Exposición Individualjun 2017 - ago 2017· Por Gladys Yunes

Enay Ferrer

Beatriz Gil Galería

La mención en torno a lo espiritual, lo político y lo autorreferencial constituye el hilo conductor que, en las últimas décadas, ha guiado el trabajo creador de Enay Ferrer (Caracas, 1974). En la reciente exposición que presenta en Beatriz Gil Galería, bajo el título Con los Santos no se juega, el autor despliega un total de treinta y seis piezas de formatos medianos y grandes, en su mayoría ejecutados durante el año anterior. Su discurso devela figuras insertas, generalmente, en medio de un fluido de manchas, garabatos y fragmentos que emergen como una suerte de apariciones o evocaciones articuladas, de manera irreverente, entre reminiscencias del pasado y la inmediatez del presente. Con una narrativa de rasgos neoexpresionistas, aborda temáticas en las que lo terrenal y lo celestial confluyen en un estilo ingenuo, intercalado por pinceladas desbordadas y formas distorsionadas.

Exposición Individual: Enay Ferrer  — imagen 1
Enay Ferrer. Rojo, de la serie Con los Santos no se juega, 2016. Óleo y pintura industrial sobre tela. 190 x 160 cm (74 51/64 x 62 63/64 pulgadas). Fotografía: Joanna Saavedra. Cortesía: Beatriz Gil Galería.

En este sentido, el recorrido de la exposición contempla tres ejes fundamentales: Los santos, Los héroes y Los autorretratos, estrechamente asociados entre sí, gracias a la combinación de elementos, que conlleva una lectura contextualizada respecto a escenas y personajes que forman parte del imaginario colectivo. En la serie asignada a Los santos, por ejemplo, se perciben la típica iconografía que la tradición cristiana ha inculcado en el alma popular y la idiosincrasia de nuestro país. El lienzo Mi querido Doctor Santo, de 2016, describe un cuerpo sin rostro ataviado con traje, corbata y sombrero negros silueteados sobre una superficie blanca –su pose señala al venerable médico de los pobres, conocido por los venezolanos como el Dr. José Gregorio Hernández–, que recibe frontalmente al espectador al comienzo de la sala. San Miguel Arcángel, de 2016, considerado el Jefe de los Ejércitos de Dios, es otra de las devociones emblemáticas en las que es representado con alas extendidas en posición de ataque; no obstante, en estos encuadres luce modernizado con botas y zapatos de goma de la reconocida marca Nike. “En la obra de Ferrer –indica María Elena Ramos, curadora de la muestra– no hay una crítica acerba o irónica a lo religioso, como sucede con cierta frecuencia en el arte. Hay más bien un doble enfoque: por una parte una visión afectiva de la religiosidad como herencia de familia y memoria de un pueblo y, por otra, una crítica al mal uso de lo religioso desde lo político, precisamente por generar un vaciamiento del afecto esencial, de la creencia sincera en los vínculos entre el hombre y lo sagrado…”.

Y es justamente desde la instancia de lo político, como lo sugiere Ramos, que él orienta su atención hacia la resignificación de algunas pinturas y esculturas que la historia patria ha legado, acerca de los protagonistas de las luchas emancipadoras. De este modo, da paso al repertorio de Los héroes, donde el tono rojo o vino tinto es asumido, repetidas veces, como título y contenido del ideario alegórico que pretende reseñar pictóricamente, tal como se puede apreciar en Rojo, de 2016, estampa que alude al retrato erguido con espada en mano de Simón Bolívar, rodeado de un saturado cromatismo que le confiere vitalidad y relevancia al conjunto. Entre las diferentes reinterpretaciones que realiza sobre el “Libertador” se observa esa misma imagen trastocada con el par de orejas que identifica al famoso Mickey Mouse. También es posible vislumbrar al Bolívar ecuestre dispuesto sobre un pedestal, como lo revela otra obra de la misma denominación, llamada Rojo, de la serie Con los Santos no se juega, de 2016, basada en una fotografía intervenida del clásico monumento en bronce, en posición diagonal, contrapuesto a una atmósfera gestual que le otorga un halo místico al prócer solitario, aislado del paisaje y sublimado por los agitados matices que lo circundan.

Otro aspecto importante a tener en cuenta es la secuencia de Autorretratos que complementa esta cadena de configuraciones introspectivas. De ahí que la inclusión de su propio semblante lo convierte en partícipe y testigo de una realidad convulsionada, frente a la cual manifiesta su inconformidad mediante una propuesta abiertamente sarcástica. Este es el caso de Habitante del cielo (1998-2014-2016), cuadro que ha repasado en distintas etapas, cuyas violentas facciones contrastan grandemente con la aureola de rayos que caracteriza la actitud serena de los santos y los seres iluminados. Al igual que otros creadores de su generación, Ferrer transforma en lenguaje plástico las impresiones que desde el exterior afectan su sensibilidad como artista. Sus composiciones desmitifican el orden culturalmente instituido, por lo que la subversión de valores intrínsecos al comportamiento humano –sus creencias, su patrimonio, sus costumbres– es puesta en tela de juicio en concordancia con los procesos de resquebrajamiento del establishment, es decir, del desmoronamiento de las ideologías consagradas; posturas estas que se emparentan con las búsquedas estéticas desencadenadas por los movimientos posmodernos.

GLADYS YUNES YUNES

Enay Ferrer, por Gladys Yunes | artnexus