La ciudad: intimidad colectiva y algo para contemplar. El objeto: elemento por coleccionar. El transeúnte: quien aparece y desaparece. Ciudad y objeto, como conjunto, crean un urbanismo inundado de belleza y comunión de referentes venezolanos. Hace ya dos décadas, Caracas ha tomado rojizos aspectos cuyas apariencias emanan una crisis urbanística, un ruego a la creatividad evadiendo la peligrosa aparición del caos, en donde la uniformidad se inviste no de gala sino de un supuesto deber ser: propaganda roja gubernamental. Esta urbe cobija la desazón y el rompimiento de promesas modernas que pudieron ser, y que no lograron concretarse o que, en dado caso, su paso a ser postmoderno se quedó a gatas, a un medio camino desganado, todo gracias a la apatía que brota desde el poder político, el más abrumador e intempestivo que hemos tenido. Pero la propuesta del venezolano Augusto Marcano se enrumba en la tarea de romper estos embates.

En Urbe desdibujada, una exposición presentada en Caracas por la galería D’Museo, en el Centro de Arte Los Galpones, plantea un trabajo plástico en el cual, mediante la conjunción del performance y la fotografía, vemos objetos ajenos a la naturaleza del espacio como sus prolongaciones, actuando como fuerzas de conexión e ilación entre la ciudad y los elementos arquitectónicos. En este caso, los objetos que nos ocupan son sillas de plástico, todas blancas, idénticas, de apariencias casi geométricas. Tal conjunto es el hilo conductor al crear discursos geométricos como extensiones de aquellas formas iniciales que el urbanismo ya posee y propone. Augusto Marcano consigue, dentro de este caos, una linealidad y determinadas estructuras, en cuanto elementos que se adicionan a lo arquitectónico, pues a través de fotografías, en su mayoría planteadas como vistas panorámicas de la ciudad, despliega composiciones en donde estas sillas han sido colocadas de formas lineales y que, al verlas en conjunto, forman esquemas y patrones geométricos otorgando un aspecto estético al lugar. Parecieran ser precursoras de un orden que no acepta ambivalencias.
Como especie de remembranza o tributo a espectaculares espacios venezolanos o a personalidades de la cultura local, el fotógrafo atesora la riqueza del momento para recordarnos nuestro acervo. Por ejemplo, en la serie Plaza Venezuela permite que recordemos los distintivos ángulos triangulares de la pieza Abra solar de Alejandro Otero y que, un poco abandonados por la mirada del transeúnte contemporáneo, vienen a ser llamados y rescatados en sus protagonismos gracias al plus que ofrece la composición geometrizada de las disposiciones de las sillas blancas que ha dispuesto el joven artista. Esta geometrización en ángulos crea una dinámica de continuidad, establecida entre las sillas y las estructuras metálicas y angulares que componen el Abra solar. Esta composición se potencializa en especial por cada ángulo elegido por Marcano: ha logrado una prolongación de la obra del maestro Otero, a través de la cual los confines visuales se desdibujan, y la presencia de las sillas parece más bien aludir, en sus discursos simbólicos, a lo moderno.
Esta fotografía brinda un tipo particular de juego visual a través de la conjunción entre la naturaleza, la ciudad, el elemento arquitectónico y todo el conjunto, en donde el paso del ser viene anulado por una suma de ausencias humanas, sólo sugeridas por la presencia momentánea de las sillas. En ningún momento miramos, de manera explícita, a algún transeúnte. Hay vacío, pero no desolación. Es una estética limpia, encauzada, exquisita.
Este artífice, formado en el Iuesapar (Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón, 2000-2008) y en The Chelsea College of Art and Design, en Londres (2002-2003), aprovecha la riqueza del momento para recordarnos el bagaje que poseemos. En la serie mencionada, los ángulos triangulares forman una nueva dibujística urbana. Nada toma protagonismo de manera independiente sino que, por el contrario, cada elemento depende del otro para lograr una composición que dialoga con el espectador, que perpetúa el momento, y donde, incluso, la manifestación de las riquezas del color forma fuentes visuales fundamentales. Las fotografías que se admiran en la exposición Urbe desdibujada instauran un rompimiento angular y triangular, como en el caso en donde vemos la pieza clásica del maestro Otero.
Augusto Marcano se confiesa adorador de la ciudad de Caracas. A través de su lente logra extraerle su natural belleza. En su estética puede sentirse el cariño que siente por ella y por sus monumentos. Descubre sus esquinas y les hace prolongaciones estéticas, y, una vez estando allí, no podemos imaginarnos el espacio sin esta intervención. La obra se ha hecho abierta, y como contraparte, el espacio se ha intervenido, reformulado y reasociado. Su obra es un rescate, un diálogo, por supuesto que un aporte, pero también una reinvención, que recalca tanto el espíritu patrimonial como, en algunas ocasiones, las inadvertidas bellezas de ciertas esquinas caraqueñas.
GRISEL ARVELÁEZ
