El recorrido por esta muestra, que ocupa la Sala de Exposiciones Temporales del Museo Nacional, se inicia antes de entrar al recinto. El título, Voces íntimas. Relatos e imágenes de mujeres artistas, es la mejor antesala para empezar a adivinar de qué se trata. El título aviva una cierta curiosidad por buscar en el archivo mental de imágenes asuntos relacionados con la intimidad femenina. No es una búsqueda morbosa, aunque sí, una que nos lleva a averiguar sobre lo oculto, sobre lo indecible o sobre lo que no tiene nombre. Es extraño encontrarse de repente con la fuerza que tienen las palabras, y que con solo leer “íntimas” al lado de “mujeres” se nos cruzan imágenes que chocan unas con otras, artistas, obras literarias o luchas internas. De todo ello, seguramente lo que más sorprende es entender en esas líneas que, a pesar de los cambios en las últimas décadas, todavía hay muchas cosas por resolver sobre los fantasmas que habitan en el ámbito de lo femenino. No en vano, Marta Rodríguez, en su juiciosa investigación, contempla el deseo, la casa, el secreto, el cuerpo y los diarios como segmentos que tratan de desarrollar preguntas sobre las mujeres artistas y sus tiempos. Si nos adentramos con cuidado en esas divisiones y si nos dejamos permear por la historia y el contexto social colombiano, y seguramente latinoamericano, podremos ver que Marta Rodríguez no busca apartarse de los ámbitos en los que se halla la mujer. No es que se ancle en las zonas comunes sino que utiliza la estrategia, si se nos permite esta palabra, de usar estos lugares para tratar de descubrir en ellos la fuerza de la mujer. En ese sentido, la exposición, sin que haya sido una pretensión de Rodríguez, se vuelca hacia lo político. Porque los espacios bajo los cuales la mujer ha sido relegada en la historia se vuelven espacios de una gran sensibilidad, de un carácter muy fuerte e irónico y de un poder irrefrenable.


La casa, por tomar la primera etapa de la exposición, deja de ser el lugar en el cual debe ser confinada la mujer y se convierte en el espacio donde se albergan la intimidad y el secreto. Sutilmente, la mujer va transformando esos lugares en espacios desde los cuales se hacen visibles fuerzas de diversas naturalezas. Bien lo decía Heidegger refiriéndose al espacio, que este empieza a existir cuando se le da la importancia al verbo espaciar. Es decir, el espacio como tal no existe si no se le da la fuerza necesaria para que exista, y ha sido la mujer quien se ha encargado de ello. De pronto podríamos afirmar que una casa no era un espacio hasta que la mujer le dio la importancia necesaria para que existiera como lugar significativo. La casa deja de ser un entorno de anulación para empezar a entablar un diálogo con el contexto. De esa manera conviven obras como La costurera, de Margarita Holguín, y La casa de la 73, de Teresa Cuervo Borda, con Casa íntima, de Clemencia Echeverri, y La última carta a Dios, de Ethel Gilmour. Todas las anteriores acompañadas de Beatriz González y sus exquisitos muebles y joyeros, y de las enigmáticas camas de Feliza Bursztyn. En ellas se siente una especie de declaración sobre las formas como la casa se ha venido transformando a medida que el país va evidenciando cambios a nivel político, social y económico. Junto a las fotografías de espacios íntimos de la casa, tomadas por Ida Esbra, donde se registra lo habitable en ellas, nos encontramos con unas composiciones bidimensionales de “retazos” de vajillas elaborados por Beatriz Daza. Como si tanto Esbra como Daza trataran de descubrir una alianza entre la casa y la mujer, y, de manera simbólica, la colonizaran con su mirada.


La casa se fue “tomando” la curaduría, como nos dice en una entrevista Marta Rodríguez, y casi se fue constituyendo de manera natural, casual, por simple encuentro con las obras, no como pretensión de la muestra ni de la investigación. Sin embargo, por los caprichos del azar y las vueltas que van dando las cosas, en la medida en que se está abierto más a los desencuentros que a los encuentros buscados, Rodríguez se cruza con la obra de Adriana Marmorek, y allí empieza a surgir una inquietud importante dentro de esta exposición, que es la confrontación con el deseo. Los espacios vedados y vetados de la sexualidad en los conventos de monjas, trabajados por Débora Arango, así como los cantos que sugieren unos cuerpos y que escapan por entre las celosías de los coros de mujeres en las iglesias, de Beatriz Eugenia Díaz, o las mismas “construcciones” de deseo que trabaja desde hace años Marmorek, nos obligan a hacer un alto en el camino y a escudriñar una intimidad que intimida. Es curioso sentirse objeto de la mirada cuando se entra donde no se debe o cuando se saca a la luz lo que por construcción social “debería” quedarse en la oscuridad. Allí, cuando el cuerpo se hace deseo, la exposición se torna avasalladora. Por ello, justo al lado se hace esclarecedor que exista la presencia de unos diarios: el diario en video de Ana Salas y el diario en físico de Soledad Acosta de Samper. Ambos diarios hacen referencia a París, ambos se han “escrito” en el inicio de sus veinte años, pero el segundo data de 1853-1855 y el primero es de 2002-2008. Ambos hablan del amor, de la incertidumbre. Pero, a pesar de que el amor va cambiando de acuerdo a sus épocas, también sigue basándose en la misma necesidad de ser amado, como lo señala Rodríguez. Es curioso ver cómo con este ejemplo de estas dos mujeres, el tiempo se nos hace uno solo, y la historia termina por convertirse en una línea que se enrolló sin dejar ver el inicio o el final. A fin de cuentas, bien sea mediante la escritura, el video, la fotografía o el medio que se nos antoje, al amor y al deseo no se los puede medir, ni mucho menos se los puede manipular. La madeja que se ha tejido rompe la barrera del tiempo y se queda en un punto que nos enlaza a todos.


Por ello ha sido relevante señalar el cuerpo como receptáculo importante dentro de la muestra. Posiblemente sea este un capítulo que se torna difícil de manejar, puesto que el cuerpo ha sido determinante en las artes en las últimas décadas, y porque ha sido objeto de estudio en diversos campos como la sociología y la antropología, centrando sus investigaciones en las nuevas formulaciones del cuerpo. Después de mayo del 68, de los movimientos de liberación femenina, de la visibilidad e inclusión, de trabajar y romper las barreras de género, quien más se ha visto “afectado” ha sido el cuerpo. Afectado en el sentido de que se volcó contra la idea de que el género sea un síntoma, una señal. Es claro que la lucha de la mujer va contra dicho dictamen, y que en ese sentido van dirigidos los dibujos de Hena Rodríguez y Mariana Varela. Cuáles son las cosas, las poses o las maneras como se debe comportar una mujer. Qué tipo de cuerpo se fue construyendo y modelando en la mujer. Todo ello servía en estas dos artistas y en Karen Lamassonne y sus acuarelas, para reflejar, como un espejo, lo absurdo de una sociedad conservadora tratando de imponer unas reglamentaciones que obligaran a construir un ideal femenino. La ironía en ellas, así como en el performance de María Teresa Hincapié Una cosa es una cosa, es mostrar de manera cruda la realidad. Sin filtro se señala la cotidianidad. Unos cuerpos tal y como son, que van en contravía a los cuerpos de revistas y de comerciales y propagandas. Esos cuerpos que van al baño, que tienen necesidades, que se amarran o que se “distraen” de su normatividad, van más allá de la desnudez. Es factible que la ironía en ellos esté basada en el choque cultural, en lo que el “sometimiento” fue descubriendo y en las aristas que estas artistas fueron aprovechando para marcar un territorio que les es propio como lo es su cuerpo. Aquellas cotidianidades son una suerte de gritos silenciosos contra el estamento a través del cuerpo.

De tal manera que hemos llegado a la última parte de la exposición, que por su complejidad Marta Rodríguez la ha calificado como el capítulo que contiene todos los elementos anteriormente señalados. "El Silencio”, como capítulo que enmarca la exposición y que, sin haber sido preestablecido para ser ilustrado, se fue dando en la medida en que avanzaba la investigación con las figuras de barro de Freda Sargent. Reconocida pintora, Sargent mostró por primera vez unas figuras de barro en 1988, pero siguió elaborándolas en privado. Figuras femeninas algo toscas en sus acabados, se ven casi todas ellas en espera de algo. Pero en espera dentro de una casa, acompañadas de su propia soledad. El silencio como reflexión ha sido maravilloso, porque estas figuras definitivamente permanecen dentro de una esfera de lo indecible. Si la muestra estaba ya completa, con estas figuras tan sencillas, tan sutiles, se nos deja ver precisamente eso: no se requiere una gran instalación, no se necesita la euforia de los medios que día a día nos atacan con explosiones, muertes, sangre, alcohol y sexo; tan solo una figura de una mujer sentada de escasos 20 centímetros de alto, mirando más allá de lo que uno puede ver. En silencio.
Y así, en la exposición, el recorrido se nos va dando de manera suave hacia la construcción de un nuevo retrato de la mujer. Marta Rodríguez, con el apoyo de las investigaciones sobre lo femenino de Carmen María Jaramillo y con la complicidad de Daniel Castro en el montaje, describe esta muestra como una exposición en la que “sí hay una mirada desde la mujer, y de la mujer, que se refuerza y que busca evidenciar a la mujer”. Al finalizar la lectura tanto de la exposición como del catálogo que la acompaña, nos vemos enfrentados a un retrato de la mujer, que, usando los mismos códigos de marras, es absolutamente novedoso y por ende desestabilizador.
* Cortesía: ©Museo Nacional de Colombia.
ANDRÉS GAITÁN TOBAR

