia, Alemania y el Líbano). También se le han dedicado desde 1998 hasta hoy notables exposiciones en España, su tierra natal.
Esta hermosa muestra repara, especialmente, en un hecho que resulta un signo inequívoco de identidad de su poética: la modestia y la humildad de sus soportes. En su mayoría, los trabajos de Lisa no pasaron del pequeño formato, como si deseara, de este modo, retener la inmensidad del mundo en un marco pequeño. Sus obras ejercitan, metafóricamente, una maniobra alquímica, toda vez que la materia pictórica se convierte en una traducción personalísima (casi mística) de ese mundo de afuera. El que –quizás– él nunca llegó a comprender del todo o al menos le resultaba extraño.
No podemos perder de vista que la infancia de Lisa se vio marcada por un evento tan traumático como emancipatorio: la migración. De niño, sus padres lo separaron de su contexto para atravesar el mar en un enorme barco que lo condujo hasta tierra argentina. Como tal, seguramente, tuvo que armarse de estrategias infinitas de resistencias y de un vocabulario que le permitiera comprender esa realidad ajena que termina por ser propia. Puede, no estoy seguro de tal afirmación, que estas piezas pudieran ser leídas –a la larga- como una expresión de esa necesidad de ejercer el control y el entendimiento respecto de la vastedad del mundo y de sus imprecisos límites. Siempre he creído que su obra guarda un sentido muy estrecho con ese momento, aun cuando este sea difícil de advertir a tenor de la especulación del ensayo crítico. No lo conocí, no tuve esa suerte, pero creo, sin duda, que su obra es relatora de una gran vivencia. Ocurre a veces que los grandes hombres no ejercitan la grandilocuencia como fin de sus obras; sino que prefieren la humildad como parte sustancial de ese respeto a lo que se es y a lo que se tiene. Alguien me dijo un día que no hacía falta construir grandes obras, hacía falta, y mucho, que esa obra tocara el corazón de los hombres. Y de esto, parece, Esteban Lisa sabía mucho.
Esta muestra, que aquí comienza, queda como el testimonio de esta gran premisa. La abstracción se da en ese lugar donde vivieron el niño y el hombre.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
